miércoles, 19 de septiembre de 2012

SIN TÍTULO POSIBLE






Intento escribir en tu piel con la mano izquierda palabras de amor que, al ser leídas de cerca, muestran la falta de práctica que tengo, en una y en otra cosa.
Y es que intento por las buenas llegar a un acuerdo coherente. Pero hay letras que aún no se escribir, y palabras que no puedo ni decir.
Por tu cuerpo corre mi tinta. Por el mío sudor y whisky.
De tu mirada sale mi desconcierto, que me deja sin aliento. Y en tu pecho encuentro siempre el mismo ritmo. Siempre que estas conmigo. Es una tonada perfecta. Como un metrónomo saliendo de entre tus tetas.
Ninguno ya tolera el engaño, ni una palabra dicha por otra. Y cuando te veo ¡AY! ¡Esa mirada! No son todas. No es cualquiera. Es sólo esa mirada. Que me dice "gracias" y "de nada".
Esos ojos sin contexto, fuera de foco y sin pretexto.
¡Cómo me gusta cuando me ves! Cuando lo haces de verdad.
Cómo me hace reír el alma tu perversa inocencia.
Cómo me descalabra la conciencia y me lleva a perderme entre tus piernas.
¡Cómo voy a recordarte!. ¿Cómo es que logré admirarte?¿Cómo puedo sonreír, si estas a punto de partir?
Y es que ya te lo dije: Prefiero sufrir un instante y que sea eterno el desastre, que vivir mil alegrías, todas hechas de fantasía.
Todo con vos en un segundo, y el mundo es irrelevante.
Si pudiera poner una palabra a lo que siento, definitivamente no lo haría ¡Claro que no!
Que te enteres de una mordida, que lo que dije no es mentira.

Y seamos siempre dos. Seamos dos en mi mundo. Seamos dos en el tuyo. Seamos notas al aire que componen melodías.
Seamos tierra y marea.
Seamos calle y acera.




jueves, 6 de septiembre de 2012

POR TU CUERPO






Todo lo hice en tu cuerpo
Todo menos morir
Y recorrí desde tus pelos,
hasta la punta de tus dedos.

Todo lo hice en tu cuerpo.
Todo menos lo bueno.
Tu piel desgarré con mis dedos,
y tu espalda de tan sediento.

Adentro y afuera. Afuera y de veras.
Arriba y al centro. Al fondo y adentro.
Todo lo hice con tu cuerpo.
Todos menos lo serio.

Puse mi boca en tus piernas.
Posé mi aliento en tu sién.
Saqué de tu lengua un sorbo,
un suspiro de sangre y  morbo.

Todo lo hice en tu cuerpo.
Todo excepto lo tierno.
Cuidando tu vientre abierto.
Sintiendo tu pecho en celo.

Quemando cada rodaja.
Con jugo hirviendo de mil naranjas.
Todo quité de tu cuerpo.
Todo menos lo puesto.

Todo volqué en tu cuerpo.
Todo menos invierno.
Con un dedo en tu desierto
y un suspiro por lo añejo.

Vertiendo cenizas de besos
en tu enredo de caricias.
Todo lo hice con prisa,
en tu lecho de sonrisas.

Todo lo hice en tu cuerpo.
Y de nada me arrepiento.
Todo menos atarte.
Incluso hasta pude amarte.
 
Todo lo hice en tu nombre.
Todo te dije al oído.
Rugiendo lo más podrido
que haya oído tu ombligo.

Todo lo hice en cuerpo.
Todo aquello prohibido.
Todo lo que hemos sido.
Todo lo hemos sufrido.

Por tu cuerpo doy mi alma.
Y mi luna con su calma.
Vendo mis primaveras,
mis inviernos y mi rabia.

Porque te extraño y bien lo sabes.
Y mi cuerpo huele a sangre.
Y es la tuya la que aún guardo,
que se niega a hacer un pacto.

Basta de tu cuerpo!
Basta de tu invierno!
Basta con ver tu acento,
Para saber que es un desierto.

sábado, 25 de agosto de 2012

Y TODOS SE BESABAN.







Mientras él le decía: -¿Qué tal si vemos una película?, ella entendía: -¿Qué tal si nos desnudamos en mi cuarto?

Y así era ella. Una princesa vestida de caramelo. Un envoltorio fácil de sacar. Con su vida empaquetada en una caja de mentiras verdaderas. Una carcajada en un velorio, así era ella. Debía ser parte de otro mundo, siempre lo supe. Ella no era de por acá.

Así que un día mientras fumábamos un cigarrillo en la ventana de mi departamento, mirando personas pequeñitas corriendo para no ir a ningún lado y autos de cartón que se pasaban unos a otros queriendo llegar primeros donde sea, ella me miró y sonrió. Yo entendí lo que pensaba. Ella veía el mundo con otros ojos, con ojos despiertos. Y se esforzaba por entender, quería hacerlo. Como si necesitara, al volver a donde sea que pertenecía, poder explicar lo que había visto.
Yo sólo sonreí, ella era feliz, lo sabía. Y de alguna forma, todo aquel que la hubiera conocido podía sentir esa felicidad por un instante. Así era ella.
Mientras me miraba fijo con sus grandes y profundos ojos de barniz, parecía susurrarme dulces melodías al oído. Era una mujer tan diferente que jamás pude creer otra cosa: ella no podía ser de aquí. No.
Al fin, y saliendo de su seductor hechizo de sirena, solté:
-¿De dónde has salido?
Ella me miró sorprendida, curiosa. Inclinó un poco la cabeza a un lado intentando tiernamente comprender mi pregunta.
-¿De dónde crees que vengo?- me dijo con una voz que jamás olvidaré.
-De algún lugar en el que nunca estuve, seguramente-.
Y en la medida en que lograba exponer mis dudas más absurdas, me iba sintiendo cada vez más y más tonto. ¿De dónde iba a venir? ¡Que absurdo! Pero ya embarcado en aquella metafórica inquisición, no podía hacer más que jugar con ella.
Volvió a sonreír, volviendo su vista al urbano paisaje. Con los brazos apoyados en el marco de la ventana y, soltando la última bocanada de humo, tragó saliva y con la mirada perdida en algún recuerdo, que sentí debía ser del lugar más hermoso del universo, dijo:
-Puede que tengas razón-.
Me esforcé por ocultar mi asombro. ¿Era posible, entonces, que yo tuviera razón, que ella pudiera ser de algún lugar distante, de algún tiempo diferente? ¿De dónde venía? ¿A qué había venido?
Ella nunca hablaba de su pasado. Y supuse que no lo haría ahora.
-Si quieres, puedo llevarte una de estas noches-.
La serenidad de sus palabras, saliendo de aquellos labios tan livianos, y una mirada ausente que sólo pertenece a quienes viajan hacia recuerdos imposibles de borrar, hicieron que me pusiera nervioso.
¿Sería cierto? Nunca la había oído hablar así. De hecho, sentí que en ese momento, era yo el único en todo este mundo que había podido presenciar tal acto de seriedad y nostalgia romántica, esa mirada…
Sentí que el cuerpo me tembló cuando al fin volvió su vista hacia mí. Me punzó el pecho.
Su cuerpo seguía inmutable. Toda su belleza intacta. Como si fuera una escultura de hielo, sentí que me pedía una respuesta antes de que se derritiera. Yo sabía claramente que tenía que aceptar.

Esa noche charlamos de cosas alegres y juntos nos recordamos lugares hermosos. Jugamos juegos de palabras inventados por nosotros mismos. Reímos a oscuras, mientras nuestros cuerpos desnudos se reconocían.
Pasado algún tiempo, sentía que no necesitaba ya los ojos para verla.
Luego de horas de risa, el ambiente se fue apaciguando y la calma empezaba a llegar. Quedando a ciegas, cada uno inmerso en sus pensamientos, reflexionando sobre todo y nada. Ella me acariciaba dulcemente el brazo mientras yo peinaba su pelo con los dedos.
Permanecimos así un flujo de tiempo que no podría calcular. Pronto empecé a sentir que mis manos lo decían todo. Y mi corazón, inerte pieza decorativa, latía fuerte, como queriendo salir de ese pecho en el que ella reposaba su cabeza.
Así es como decidimos, en una conversación cardiaca, no decir una sola palabra más. No tenían ya lugar ahí los ojos, ni los oídos, ni la voz.
Mi cuerpo se sintió más liviano. Cada vez más lejos del piso. Sus dedos, pequeños y suaves, se movían sin ritmo, improvisando movimientos impredecibles. Su respiración se iba quedando muda. Casi no respiraba. Sus pelos era cada vez más delicados. Sentía que si no los trataba con más calma, éstos se romperían. Mi pecho sintió lo mismo y decidió bajar su ritmo. Ya nada debía perturbar la calma.
Mi corazón fue descendiendo su palpitar. Mis dedos dejaron de intentar mostrarle que ahí estaba yo. Ella lo sabía. Mi pecho lo supo. Su respiración fue innecesaria ya. Ambos sabíamos que estábamos ahí. Nada más hacía falta para saberlo.
Todo se fue así, en calma, en paz y juntos.

Yo no esperaba algo así. Sabía yo que ella era de esas mujeres que sorprenden, pero sin querer hacerlo.
Pasamos quietos varios días seguramente. A ciegas, sordos y mudos. Sin latir, sin respirar. Sin poder siquiera pensar.

Pude ver, esa larga noche de verano, un lugar increíble, donde nadie usaba ojos, donde todo era fluir. Donde nada había y donde todo existía. Pude sentir que ella me tomaba de alguna forma de la mano y me llevaba por senderos ciegos, llenos de personas sin forma. Donde nadie se tocaba y donde todos se besaban.
Allí pasamos tiempos incalculables. No se podía, por ningún medio, medir el tiempo allí. Sentí que nunca quería regresar, quería seguir así, ahí, con ella, con ellos. Con nada.

Al momento de volver, sentí  un nudo en el pecho desatarse. Sentí el cuerpo aliviado en una forma que jamás podría describir. 
Sentí que no quería ya vivir aquí. Con todo esto. Tuve que abrir los ojos para creer que estaba de vuelta. No pude pensar siquiera. Todo había sido tanto que me sentía ahora perdido en la nada.
Su mano pronto me tocó y como un rayo de luz vi su cara, sus labios, su pelo, sus ojos. Me miró y sonrió como sólo lo hacen ellos, sin moverse. Comprendí, entonces, que ella sonreía con la mirada, al igual que todos allí.
Su imagen tan calma me reconfortó. Me abrigó y rejuveneció. No hablamos hasta pasado un buen rato. Y ni siquiera supimos hablar de todo aquello.

-----

Y aunque los autos y los años siguen pasando, y no he vuelto a saber de ella, sé que era cierto: ella no era de aquí. Y ahora sé que hay un lugar donde nada vale, donde nada existe, donde los cuerpos no saben llegar. Un lugar al que espero volver.

De vez en cuando me pierdo entre el marco de esa ventana embrujada y un paisaje que describe todo lo que no es la vida, todo aquello que escapa a lo vivido aquella noche, años atrás, y pienso en si algún día volveré a verla. Luego comprendo que no son los ojos el mejor lugar donde buscar. Después sonrió.
A veces, también lloro en la cama y siento la ausencia de este todo y la falta de tanta nada.

Aquel lugar, allá, lejos de aquí, cerca de ella.
Allí donde todo era paz. Donde nadie tocaba a nadie.

Y todos se besaban…




Guille Izquierdo
21/08/12

lunes, 20 de agosto de 2012

COMUNICADOS






-¿Cómo me dijo que era su nombre?
-No se lo he dicho.
-Y, ¿por qué no me lo dice?
-¿Para qué quiere saberlo?
-Pues, para poder llamarlo.
-Puede usted llamarme por su nombre.
-¿El mío?
-¡Claro!
-Y, ¿cómo?
-A ver, dígame su nombre.
-¿Para qué quiere saberlo?
-Para que pueda usted llamarme.
-Y, ¿para qué voy a querer llamarlo yo a usted?
-Eso me pregunto yo.
-Y, si usted es quien se lo pregunta, ¿por qué he de contestar yo?
-Porque es usted quien me llamó.
-Yo nunca lo he llamado aún.
-Y, ¿por qué no lo hace?
-Porque no sé como hacerlo.
-Entonces no lo haga.
-Eso haré, entonces.
-Estamos de acuerdo.
-¡Que tenga usted un buen día!
-¡Usted también!

domingo, 19 de agosto de 2012

GARGANTA DE HIERRO







Esa era una tarde perfecta para poder sentir.
Se sentó en el balcón con furiosa calma.
Recortó mil siluetas con la mirada inquieta.
Recorrió con los dedos los detalles de la reja que describían flores de hierro, eludiendo la vista de su verdadera función.
Examinó su propia postura temblorosa. Sus piernas cruzadas, sus dedos largos que penosamente sostenían el cigarrillo que se consumía solo. Como él.
Se sintió de pronto, encerrado en un corral. Y más adentro aún, otro corral, hecho de penas y a duras penas. Tal reconocimiento lo aniquiló.
Pronto se sintió más encerrado.
Pero, ¿cómo romper con todo eso y salir de allí?
Sintió ganas de gritar con la garganta hasta desgarrarla, y casi vio sangrar su cause. Las manos querían apretarse hasta romperse una a una las falanges. Quiso apretar los parpados hasta que los lagrimales queden secos e infectados de oscuridad.
Jugueteaba ansiosamente con los dedos de los pies entre los zapatos. Los sintió de pronto reprimidos. El encierro del alma era tal, que decidió imaginárselo todo.

Y de pronto lanzó la primera de las piedras al vidrio de un auto azul. Los cristales cayeron hacia adentro dejando satisfecho a un hueco pretencioso que quiso ser perfecto. Las primeras miradas se hicieron presentes. Después, otra piedra en la mano apretada, logro una sonrisa que hacía días no salía. Ésta fue a parar a una persiana de chapa cuyo sonido fue el mas placentero de la tarde. Iniciador de una lluvia de percutidas piezas que llegaron como jauría de fieras de cemento e hicieron temblar la cuadra entera.
Pronto la necesidad fue más grande y las patadas, firmes y continuas, acabaron por arrancar la mentirosa reja de aquel balcón carcelero. El estruendo indicó un buen golpe certero sobre el contenedor de basura, del cual emanaron grandes nubes de polvo al cielo. Bastante provocador.
La gente había corrido a refugiarse, era el mejor momento. Había aceptado ya todo. La rabia había salido. Todo estaba listo. Nada más por qué esperar.

Tal como había escuchado, el trayecto hasta un destino crudo y arrebatador de vida, sanador de alma, se demoraba varios minutos en transcurrir. Durante los cuales, tuvo tiempo de pensar en todo. Lo realizado y lo no realizado.
De pronto pensó en lo que jamás sucedió, en lo amargo de una muerte incompleta, de una vida cuya salida no había sido por la puerta principal. Ordenó en instantes sus ideas, y finalmente vio que no era su hora. Había mucho por transitar, por tocar, por sentir. Mejor no.
Decidió que éste no era el momento, que aún había mucho desconocido. Más de un río en que nadar, mas de un hueco que tapar.
Eligió estar ahí. Desanudo sus piernas, miró las flores oxidadas de la reja de hierro y se rió por lo bajo de ellas. Negó con la cabeza mirando al mundo, pensando en lo que éste se pierde de él.
Luego se paró y cerrando las puertas roídas del balcón, volvió adentro a seguir con sus
payasadas.

-Ya habrá tiempo para gritar-, pensó.



Guille Izquierdo
16/08/12

CAMILLE







Cómo saber cuando algo es suficiente.
Si el mismo viento a veces no alcanza, y se cansa.
Si pudiera verte un poco, tendría miedo de entenderme.
Si puedo apagar el brillo con un paraguas, entonces estaré a salvo.

Porque un día conocí a un ratoncito. Fértil y productivo, pero mas muerto que vivo. Triste de hocico, pero alegre de piernas.
Desnudo corría por los campos, cuando al agua se cayó. Y allí permaneció muerto durante siglos.
Un día decidió que era mejor estar vivo. Y Salió a comprar un abrigo con monedas de quesito. Tuvo suerte de encontrar lo que buscaba, pero como todas las pieles, pronto debe cambiar.
Una serpiente amiga, le enseño a vestirse y ponerse lindo.
Un ya conocido cocodrilo le mostró los dientes y el ratoncito no dudo en aceptar. Sangró por todos los lados, pero nunca sintió dolor.
Solo supo que lloraba sangre cuando habló conmigo y me contó lo sucedido. Que el dolor era de hocico y no de pecho. Y yo le dije  algo, de hecho, que las ganas de verse  bonito, no se llenan con quesito.
-Ahora puedes correr desnudo otra vez- le dije.
-Gracias- musitó el curioso amiguito.
-Hasta la próxima caída- le grité en seguida.

No supe de él hasta que fue viejo.
Lo encontré contando bollitos de papel en una almohada gastada.
Le pregunté qué le preocupaba.
Resulta que estaba viejo y se estaba acercando a sabio.
Yo nunca entendía esas cosas de los vivos.
-Me preocupa la vida, ahora que empiezo a entender-, me dijo. –Me dolían los costados por no saber y, ahora que no me dejo ya morder, me duele sólo el recuerdo, que no me deja de arder-.
Le pregunté cuánto hacia que estaba allí.
-Más de un milenio-, me respondió.
-¿Por qué no has salido?-, le pregunté.
-Es que no sé qué hora es. No puedo salir si no se cuándo es tarde-.
-Aún hay tiempo, compañero-, le dije apresurando su calma.
-Mejor así. Necesito tiempo para pensar en lo que haré cuando vuelva-.

Al salir de allí me di cuenta que hacía mucho ya que éste ratón creía que venia viviendo. “Más de un milenio” me había dicho. Si sólo supiera que han pasado apenas algunas horas. Que ha esperado tanto en la comodidad del mullido habitáculo que se le ha avejentado el alma. Que la paciencia es un don enfermo que siempre admiré, pero hoy se presentaba en forma de sufrimiento y miedo. Sólo tenía ese ratón que bajar de su almohada de piel para volver a correr.

Entonces decidí volver y dejarle una nota:

“Por nuestros siglos de amistad, voy a hacer un trato contigo: Si bajas de ahí y decides aceptar mi confianza, por cada riesgo que corras, te restaré una cana y un segundo de vejez. Y cuando alcances la temprana edad de la niñez, y sigas juntando riesgos, te concederé entonces el nacimiento.

Atentamente, La Muerte”.




Guille Izquierdo
19/08/12

jueves, 26 de julio de 2012

CON OJOS DESTILADOS.






La luz de la mañana alumbraba incluso las sombras de los más añejos árboles ese jueves.
El viento se presentaba en dóciles acordes de arpa, mientras las hojas secas recorrían de punta a punta los ríos indomables del cordón de la vereda.
Era aquel uno de esos días en los que nada puede sorprender, esos en los que todo puede pasar.
Una suave ráfaga agitó las cortinas de la ventana del patio de Sofía.
Ella estaba, como de costumbre, aún con los ojos cerrados. Podía hacer sus actividades matutinas sin abrirlos.
Como siempre, cepilló sus dientes, sin poder aún pensar, lavó su cara y abrió la ducha mientras se desnudaba. Colgó la camisa en el perchero del baño y se frotó los pelos, intentando pisar la realidad de un nuevo día.
Luego se metió suavemente en la ducha, mojando sus pies primero. Luego las piernas, después sus brazos, largos y afilados. Por último su cara, tan suave por la mañana como la luz de un cuarto oscuro. Luego de esto, sus cabellos fueron invadidos por el agua tan caliente, que sólo verla rozar su cuerpo daba calor.
No abrió los ojos en toda la mañana. Siguió así el resto del día, incluso semanas. Meses permaneció con los ojos cerrados a un terreno imposible de sembrar. Ella prefería estar así, con ella y su vapor. Con ojos cerrados a un color difícil de pintar. Prefería vivir de tinieblas internas, que en las perturbadoras  garras de un mundo plagado de estímulos.
Así permaneció. Quieta. Y el mundo girando bajo sus pies. Pero no ella, tan intacta y sensual en su mundo de papel, con unos ojos que el mundo no estaba preparado para conocer.
Así permaneció. A ciegas. Sola con su vapor. Quieta. Como de costumbre.


Guille Izquierdo
22/7/12

LA ASTUTA HONESTIDAD






No fue sencillo en todo este tiempo notar que entre los muertos (que ya sabía de antemano, andábamos entre los vivos como si nada) ronda una especie de mentiroso que parece no ser visto como tal, y se pasea solemne entre los vivos como si fuera uno. Como si pudiera o se  creyera alineado con éstos. Y es que resulta casi invisible para los puros. Y es que se ven transparentes a sus ojos.
Son pensadores, son poetas, son artistas. Son prudentes, cuidadosos y meticulosos en su tara. Son ordenados y de más prolijos. Son rebuscados y sofisticados. Siempre al tanto de las tendencias. Siempre en contra del viento y con la luz sobre su frente en alto. Son los entusiastas de la difamación de lo cierto y lo valedero. Son los enemigos públicos de los mentirosos de pulmón. Son mentirosos de guante blanco. Delincuentes de la confianza.  Negreros y oportunistas. Sutiles creadores de verdades absolutas y paradigmas de la belleza humana. Difuntos activos y selectivos. Corrompedores de las estructuras más delgadas. Artistas plásticos. Moldeadores y escultores de las más frágiles almas.
Son los indetectables e indeseables “honestos astutos”.
Seres inteligentes que gobiernan con irrefutable seguridad comunidades enteras, a través de confusas, pero acreditables teorías sobre todo lo que debe ser para ser más de lo que se puede. Son filósofos de alcantarilla. Son traidores de la poesía como verdad. Son ilusionistas de la palabra. Son guerreros de un imperio sin líder que lucha por ganar un territorio que siente como propio. Son impecables formuladores de obras completas sobre el funcionamiento del mundo. Son más de los que puedo contar. Son demasiados y están sueltos.
Tener cuidado al observar un cuadro, o escuchar una canción. Tener cuidado de no dejarse persuadir en conversaciones de ascensor. Son astutos mentirosos no declarados que aún no descubren su verdad (que es la mentira). Dotados de un sinfín de palabras y símbolos infrahumanos que crean caos y confusión.
Tener cuidado al leer una prosa de un desconocido y prejuicioso mal aprendido. Usted puede estar siendo víctima del más tenebroso estratega. Creador de bellas y baladas ciegas, suaves al paladar pero enfermizas para el alma.
Él no descansará hasta comerse sus entrañas como un cuervo celoso. No verá más que en el fin de su desesperación, la satisfacción de su despliegue bíblico.
Sólo puedo advertir. Más no puedo persuadir. Esos lo dejo a los que saben.

 Guille Izquierdo 
20/7/12

miércoles, 11 de julio de 2012

LA CONEJOMORFOSIS.





Un día pensé en los conejos. Aquellos seres tan frágiles y poco inteligentes. Un día traté de entender por qué a veces éstos deciden vivir a oscuras en sus madrigueras. Creo que todo se explica en una serie de hábitos que la naturaleza tiene.
Se cree que el pobre conejo, poco astuto, sólo se esconde y sólo por eso vive allí abajo. Yo empiezo a creer (seriamente) que los diminutos y peludos animales saben que sólo allí encuentran refugio de mucho más que sólo depredadores.
Es así como hoy decido ser conejo y no más lobo que antes. Tampoco menos.
Me senté en la cama esta tarde, haciendo fuerzas sobrehumanas para empezar la transformación. No sólo hay que quererlo, también hay que hacerlo, ponerse en movimiento. No es fácil ser león, luego zorro, pasar por el lobo y hoy buscar ser conejo. Pero sé que, como siempre, toda transformación viene con más de un nombre y un color. Ésta fase de la transición va a llevar quizás meses de madriguera. La claustrofobia será sólo un recuerdo cuando pueda yo ser conejo. Y no cualquier conejo: uno simple pero especial. Uno que ya fue león, uno que ya fue humano.
Horas de sol y lunas de tabaco van a hacer que el conejo quiera con más y más fuerza permanecer en el hueco. Hacia allá voy.
Y las orejas aparecen como flechas, agudas y filosas, para estar atento a todo lo que pasa alrededor y que tiene que ver con él. Y pronto los bigotes, simpáticos hilos de seda, que me harán permanecer firme y poder medir los espacios, a fin de saber dónde meterme.
Luego vendrá la vista. Esa lateral de más de ciento ochenta grados, con la que el conejo podrá ver más de lo que se cree.
Pronto estará listo el pelaje, que servirá de abrigo hasta que deje de ser necesario y, entonces, éste se caerá, poco a poco.
Sólo entonces, el olfato será más certero que el disparo de un cazador sediento. Con él, el conejo se vuelve casi  invisible, pudiendo anticiparse al entorno. Cada vez más fuerte, el conejo se va alumbrando bajo el diseño más perfecto.
Y luego, casi por último, la agilidad para ser libre. La libertad misma para ponerse en movimiento. La necesidad de correr hacia aquí y saltar esto y aquello que debe pasar por debajo.
Astuto conejo, aquí te espero, sediento de tus dotes, en movimiento en la madriguera. Sin saber cuándo, pero con la certeza de que estarás aquí, en mí. Pronto seré conejo, y no cualquier conejo: uno que de verdad quiere serlo. Y, ¡cuánto peligro! Combinación tenebrosa: El conejo, mitad perro, un cuarto zorro y orgulloso de serlo.
Podría ser lo último imaginado, podría no resultar, podría ser metáfora. Pero no lo es. Es todo lo que sucede con mi cuerpo tras gatillarlo varias veces.
Brindo por última vez con mis dedos que ya casi desaparecen, con los dientes que arañan ya el cristal, y los bigotes que se embeben en cerveza.
¡SALUD!



Guille Izquierdo
11/7/2012

lunes, 18 de junio de 2012

UNO DE TRES






Éramos tres esa noche. Con ella, cuatro.
Todos mirándonos las caras, ansiosos por saber qué hacer.
De pronto uno tomó su guitarra y se puso a tocar.
Lamentablemente para nosotros, ella se erotizó con el hippie mugriento y su guitarra. 
Así, mientras él tocaba y cantaba, con la mirada perdida y los ojos cubiertos, ella se mecía suavemente en su silla, en señal de placer. Su sonrisa oculta la delataba.

Yo no resistí más y traje cerveza para todos. El ruido de los múltiples y gruesos vasos de vidrio al chocar y el sonido húmedo y metálico de las botellas al destaparse cortaron el clima caóticamente calmo y la distrajeron del encanto del pretencioso sonar de las cuerdas de nylon.

Así ella se dejó caer ante una y otra risa, desabrigando su persona entre un vaso y otro.
El tercero miraba atento y en silencio. Reía de vez en cuando y atendía cada movimiento de sus gestos. Cada célula de su cuerpo fue estudiada por él.
Ella sonreía cada vez más fuerte con mis bromas. El frustrado guitarrista ya no tenía chances. Sólo me preocupaban las miradas silenciosas y traidoras del tercero.

Cuando ella tocó mi rodilla y dejó allí su mano posada, supe que había elegido. Ya era mía. Pero algo hizo que ella lo observara.
Él miraba su propia mano sosteniendo el vaso medio vacío, cuando de pronto se levantó, imponente. 
Ella lo miró curiosa e intrigada. Él se acomodó el cuello de la campera y se le acercó.
Le beso la oreja suavemente. Esa oreja que ya estaba completamente desnuda, dispuesta a escucharlo todo. 
Ella pareció sucumbir ante un espeso cúmulo de saliva que casi no pasa por su garganta. Luego suspiro, soltó el vaso que cayó, haciendo del parquet un depósito de húmedos escombros de cristal. 
Lo miró fija y súbitamente y tomó su mano, que éste ofrecía con galanura. El muy desgraciado lamió su sus dedos como si éstos estuvieran hechos del más delicioso y tentador chocolate suizo. Haciendo que su otra mano (que aún seguía descansando en mi rodilla) se estrujara cual planta carnívora atrapando su presa.
Luego, el muy bastardo, aquel sin talento ni grandes dotes de orador, hizo que ella se levantara como hipnotizada por su mirada. Absurdo pero inquietante.

 Ella dejó atrás su cerveza, las cuerdas de la guitarra, su sonrisa y mi rodilla.

Ambos caminaron lentamente hacia adentro. Y todos, incluso los que no estaban allí, sintieron el poder de una mujer electrificada por las miradas y los roces de quienes la deseaban. Llena de energía concentrada en un puño de barro seco en lo más oscuro de un pozo sediento de sombra. Una mujer decidida. Una mujer desnuda de pechos y alma, sedienta de volcán y marea.

El muy desgraciado decidió esperar. Todo estaba hecho ya. Sólo tuvo que esperar.

Y ahora que somos sólo dos, admito mi melancólica derrota y mi deprimente victoria.
A pesar de que todos fuimos uno mismo, y cualquiera que ella eligiese, sería igual para el resto, podría haber sido yo, al menos una vez, sólo por saber cómo se siente.




Al final del suspiro, sólo un brazo pesado y cansado que cae sobre el pecho. Una capa de humo en el techo y una vez más somos tres. Somos uno. Con ella dos.

Guille Izquierdo
14/6/12

CON LA PIEL A CUESTAS





Esta es la historia de una verdad condenada por la injusticia

sentenciada a muerte por un oscuro y torpe verdugo,

que viste de verde musgo y entre la maleza se esconde.

La mentira, su fiel amiga, llora por los rincones

no sabe ella de razones, no entiende de corazones.

Llora pues debe hacerlo, más ríe haciendo canciones.

 

La muerte acudió a la cita, relamiéndose los talones.

Ansiosa esperó a que se abra el telón, para dar vuelo a su actuación.

 

- ¡Hm! Bienvenidos todos sean a otra de mis funciones.

Las damas estén primero, los niños y los señores.

Vengan luego los perros, y así también los leones.

Acérquense las serpientes, las tortugas y camaleones.

Sean  bienvenidos todos a esta fiesta de elegancia, a esta cita de lujuria, miedo y desesperanza.

¡Sepan que esto es real, sepan que así es la vida!

¡Sepan que la verdad muere por la mentira!-.

 

La muerte tomó su daga, esa que tanto afilaba.

Miró hacia la manada y, dando su mejor golpe, la cortó en mil rebanadas.

La verdad cayó desangrada, a los pies de todo el mundo.

La mentira quiso llorar, pero reírse solo supo.

 

- Tuvo una muerte decente- decían los escorpiones.

- Supo ser diferente- dijeron los más copiones.

- Quisiera ser como ella- dijo doña serpiente.

Y niños, hombres y bestias mostraron allí los dientes.

 

Así es como entonces, rodeada de tanta muerte,

la piel dejo entre la gente y huyó la pobre serpiente.

Sin saber donde iría, sintió que entonces debía

dejar su imagen atrás, pues ésta ya no servía.

 

Anduvo andando por andar, sin saber donde andaría,

inspirada por la valentía de una auténtica osadía,

acosada por los paladares más hambrientos de la jauría,

su piel nueva quiso llenar con verdades y mentiras.

 

Vagó por el mundo entero, juntando coraje y callos,

comiendo gotas de lluvia y durmiendo en soles sin rayos.

Quiso andar escondida en los árboles del olvido,

y supo verse perdida en las tormentas sin abrigo.

 

 

-------------------------------

 

 

Yo voy siguiendo su rastro, entre lagos escamados.

Piel a piel me voy vistiendo con los sueños que ha dejado.

Siento su olor a los lejos, y es que ya casi la alcanzo.

Mi piel ya no siente frío, sueño a sueño la fui abrigando.

 

 

Guille Izquierdo

14/6/12

 

martes, 5 de junio de 2012

HASTA PRONTO AMIGA MIA






Resulta extraño ver como una señorita pasa sus horas fuera de casa, hasta entrada la madrugada, con el frío del otoño que anticipa un invierno helado, con los pechos asomados sobre el apretado escote de su mejor musculosa roja, duros por el frío, pero más aún por la edad. 
Resulta extraño sentir esa vergüenza femenina en el aire, de no saber cómo llamar mi atención más que con el mismo cuerpo, cruzando los brazos por sobre la panza, levantando más aún los pechos (como si pudieran subir aún más).

Es extraño saber que sólo esta ahí por una razón, no es por sentirse cómoda en mi compañía, ni por no querer estar sola en casa, ni por los paisajes medievales capturados en la pelícua, es sólo el deseo que la hace quedar. Es ese deseo que me distrajo mucho tiempo y que ahora lucho por dibujar. El deseo que ya no es deseo, que se mojó y sólo es tinta corrida en un papel, donde las letras mejor escritas saben aún nadar. Es ese papel que guardo en el bolsillo izquierdo y leo cada mañana. Ese que hoy me recuerda cual es mi deseo real. Ese que sigue firme, ese que no destiñe.
Resulta provocador sentir tanto en un solo día y pensar que las cosas, a partir de ésta tarde, se confunden entre sí. Que la cama está vacía, que aún peor, ya olvidé cual es la mía.
Y justo hoy, que las nubes tapan la luna, que asomó por los costados más siniestros, presumiendo su redondéz; hoy, que la lluvia moja pero no lava; hoy, que las hojas se secan pero no caen, parece surgir en mí un irreversible imán de feromonas que brillan en mi lagrimal. Y todo lo que tiene que ver con mujeres hoy se hace notar. Será quizás la luna llena, que vuelve fieras a las doncellas; será mi desintención que les llama la atención.
Tanto brillo en las sonrisas y tan opaca hoy la mía. Que no brilla pero es mía.
Es un hecho que en la sombra gana más el ladrón de esquina, que el lobo en los pastizales más de cerca ve su comida, pero hoy, justo hoy, perdónenme corazones, no los quiero entusiasmar. Quizás sólo quería compañía, un trago al calor del fuego y una mirada que sonría.
Justo ahora, que no quiero lastimar más ojos rotos; justo hoy, que me propongo confiar en mí y dejar el engaño; justo hoy que me emborracho de palabras y luego las vomito; justo hoy que es injusto, me siento ausente de mí, de vos y de ustedes.

Justo hoy que es injusto, con tanta muerte rondando, pensar en la muerte mía, que ya murió varias veces y no deja que la viva; justo hoy, que mi locura fue a pasear por tu cintura y no viene hasta mañana, la muy puta; justo hoy que la necesito, para hacerme de un buen mordisco, para ser infiel a mi mismo.


Justo hoy te necesito y te fuiste a galopar por los médanos desiertos de una ciudad fantasma que no quiere progresar; justo hoy que es injusto, me dejas conmigo así, sólo con esta muerte, sin locura, sin cintura y sin censura.




R.I.P.

En memoria de la locura. Gran inspiración protectora, buena amiga y compañía.



Te vamos a extrañar:


Guille Izquierdo                                                                                      Guille Izquierdo
4/6/2012                                                                                                         4/6/2012

sábado, 2 de junio de 2012

JUEGOS NOCTURNOS





Las cosas se estaban poniendo feas otra vez. Las voces, esas tan aglomeradas, no paraban de sonar.
Todo el lugar parecía una habitación larga y oscura. Confusa y sin salida. Los pies pasaban de a pares, hacia un lado y al otro. Mujeres, de largas y enredadas piernas que invitaban a seguirlas, marchaban sin esperar, pero las voces, se hacían escuchar. Punzantes.
De fondo se oía la banda tocar, parecía entre el tormento, un símbolo de claridad, pero ya me era casi imposible retornar a la melodía que tiempo atrás resultaba deliciosa e irresistible. Las sombras se hicieron materia, como las otras veces y, entonces todo se confunde. El sonido se ensordece como si permaneciera yo hundido bajo el agua. Las absurdas conversaciones se vuelven parte de una realidad que no me enorgullece. El abismo es cada segundo más abrumador.
Las piernas otra vez. Trato de distraerme viendo faldas y tacos, ya es tarde, empezó el sudor, el corazón late ágil y el cuerpo se prepara para la huida. La sangre transporta adrenalina de los pies hasta la pelvis, puedo sentirla viajar. Cada bocanada de humo me resta segundos en ese lugar. No quiero pertenecer, pero preferiría una salida con estilo y dignidad a la clásica escapatoria que deja sólo miradas atrás, que acompañan luego camino abajo. No, no puedo correr, todos lo están notando, se ve en mi mirada al piso, inundado de vasos de plástico rotos y colillas de cigarrillo mojadas.
Una última inspección a poco más de un metro de altura desde la reposera en la que me había anclado, me revelo una mirada, perdida, autónoma, con esa mezcla de insatisfacción y conformismo que sólo los que no pertenecen saben mostrar. Había cruzado algunas sílabas efímeras con ella, esas de cordialidad y lamento avergonzado. Eso que de alguna forma hace que la persona que reside en el lugar sienta la responsabilidad de ser el anfitrión acartonado del pomposo infierno donde el otra se metió sola.
Quiero salir por la puerta del frente y sin correr ni empujar a nadie como borracho a punto de lanzar el colon por la garganta (aunque en este caso hubiera preferido esto último).
Conté en voz silenciosa algunos segundos de amarga tolerancia extra. Mi cigarrillo de anti-pánico se había ido en un paseo por la vereda minutos antes (debí haber escapado entonces). Ahora saboreaba rústicamente el cigarro que cerraba la noche. Volví a pensar en su mirada escondida tras su pelo oscuro y llano, brillante en esta noche opaca y pretenciosa. La sentí ahí, mirando, supe que así era. Y no era una mirada de deseo, no era tampoco compasión. Era comprensión. Si, ella entendía. Su mirada petróleo brillaba ante la brasa del cigarro prendido por la causa. Su mano, medio desnuda, con los dedos húmedos que casi sentí tocar, estaban un poco inquietas bajo el pullouver de puños sucios. Yo lo sabía. Estaba ahí por la misma absurda razón. Pensé en tomarla del brazo, tembloroso, y escapar por la puerta sin saber donde. Supe que lo habría entendido y sin pensarlo hubiera corrido a la oscuridad de las alcantarillas conmigo. Pero no. Esta era mi razón. Mi necesidad. Suspiré y sin mirar salí. Sin saludar ni ver un solo rostro, solo salí. Gente en la puerta que hasta entonces estaba inmóvil, se asomó queriendo entrar a la par. Ultimo movimiento, ya casi. Contuve el aire y esperé fingiendo un gesto de persona amable. La tercera de la fila se paró por un segundo a verme, después siguió.

Las voces volvieron a reír, fuertes, desahogadas por el alivio de mi ausencia, los muchachos se carcajeaban con risa adolescente. Las mujeres soltaban bocanadas de humo sin procesar haciendo mil ademanes al contar anécdotas llenas de nada.

Lo ultimo que sentí fue su mirada entre su pesado y largo flequillo, siguiéndome hasta la puerta. Fuerte, insegura pero escalofriante como un trozo de hielo en la nuca.
Una vez allí,. todo vuelve a ser mió. Todo vuelve a ser sepia. Y con las manos en los bolsillos de la campera gastada, vuelvo a sonreír, silbando una canción embrujada, camino a paso lento hasta perderme entre los más hermosos cerezos de ceniza y de vuelta a mi silencio.....libre.


Guille Izquierdo
2/6/2012


lunes, 28 de mayo de 2012

EL CADAVER EXQUISITO


 

1.


En una secuencia infinita me encontraba hacía ya varios instantes.
Sin saber exactamente a donde iba, el día me llevaba hasta donde la noche me abrazaba y, una vez ahí, me dejaba caer en un suelo árido y estéril hasta llegado el nuevo día.
Todo a su tiempo, los días se hicieron horas y pasaron de a docenas.
La sensualidad de la sorpresa ya no era cosa cotidiana. Mucho menos lo era la vida misma, que ya no era cosa de todos los días.
Los estados ya no eran pasajeros como hacia tiempo, más bien perduraban en mi como un cáncer, el cáncer ya era mortal. No dudaba en que días más, días menos, todo se iría apagando. Lento, sudoroso…así seria mi final.
Los estímulos ya no me distraían de mi objetivo. Ya nada me acorralaba, mas que mi propia necesidad de vivir. Esto era lo único que últimamente me mantenía vivo. El instinto humano de supervivencia, escondido en lo mas secreto de mi lado primitivo. Esa sensación similar a la de cuidar un limonero en invierno. Esa era mi última hoja escrita: el resto estaba en blanco o hecho cenizas en algún fogón.
Pase muchos años sobreviviendo solo de cuerpo, claro que el alma estaba ya tiesa. Y este maldito cuerpo no me dejaba morir. Y la muerte no es más que algo por lo que la gente vive para evitar. Por miedo quizás a la muerte, por temor a lo desconocido o simplemente por no saber como vivir.
Nunca temí a la muerte (o eso creía al menos) pero en cierto punto, algo en común tenia con los que sí lo hacían…y era aquello de no saber como vivir…en un mundo que se ahoga a diario en una masa de mentiras, de miedos e hipocresías. Yo nunca entendí muy bien las reglas de por acá. La imagen atormenta a las personas, y como si fuera poco, ellas mismas deciden ser parte de este mundo, haciendo que todo esté en perfecto equilibrio, haciendo que todo funcione: “odio todo lo que me rodea, es eso que me hace sentir mal, pero pienso seguir alimentándolo, no sea cosa me vaya a faltar”.

Así sentía yo que la gente se comportaba. Odiando y alimentando el odio mismo. Pero, ¿quién era yo para juzgar? De vez en cuando lo hacía y, cuando así era, notaba lo hipócrita que era, pues yo hacía lo mismo conmigo. Todo lo que me generaba odio estaba en mí, y aún así luchaba por seguir vivo, cerrando un circulo del que ya no podía salir. Esto claro, en aquellas épocas donde podía sentir al menos odio o rencor, o al menos notar la hipocresía. Hoy solo siento cansancio.




2.


Mi nombre es Horacio, tengo casi 27 años, vivo una vida plena, dura pero feliz.
Me crié en un pueblo del sur de Argentina. Allá viví con mi madre hasta los 14.
Mis padres se separaron cuando yo tenia 5, y desde entonces se esforzaron por evitar que yo notara las ausencias. Ambos buenas persona. Simples pero complejos, cada uno en su jurisdicción. Mi madre fue secretaria en un consultorio médico durante 16 años (curiosa ironía, siempre adoró las pastillas y los medicamentos).
Mi padre era jardinero, siempre cuidó de nosotros con un poco menos de esmero que a las plantitas de la huerta del fondo. No digo que fuera intencional, solo creo que nunca comprendió a las personas, quizás como nadie lo comprendía a él.
Mi madre, por su parte, trataba a todas las personas como si fueran parte de la familia. Siempre buscaba la manera de que la comida alcanzara para nosotros tres y uno o dos invitados ocacionales. Le encantaba tener gente en la casa, como también adoraba casi obsesivamente tener todo limpio y ordenado. Nunca supe cual de las dos cosas era consecuencia de la otra.
Siempre sentí la ausencia de ambos, y eso me hacia sentir un poco egoísta, con esto y aquello de que “no me hacían faltar nada” o que trabajaban todo el día para poder pagar esto y lo otro. Y mi educación, ¡claro! No debe existir cosa mas valorable para un niño de cinco años que la educación que sus padres le brindan…
En fin, logré sobrevivir a gusto con todo esto hasta que a los catorce pude irme a Buenos Aires. Allá vivía mi hermana mayor con su familia. Ella quizás era la única que había encontrado la forma de vivir su vida sin sentir culpa por ser una “desagradecida”. Se había ido de casa al terminar el secundario. Prolija y segura, con su novio de la escuela. Ellos hicieron su vida limpia, ordenada y divertida durante la cual supieron reír, llorar, pelear, amarse y jugar.
Hice mi mejor esfuerzo por no modificar sus hábitos en los años que allí viví. Realmente la pasábamos bien. Mis sobrinos iban creciendo a paso agigantado y yo, por mi parte, pude empezar a ceder a este mundo que nunca había entendido muy bien y empezar a amigarme con la gente que parecía muchas veces hablar en otro idioma.
Durante los cuatro años que viví allí me alimenté de sueños y fantasías cada vez mas frescas.
Al terminar el secundario me mudé a La Plata. Allí conocí un mundo nuevo. Gente que parecía entender de lo que hablaba, segura, confiada. Con valores y sueños como los míos.
Poco a poco me fui convirtiendo en un ser sociable y dejando mis prejuicios atrás.
Así logré muchas cosas, como estudiar y recibirme, tener novia, comer bien, tomar bebidas caras y hasta pagar por sexo.





3.


Conocí a Julia a los veinticuatro. Pasábamos días enteros en la cama comiendo desastrosamente, viendo películas, teniendo sexo y jugando como niños.
Cuando yo cumplía los veintiséis nos fuimos a vivir juntos y ahí es donde todo pareció volver a empezar para mi.
Todo eso que tenía este mundo de incomprensible para mí, ella me lo había traducido, pero ahora las páginas se habían volado por la ventana. Todas esas cosas del amor y la mierda esa, ella me lo había enseñado y, un día, de un cachetazo me lo hizo olvidar todo.
Nos odiábamos con tanta o mas pasión de las que siente un músico enamorado al componer.
El odio nos unía al punto de no poder estar lejos el uno del otro sólo para despreciarnos más y más.
Así fue retrocediendo todo mi progreso. Todo lo que había ganado lo dejé en el cordón de la vereda: la paciencia, la tolerancia, la voluntad, el autoestima. Se fue todo por la alcantarilla.
Ella me dejó un día que yo no estaba. O sí, ya no lo recuerdo. Hacía semanas que no iba a trabajar, ni a visitar a un amigo, ni a nada. Las heridas se empezaban a pudrir de a poco y yo sentía que lo disfrutaba. Sólo de pensar que ella había sido más fuerte que yo y había renunciado a todo a tiempo me hacía sentir nauseas. Pero siempre encontraba la forma de Ahogar esos pensamientos con alguna bebida y alguna película de los 90.
Un día, creo que vino un amigo y me dijo algo que no entendí muy bien. Algo de las relaciones humanas y el ego y el narcisismo. Sólo creo recordar una frase entera antes de quedarme dormido en el sillón, completamente borracho: “son todas putas”.
Creo que fue por eso que a los días decidí irme al bar ese “under” cerca de la estación y ahí conocí a unas chicas que me invitaron a una fiesta. Sé que salimos de ahí como a las seis y después recuerdo un taxi, una mesa de vidrio trasparente y un whiskey barato.
Desperté en mi cama completamente dolorido y semi-desnudo con una de las chicas del bar al lado en un estado similar. Mis pantalones estaba en el piso, sucios y con una rodilla rota.
No pude decir mucho hasta la noche. Ella se despertó y preparo un té, pero lo vomité al instante.
Dormimos hasta las diez de la noche y ella se quedo conmigo hasta que amaneció. Era linda y parecía buena gente, pero tenía veinte años. Todavía tenía mucho por hacer.
- Los años siguientes son clave para poder arruinarte la vida con pelotudos como yo, no pierdas tiempo acá- le dije por la mañana. Ella sonrió y me besó en la frente antes de salir. Volví a dormir pensando en lo que había pasado y recuerdo haber soñado con situaciones parecidas a las de aquella noche (o eso supuse).
Al despertar, vi sobre la mesa de luz un papel con números y un nombre que no pude enfocar. El bollito de papel ganó una buena altura antes de caer en el patio del vecino.

Así me desahogaba de vez en cuando, con noches de sexo, under, cocaína y whiskey barato. Nunca volvía a ver a las víctimas de esas noches intensas. Y si lo hacía, no las recordaba.
Nunca creí ser una mala persona. Sólo quizás alguien que nunca supo querer y, lo más parecido a querer se había ido hacía tiempo ya.
Sí, debo admitirlo después de dos años: al principio esperaba que Julia volviera y me encontrara desastroso, que venga a salvarme, que me rescate del monstruo que ella misma había creado. Pero nunca llegó más que en sueños.
Así me emborrachaba cada noche, sintiendo que iba a aparecer, y pensaba en sus reacciones y en como me iba a ayudar a ordenar la casa.
Para cuando me di cuenta que no iba a venir (y hasta que ya no deseaba que lo hiciera), mi rutina era muy diferente ya de aquellos días de facultad y sexo en la biblioteca.





4.


Nunca entendí muy bien las reglas de por acá. Pero puedo quizás llevarme conmigo algunas cosas que pude observar y, si algún día alguien leyera ésto, tal vez puedan serle útiles:



1-     Son todas putas.
2-     Nunca confiar a ciegas en el amos y esas cosas. Pues por si solas son como una brasa queriendo arder en el mar.
3-     Eso de que la mentira tiene pata corta es relativo. Creo que hay varios tipos de mentiras:



CONSCIENTES                                                INCONSCIENTES


Hacia otros               Hacia uno mismo                 Hacia otros         Hacia uno mismo
            |                                   |                                        \         /           |
            |                                   |                                         \       /            |
Sirven para:              Sirven para hacerse fuerte                      Amor            |                   
-No sentir culpa                                                                                              
-Evitar humillación                                                                              MUERTE
-Evitar admitir errores



Todas excepto una pueden tener pata corta.

Y aquí es donde voy a detenerme. Sí, claro, como se habrán dado cuenta ya estoy muerto. Pero ésto no es malo, ni triste. Es aliviador.
Quisiera detallar este proceso, por el cual cuando un día desperté y noté que había muerto, pude al fin comprender para qué vivía. Y era para morir.
Así entendí muchas cosas del fondo. No hizo falta revolver demasiado, sólo tuve que mirar mi cadáver para pensar que toda esta vida había sido muy larga. Y que, a pesar de mis vanos esfuerzos por vivir, la muerte iba a llegar. Y si hubiera sabido antes el placer de ya no estar vivo, no lo hubiese retrasado así, pero claro, fue todo lo que tuve que vivir para tener hoy tanto o más por morir.

La muerte no es triste, vale la pena de haber vivido. Tampoco es como me decían. Ni siquiera es como algo que hubiera podido imaginar en la vida.
Solo algo me inquieta, y es pensar en cuánto dudara la muerte. Espero que no tanto como la vida. Larga y absurda, nunca pude vivirla, y hoy que podría morir mi muerte, elijo vivirla. sólo quizás por intentar averiguar como se muere la muerte es que quiero vivirla.




“Suceden varias muertes en la vida, sólo hay que saber morir para seguir viviendo, pues un día despertarás muerto y verás todo lo que viviste”.”.








Guille Izquierdo
17/5/2012

martes, 22 de mayo de 2012

C.I.R.C.U.L.A.R.


C.I.R.C.U.L.A.R.





La mujer encendió un cigarrillo y se sentó sobre la mesada
con la mirada fija en algún punto del piso.

El hombre observaba la radio encendida en una estación de ritmos cubanos,
perdido en la imagen del aparato ciego.

El niño fingía jugar con un autito rojo desteñido,
pensando en hacerse miniatura y escapar en él.

El perro respiraba lento y constante,
acostado sobre su lado izquierdo suspirando de cuando en vez.

La vecina barría la vereda y espiaba por la ventana con la cortina a medio enrollar a la familia mas extraña del lugar.

Su marido, sentado en el banquito blanco amarillento
tomaba mates en la vereda de la casa color salmón.

Su hija estaba adentro, recostada en el sillón,
hablando por teléfono con su amante, el buen orador.

Del otro lado de la línea, un pelado que olía a limón
jugueteaba torpemente con la lapicera sobre el muñón.

Su esposa, subida al tren, se adormecía entre cada estación
imaginando llegar a casa, a bañarse y ver televisión.

Otro pasajero la miraba e imaginaba sus pechos entre las sábanas.
Él nunca se atrevería a hablarle, más que con la mirada.

La señora del fondo vio todo y pensaba en colaborar,
pero sintió el alma cansada y no se quiso levantar.

Un anciano dormía allí, ocupando más de un asiento.
Su olor era nauseabundo y su chaleco color de un siglo olía a más de un milenio.

La piba de al lado quiso cambiar de asiento, y al levantarse vio que ya no quedaban,
y el resto del viaje lo tuvo que hacer parada.

Un petiso de camisa y corbata sintió su aroma a recién bañada
y pensó en su mujer que allá en casa lo esperaba.

Su mujer colgó el teléfono y apuro un trago de vino
mientras sacaba el pollo del horno y le ponía sal y comino.

El padre olfateó de lejos y  no tardo en aparecer.
¡Sí que comía ese viejo, era cosa de no creer!

La nieta secó sus manos con la toalla verde claro
y corrió a la mesa sin terminar los deberes que le habían dado.

Su maestra, gorda y no muy astuta, dormía con un libro abierto,
soñando con un gran hombre y un viaje por el desierto.

Su antiguo novio estaba ahora en Perú, caminando mochila al hombro,
con la cámara colgada al cuello y pisoteando los escombros.

Su hija se preocupaba, y lo llamaba una vez al día.
Sin más que hacer por ella misma, se ocupaba de otras vidas.

Su gato, algo fastidioso, movía la cola como una serpiente.
La comida se había acabado y no habría más hasta el día siguiente.

El encargado del edificio lo oía maullar, mientras trataba de dormir.
Su mujer roncaba al lado, usando un bigote senil.

La perra dormía siempre en la cama, aunque que esta vez decidió que no.
Tomo su cola encrespada y para el baño se mudó.

De allí se oía a los del “cinco”, que cogían todos los martes
Solo salía uno u otro a comprar alguna bebida, papas o lubricante.

Ella no lo quería, pero, ¡Que bien que lo pasaba!
Lo veía solo a la tarde y alguna que otra madrugada.

Él vivía solo por ella y así trataba de amarla.
Sabía que no duraría, pero el nunca podría atarla,

Su padre se lo enseñó antes de partir a Roma.
Ahora él tiene otros hijos y es feliz allá en Europa.

Una niña pelirroja lo mira desde una moto,
su madre bajo a comprar aceite de oliva, vinagre y porotos.

La mujer rubia y de cara pálida lleva una cartera azul estridente,
se apura porque ya es hora: el diluvio es inminente.

El cajero la mira serio, no tuvo él un buen día.
Hoy se enteró que sería padre mientras su jefe lo despedía.

El jefe, un oso de metro noventa, pasa el día viendo televisión.
Le encantan las noticias del mundo y las películas de acción.

Una señora grita en la tele -¡Ya basta de impunidad!-
Tiene las manos curtidas y un aire de soledad.

La señora es argentina y reclama por seguridad.
Anoche le robaron de nuevo. Es triste pero es verdad.

Su vecino escucho todo, pero no se quiso meter.
Es un viejo borracho que ya no sabe toser.

Su hijo ya esta casado, con una mayor que él.
Tiene un mini-mercado a la vuelta de un cabaret.

Allí trabaja Sofía, en secreto todos los días.
-¡Sabe hacer lo que hace!- así dijo un policía.

Un amigo lo escuchaba, sorprendido por la niña.
Este hombre resulto ser, también amigo de la familia.

Así es como su madre se enteró de lo que pasaba.
Y es por eso que suspira, enciende un cigarrillo y se sienta en la mesada.






Tan circular como el borde de una copa de vino en navidad. Como la rueda gastada de una bicicleta inglesa. Como el perfil de una naranja perfecta. Como la alianza de oro de un poeta viudo.






C.I.R.C.U.L.A.R:

Cientos de Imágenes Rápidamente Cuentan Unidas Longevos Anexos Rítmicos.








Guille Izquierdo
20/5/2012