Un día pensé en los conejos. Aquellos seres tan frágiles y
poco inteligentes. Un día traté de entender por qué a veces éstos deciden vivir
a oscuras en sus madrigueras. Creo que todo se explica en una serie de hábitos
que la naturaleza tiene.
Se cree que el pobre conejo, poco astuto, sólo se esconde y
sólo por eso vive allí abajo. Yo empiezo a creer (seriamente) que los diminutos
y peludos animales saben que sólo allí encuentran refugio de mucho más que sólo
depredadores.
Es así como hoy decido ser conejo y no más lobo que antes.
Tampoco menos.
Me senté en la cama esta tarde, haciendo fuerzas
sobrehumanas para empezar la transformación. No sólo hay que quererlo, también
hay que hacerlo, ponerse en movimiento. No es fácil ser león, luego zorro,
pasar por el lobo y hoy buscar ser conejo. Pero sé que, como siempre, toda
transformación viene con más de un nombre y un color. Ésta fase de la
transición va a llevar quizás meses de madriguera. La claustrofobia será sólo
un recuerdo cuando pueda yo ser conejo. Y no cualquier conejo: uno simple pero
especial. Uno que ya fue león, uno que ya fue humano.
Horas de sol y lunas de tabaco van a hacer que el conejo
quiera con más y más fuerza permanecer en el hueco. Hacia allá voy.
Y las orejas aparecen como flechas, agudas y filosas, para
estar atento a todo lo que pasa alrededor y que tiene que ver con él. Y pronto
los bigotes, simpáticos hilos de seda, que me harán permanecer firme y poder
medir los espacios, a fin de saber dónde meterme.
Luego vendrá la vista. Esa lateral de más de ciento ochenta
grados, con la que el conejo podrá ver más de lo que se cree.
Pronto estará listo el pelaje, que servirá de abrigo hasta
que deje de ser necesario y, entonces, éste se caerá, poco a poco.
Sólo entonces, el olfato será más certero que el disparo de
un cazador sediento. Con él, el conejo se vuelve casi invisible, pudiendo anticiparse al entorno. Cada
vez más fuerte, el conejo se va alumbrando bajo el diseño más perfecto.
Y luego, casi por último, la agilidad para ser libre. La
libertad misma para ponerse en movimiento. La necesidad de correr hacia aquí y
saltar esto y aquello que debe pasar por debajo.
Astuto conejo, aquí te espero, sediento de tus dotes, en
movimiento en la madriguera. Sin saber cuándo, pero con la certeza de que
estarás aquí, en mí. Pronto seré conejo, y no cualquier conejo: uno que de
verdad quiere serlo. Y, ¡cuánto peligro! Combinación tenebrosa: El conejo,
mitad perro, un cuarto zorro y orgulloso de serlo.
Podría ser lo último imaginado, podría no resultar, podría
ser metáfora. Pero no lo es. Es todo lo que sucede con mi cuerpo tras gatillarlo
varias veces.
Brindo por última vez con mis dedos que ya casi desaparecen,
con los dientes que arañan ya el cristal, y los bigotes que se embeben en
cerveza.
¡SALUD!
Guille Izquierdo
11/7/2012
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