La luz de la mañana alumbraba incluso las sombras de los más
añejos árboles ese jueves.
El viento se presentaba en dóciles acordes de arpa, mientras
las hojas secas recorrían de punta a punta los ríos indomables del cordón de la
vereda.
Era aquel uno de esos días en los que nada puede sorprender,
esos en los que todo puede pasar.
Una suave ráfaga agitó las cortinas de la ventana del patio
de Sofía.
Ella estaba, como de costumbre, aún con los ojos cerrados.
Podía hacer sus actividades matutinas sin abrirlos.
Como siempre, cepilló sus dientes, sin poder aún pensar,
lavó su cara y abrió la ducha mientras se desnudaba. Colgó la camisa en el
perchero del baño y se frotó los pelos, intentando pisar la realidad de un
nuevo día.
Luego se metió suavemente en la ducha, mojando sus pies
primero. Luego las piernas, después sus brazos, largos y afilados. Por último
su cara, tan suave por la mañana como la luz de un cuarto oscuro. Luego de esto,
sus cabellos fueron invadidos por el agua tan caliente, que sólo verla rozar su
cuerpo daba calor.
No abrió los ojos en toda la mañana. Siguió así el resto del
día, incluso semanas. Meses permaneció con los ojos cerrados a un terreno
imposible de sembrar. Ella prefería estar así, con ella y su vapor. Con ojos
cerrados a un color difícil de pintar. Prefería vivir de tinieblas internas,
que en las perturbadoras garras de un
mundo plagado de estímulos.
Así permaneció. Quieta. Y el mundo girando bajo sus pies.
Pero no ella, tan intacta y sensual en su mundo de papel, con unos ojos que el
mundo no estaba preparado para conocer.
Así permaneció. A ciegas. Sola con su vapor. Quieta. Como de
costumbre.
Guille Izquierdo
22/7/12