lunes, 28 de mayo de 2012

EL CADAVER EXQUISITO


 

1.


En una secuencia infinita me encontraba hacía ya varios instantes.
Sin saber exactamente a donde iba, el día me llevaba hasta donde la noche me abrazaba y, una vez ahí, me dejaba caer en un suelo árido y estéril hasta llegado el nuevo día.
Todo a su tiempo, los días se hicieron horas y pasaron de a docenas.
La sensualidad de la sorpresa ya no era cosa cotidiana. Mucho menos lo era la vida misma, que ya no era cosa de todos los días.
Los estados ya no eran pasajeros como hacia tiempo, más bien perduraban en mi como un cáncer, el cáncer ya era mortal. No dudaba en que días más, días menos, todo se iría apagando. Lento, sudoroso…así seria mi final.
Los estímulos ya no me distraían de mi objetivo. Ya nada me acorralaba, mas que mi propia necesidad de vivir. Esto era lo único que últimamente me mantenía vivo. El instinto humano de supervivencia, escondido en lo mas secreto de mi lado primitivo. Esa sensación similar a la de cuidar un limonero en invierno. Esa era mi última hoja escrita: el resto estaba en blanco o hecho cenizas en algún fogón.
Pase muchos años sobreviviendo solo de cuerpo, claro que el alma estaba ya tiesa. Y este maldito cuerpo no me dejaba morir. Y la muerte no es más que algo por lo que la gente vive para evitar. Por miedo quizás a la muerte, por temor a lo desconocido o simplemente por no saber como vivir.
Nunca temí a la muerte (o eso creía al menos) pero en cierto punto, algo en común tenia con los que sí lo hacían…y era aquello de no saber como vivir…en un mundo que se ahoga a diario en una masa de mentiras, de miedos e hipocresías. Yo nunca entendí muy bien las reglas de por acá. La imagen atormenta a las personas, y como si fuera poco, ellas mismas deciden ser parte de este mundo, haciendo que todo esté en perfecto equilibrio, haciendo que todo funcione: “odio todo lo que me rodea, es eso que me hace sentir mal, pero pienso seguir alimentándolo, no sea cosa me vaya a faltar”.

Así sentía yo que la gente se comportaba. Odiando y alimentando el odio mismo. Pero, ¿quién era yo para juzgar? De vez en cuando lo hacía y, cuando así era, notaba lo hipócrita que era, pues yo hacía lo mismo conmigo. Todo lo que me generaba odio estaba en mí, y aún así luchaba por seguir vivo, cerrando un circulo del que ya no podía salir. Esto claro, en aquellas épocas donde podía sentir al menos odio o rencor, o al menos notar la hipocresía. Hoy solo siento cansancio.




2.


Mi nombre es Horacio, tengo casi 27 años, vivo una vida plena, dura pero feliz.
Me crié en un pueblo del sur de Argentina. Allá viví con mi madre hasta los 14.
Mis padres se separaron cuando yo tenia 5, y desde entonces se esforzaron por evitar que yo notara las ausencias. Ambos buenas persona. Simples pero complejos, cada uno en su jurisdicción. Mi madre fue secretaria en un consultorio médico durante 16 años (curiosa ironía, siempre adoró las pastillas y los medicamentos).
Mi padre era jardinero, siempre cuidó de nosotros con un poco menos de esmero que a las plantitas de la huerta del fondo. No digo que fuera intencional, solo creo que nunca comprendió a las personas, quizás como nadie lo comprendía a él.
Mi madre, por su parte, trataba a todas las personas como si fueran parte de la familia. Siempre buscaba la manera de que la comida alcanzara para nosotros tres y uno o dos invitados ocacionales. Le encantaba tener gente en la casa, como también adoraba casi obsesivamente tener todo limpio y ordenado. Nunca supe cual de las dos cosas era consecuencia de la otra.
Siempre sentí la ausencia de ambos, y eso me hacia sentir un poco egoísta, con esto y aquello de que “no me hacían faltar nada” o que trabajaban todo el día para poder pagar esto y lo otro. Y mi educación, ¡claro! No debe existir cosa mas valorable para un niño de cinco años que la educación que sus padres le brindan…
En fin, logré sobrevivir a gusto con todo esto hasta que a los catorce pude irme a Buenos Aires. Allá vivía mi hermana mayor con su familia. Ella quizás era la única que había encontrado la forma de vivir su vida sin sentir culpa por ser una “desagradecida”. Se había ido de casa al terminar el secundario. Prolija y segura, con su novio de la escuela. Ellos hicieron su vida limpia, ordenada y divertida durante la cual supieron reír, llorar, pelear, amarse y jugar.
Hice mi mejor esfuerzo por no modificar sus hábitos en los años que allí viví. Realmente la pasábamos bien. Mis sobrinos iban creciendo a paso agigantado y yo, por mi parte, pude empezar a ceder a este mundo que nunca había entendido muy bien y empezar a amigarme con la gente que parecía muchas veces hablar en otro idioma.
Durante los cuatro años que viví allí me alimenté de sueños y fantasías cada vez mas frescas.
Al terminar el secundario me mudé a La Plata. Allí conocí un mundo nuevo. Gente que parecía entender de lo que hablaba, segura, confiada. Con valores y sueños como los míos.
Poco a poco me fui convirtiendo en un ser sociable y dejando mis prejuicios atrás.
Así logré muchas cosas, como estudiar y recibirme, tener novia, comer bien, tomar bebidas caras y hasta pagar por sexo.





3.


Conocí a Julia a los veinticuatro. Pasábamos días enteros en la cama comiendo desastrosamente, viendo películas, teniendo sexo y jugando como niños.
Cuando yo cumplía los veintiséis nos fuimos a vivir juntos y ahí es donde todo pareció volver a empezar para mi.
Todo eso que tenía este mundo de incomprensible para mí, ella me lo había traducido, pero ahora las páginas se habían volado por la ventana. Todas esas cosas del amor y la mierda esa, ella me lo había enseñado y, un día, de un cachetazo me lo hizo olvidar todo.
Nos odiábamos con tanta o mas pasión de las que siente un músico enamorado al componer.
El odio nos unía al punto de no poder estar lejos el uno del otro sólo para despreciarnos más y más.
Así fue retrocediendo todo mi progreso. Todo lo que había ganado lo dejé en el cordón de la vereda: la paciencia, la tolerancia, la voluntad, el autoestima. Se fue todo por la alcantarilla.
Ella me dejó un día que yo no estaba. O sí, ya no lo recuerdo. Hacía semanas que no iba a trabajar, ni a visitar a un amigo, ni a nada. Las heridas se empezaban a pudrir de a poco y yo sentía que lo disfrutaba. Sólo de pensar que ella había sido más fuerte que yo y había renunciado a todo a tiempo me hacía sentir nauseas. Pero siempre encontraba la forma de Ahogar esos pensamientos con alguna bebida y alguna película de los 90.
Un día, creo que vino un amigo y me dijo algo que no entendí muy bien. Algo de las relaciones humanas y el ego y el narcisismo. Sólo creo recordar una frase entera antes de quedarme dormido en el sillón, completamente borracho: “son todas putas”.
Creo que fue por eso que a los días decidí irme al bar ese “under” cerca de la estación y ahí conocí a unas chicas que me invitaron a una fiesta. Sé que salimos de ahí como a las seis y después recuerdo un taxi, una mesa de vidrio trasparente y un whiskey barato.
Desperté en mi cama completamente dolorido y semi-desnudo con una de las chicas del bar al lado en un estado similar. Mis pantalones estaba en el piso, sucios y con una rodilla rota.
No pude decir mucho hasta la noche. Ella se despertó y preparo un té, pero lo vomité al instante.
Dormimos hasta las diez de la noche y ella se quedo conmigo hasta que amaneció. Era linda y parecía buena gente, pero tenía veinte años. Todavía tenía mucho por hacer.
- Los años siguientes son clave para poder arruinarte la vida con pelotudos como yo, no pierdas tiempo acá- le dije por la mañana. Ella sonrió y me besó en la frente antes de salir. Volví a dormir pensando en lo que había pasado y recuerdo haber soñado con situaciones parecidas a las de aquella noche (o eso supuse).
Al despertar, vi sobre la mesa de luz un papel con números y un nombre que no pude enfocar. El bollito de papel ganó una buena altura antes de caer en el patio del vecino.

Así me desahogaba de vez en cuando, con noches de sexo, under, cocaína y whiskey barato. Nunca volvía a ver a las víctimas de esas noches intensas. Y si lo hacía, no las recordaba.
Nunca creí ser una mala persona. Sólo quizás alguien que nunca supo querer y, lo más parecido a querer se había ido hacía tiempo ya.
Sí, debo admitirlo después de dos años: al principio esperaba que Julia volviera y me encontrara desastroso, que venga a salvarme, que me rescate del monstruo que ella misma había creado. Pero nunca llegó más que en sueños.
Así me emborrachaba cada noche, sintiendo que iba a aparecer, y pensaba en sus reacciones y en como me iba a ayudar a ordenar la casa.
Para cuando me di cuenta que no iba a venir (y hasta que ya no deseaba que lo hiciera), mi rutina era muy diferente ya de aquellos días de facultad y sexo en la biblioteca.





4.


Nunca entendí muy bien las reglas de por acá. Pero puedo quizás llevarme conmigo algunas cosas que pude observar y, si algún día alguien leyera ésto, tal vez puedan serle útiles:



1-     Son todas putas.
2-     Nunca confiar a ciegas en el amos y esas cosas. Pues por si solas son como una brasa queriendo arder en el mar.
3-     Eso de que la mentira tiene pata corta es relativo. Creo que hay varios tipos de mentiras:



CONSCIENTES                                                INCONSCIENTES


Hacia otros               Hacia uno mismo                 Hacia otros         Hacia uno mismo
            |                                   |                                        \         /           |
            |                                   |                                         \       /            |
Sirven para:              Sirven para hacerse fuerte                      Amor            |                   
-No sentir culpa                                                                                              
-Evitar humillación                                                                              MUERTE
-Evitar admitir errores



Todas excepto una pueden tener pata corta.

Y aquí es donde voy a detenerme. Sí, claro, como se habrán dado cuenta ya estoy muerto. Pero ésto no es malo, ni triste. Es aliviador.
Quisiera detallar este proceso, por el cual cuando un día desperté y noté que había muerto, pude al fin comprender para qué vivía. Y era para morir.
Así entendí muchas cosas del fondo. No hizo falta revolver demasiado, sólo tuve que mirar mi cadáver para pensar que toda esta vida había sido muy larga. Y que, a pesar de mis vanos esfuerzos por vivir, la muerte iba a llegar. Y si hubiera sabido antes el placer de ya no estar vivo, no lo hubiese retrasado así, pero claro, fue todo lo que tuve que vivir para tener hoy tanto o más por morir.

La muerte no es triste, vale la pena de haber vivido. Tampoco es como me decían. Ni siquiera es como algo que hubiera podido imaginar en la vida.
Solo algo me inquieta, y es pensar en cuánto dudara la muerte. Espero que no tanto como la vida. Larga y absurda, nunca pude vivirla, y hoy que podría morir mi muerte, elijo vivirla. sólo quizás por intentar averiguar como se muere la muerte es que quiero vivirla.




“Suceden varias muertes en la vida, sólo hay que saber morir para seguir viviendo, pues un día despertarás muerto y verás todo lo que viviste”.”.








Guille Izquierdo
17/5/2012

martes, 22 de mayo de 2012

C.I.R.C.U.L.A.R.


C.I.R.C.U.L.A.R.





La mujer encendió un cigarrillo y se sentó sobre la mesada
con la mirada fija en algún punto del piso.

El hombre observaba la radio encendida en una estación de ritmos cubanos,
perdido en la imagen del aparato ciego.

El niño fingía jugar con un autito rojo desteñido,
pensando en hacerse miniatura y escapar en él.

El perro respiraba lento y constante,
acostado sobre su lado izquierdo suspirando de cuando en vez.

La vecina barría la vereda y espiaba por la ventana con la cortina a medio enrollar a la familia mas extraña del lugar.

Su marido, sentado en el banquito blanco amarillento
tomaba mates en la vereda de la casa color salmón.

Su hija estaba adentro, recostada en el sillón,
hablando por teléfono con su amante, el buen orador.

Del otro lado de la línea, un pelado que olía a limón
jugueteaba torpemente con la lapicera sobre el muñón.

Su esposa, subida al tren, se adormecía entre cada estación
imaginando llegar a casa, a bañarse y ver televisión.

Otro pasajero la miraba e imaginaba sus pechos entre las sábanas.
Él nunca se atrevería a hablarle, más que con la mirada.

La señora del fondo vio todo y pensaba en colaborar,
pero sintió el alma cansada y no se quiso levantar.

Un anciano dormía allí, ocupando más de un asiento.
Su olor era nauseabundo y su chaleco color de un siglo olía a más de un milenio.

La piba de al lado quiso cambiar de asiento, y al levantarse vio que ya no quedaban,
y el resto del viaje lo tuvo que hacer parada.

Un petiso de camisa y corbata sintió su aroma a recién bañada
y pensó en su mujer que allá en casa lo esperaba.

Su mujer colgó el teléfono y apuro un trago de vino
mientras sacaba el pollo del horno y le ponía sal y comino.

El padre olfateó de lejos y  no tardo en aparecer.
¡Sí que comía ese viejo, era cosa de no creer!

La nieta secó sus manos con la toalla verde claro
y corrió a la mesa sin terminar los deberes que le habían dado.

Su maestra, gorda y no muy astuta, dormía con un libro abierto,
soñando con un gran hombre y un viaje por el desierto.

Su antiguo novio estaba ahora en Perú, caminando mochila al hombro,
con la cámara colgada al cuello y pisoteando los escombros.

Su hija se preocupaba, y lo llamaba una vez al día.
Sin más que hacer por ella misma, se ocupaba de otras vidas.

Su gato, algo fastidioso, movía la cola como una serpiente.
La comida se había acabado y no habría más hasta el día siguiente.

El encargado del edificio lo oía maullar, mientras trataba de dormir.
Su mujer roncaba al lado, usando un bigote senil.

La perra dormía siempre en la cama, aunque que esta vez decidió que no.
Tomo su cola encrespada y para el baño se mudó.

De allí se oía a los del “cinco”, que cogían todos los martes
Solo salía uno u otro a comprar alguna bebida, papas o lubricante.

Ella no lo quería, pero, ¡Que bien que lo pasaba!
Lo veía solo a la tarde y alguna que otra madrugada.

Él vivía solo por ella y así trataba de amarla.
Sabía que no duraría, pero el nunca podría atarla,

Su padre se lo enseñó antes de partir a Roma.
Ahora él tiene otros hijos y es feliz allá en Europa.

Una niña pelirroja lo mira desde una moto,
su madre bajo a comprar aceite de oliva, vinagre y porotos.

La mujer rubia y de cara pálida lleva una cartera azul estridente,
se apura porque ya es hora: el diluvio es inminente.

El cajero la mira serio, no tuvo él un buen día.
Hoy se enteró que sería padre mientras su jefe lo despedía.

El jefe, un oso de metro noventa, pasa el día viendo televisión.
Le encantan las noticias del mundo y las películas de acción.

Una señora grita en la tele -¡Ya basta de impunidad!-
Tiene las manos curtidas y un aire de soledad.

La señora es argentina y reclama por seguridad.
Anoche le robaron de nuevo. Es triste pero es verdad.

Su vecino escucho todo, pero no se quiso meter.
Es un viejo borracho que ya no sabe toser.

Su hijo ya esta casado, con una mayor que él.
Tiene un mini-mercado a la vuelta de un cabaret.

Allí trabaja Sofía, en secreto todos los días.
-¡Sabe hacer lo que hace!- así dijo un policía.

Un amigo lo escuchaba, sorprendido por la niña.
Este hombre resulto ser, también amigo de la familia.

Así es como su madre se enteró de lo que pasaba.
Y es por eso que suspira, enciende un cigarrillo y se sienta en la mesada.






Tan circular como el borde de una copa de vino en navidad. Como la rueda gastada de una bicicleta inglesa. Como el perfil de una naranja perfecta. Como la alianza de oro de un poeta viudo.






C.I.R.C.U.L.A.R:

Cientos de Imágenes Rápidamente Cuentan Unidas Longevos Anexos Rítmicos.








Guille Izquierdo
20/5/2012

sábado, 19 de mayo de 2012

LA PUTITA, EL ZORRO, LA CUCHETA Y EL BOTÓN






Dicen por ahí, que un día de verano, de esos que parecen de invierno, de esos con mas lluvias que sequias, de esos de frio y montaña, el zorro salió de cacería.
Se puso su mejor piel y sus dientes de coctel. Cerró la puerta con llave y la metió bajo la alfombra. Corrió a paso se relámpago, por los congelados pastizales.
Miro agazapado a unas conejas, pero sintió pena y se negó. Mas tarde y con mas hambre unas cornudas ciervas vio venir –pobre de ellas- se le oyó reír. Mas luego, y casi cansado, a una putita sintió pasar. La miro con apetito y cierta seguridad.
Con gran galanura se acerco:

-¡Buenas tardes putita!- dijo con voz de león.
-¡Buenas para usted!- dijo la putita arqueando una ceja y media.

El zorro se embriago de placer y se sonrojó.

-Quizás sean buenas porque así lo quiero ¿No quisiera usted, señora putita, que esta sea una tarde hermosa?-
-Quisiera yo que usted supiera, don zorro -dijo suspicaz- que ¡en mis tardes mando yo!-  y esta vez abrió bien los ojos con cara de punto final.

Don zorro miro al horizonte, al tiempo que la putita pasaba a su lado, dejando su olor a presa recién horneada.

-Si viene usted conmigo -insistió el astuto zorro pero por última vez- ya verá que puedo mostrarle como hacer de esta la mejor de sus tardes de todos los veranos de invierno que huelen como otoño en primavera-.

La putita detuvo el paso y quiso hablar...mas no supo que decir.
Al voltear, luego de intentar comprender lo que el zorro decía, sin mas opción que fruncir el seño, noto que su piel se entumecía.
Sin poder ver claramente, sintió un frio en el pecho y la luna pareció acercarse. Y creyó también ver el sol y hasta quizás algunas estrellas. La putita sonrió, sintió frio y suspiro. Su cuerpo tembló desplomado, empapado de rojo sudor. Sonrió al ver el mar y los ríos, los cielos y el desierto, todo en el mismo instante.
La putita sonrió, al sentir su carne desgarrarse, al sentir su cuerpo de algodón.
El zorro la miro a los ojos y le explicó:

-Amiga y putita mía, quisiera decirte ahora, que las tardes no son tuyas, sino de quien disfruta de ellas y vive para ver el ocaso, y este no es el caso. Son de todos los ladrones de madrigueras que nunca sufren de ceguera. Son de los que sonríen al morir el día y los que pueden mañana decir “buenas tardes”-.
La putita, con un ojo rojo y el otro cerrado, sintió su voz de desprecio pero con cierta razón. Y la putita sonrió.
Con la poca sangre que llego a su voz, trago sudor color bordo y pensó... y su mira de cobre el zorro comprendió.

“Es mi tarde más feliz, pues hoy por primera vez sentí ganas de vivir aunque para eso, don zorro,  mi cuerpo se deba pudrir”

El zorro sonrió y no por gusto, sino de lleno, y no de comer, sino de enseñar, y no a sobrevivir precisamente, sino aprender a morir.
El zorro comió con elegancia y dijo al viento con voz de león:

-Putita querida, hoy aprendiste y con eso mi respeto tendrás por el resto de mi existir-.

Entonces se saco su piel más elegante, esa de invierno en verano, esa de armario y estante.
Tapo con calma el cuerpo roído y ennegrecido de su presa. Solo dejo afuera la mirada.
La cubrió por los lados, la miro y suspiro.
El zorro pelado como un cachorro de halcón posado en un monte de tierra azul, miro y sonrió. Solo algo faltaba y era eso que siempre se llevaba, eso que nunca podía dejar.
Y decidió entonces tomar su mirada. Disfrazada de ojo humano, envuelta en una capsula color barniz, que lo miraba con fría ausencia.
Al llegar a casa el zorro se relamió, abrió la puerta con la llave bajo la alfombra. Entro y así quedo, luego miro y al fin sonrió.
Abrió el armario y busco. Y entre mil y una pieles de algodón, una sola llamo su atención. Tomo el abrigo y  en el cosió el ojito como botón.
Su recompensa tenía ya y era tiempo de hibernar. Pronto el invierno seria verano de verdad y podría dejar de mentir al saludar.
Desnudo allí se acostó, entre ramas y una flor. Entre sueño y desamor, entre el frio el calor…
Sobre su cucheta de bambú el zorro puso su ataúd. Y allí dejo en paz su alma, que nunca cesó de reír, con dientes negros de morder la sangre fría del ayer. Y un silencio eterno sintió llegar…y con él, la libertad.


Y el zorro pudo ver el mar y los ríos, los cielos y el desierto, todo en un mismo instante…

Y sonrió...





Guille Izquierdo