1.
En una secuencia infinita me encontraba hacía ya varios instantes.
Sin saber exactamente a donde iba, el día me llevaba hasta donde la
noche me abrazaba y, una vez ahí, me dejaba caer en un suelo árido y estéril
hasta llegado el nuevo día.
Todo a su tiempo, los días se hicieron horas y pasaron de a docenas.
La sensualidad de la sorpresa ya no era cosa cotidiana. Mucho menos lo era la vida misma, que ya no era cosa de todos
los días.
Los estados ya no eran pasajeros como hacia tiempo, más bien perduraban
en mi como un cáncer, el cáncer ya era mortal. No dudaba en que días más, días menos, todo
se iría apagando. Lento, sudoroso…así seria mi final.
Los estímulos ya no me distraían de mi objetivo. Ya nada me acorralaba,
mas que mi propia necesidad de vivir. Esto era lo único que últimamente me mantenía
vivo. El instinto humano de supervivencia, escondido en lo mas secreto de mi lado
primitivo. Esa sensación similar a la de cuidar un limonero en invierno. Esa
era mi última hoja escrita: el resto estaba en blanco o hecho cenizas en algún fogón.
Pase muchos años sobreviviendo solo de cuerpo, claro que el alma estaba
ya tiesa. Y este maldito cuerpo no me dejaba morir. Y la muerte no es más que
algo por lo que la gente vive para evitar. Por miedo quizás a la muerte, por
temor a lo desconocido o simplemente por no saber como vivir.
Nunca temí a la muerte (o eso creía al menos) pero en cierto punto, algo
en común tenia con los que sí lo hacían…y era aquello de no saber como vivir…en un mundo que se ahoga a diario en una masa de mentiras, de miedos e hipocresías. Yo nunca entendí muy bien las reglas de por acá. La imagen
atormenta a las personas, y como si fuera poco, ellas mismas deciden ser parte
de este mundo, haciendo que todo esté en perfecto equilibrio, haciendo que todo
funcione: “odio todo lo que me rodea, es eso que me hace sentir mal, pero
pienso seguir alimentándolo, no sea cosa me vaya a faltar”.
Así sentía yo que la gente se comportaba. Odiando y alimentando el
odio mismo. Pero, ¿quién era yo para juzgar? De vez en cuando lo hacía y,
cuando así era, notaba lo hipócrita que era, pues yo hacía lo mismo conmigo.
Todo lo que me generaba odio estaba en mí, y aún así luchaba por seguir vivo,
cerrando un circulo del que ya no podía salir. Esto claro, en aquellas épocas
donde podía sentir al menos odio o rencor, o al menos notar la hipocresía. Hoy
solo siento cansancio.
2.
Mi nombre es Horacio, tengo casi 27 años, vivo una vida plena, dura pero
feliz.
Me crié en un pueblo del sur de Argentina. Allá viví con mi madre hasta
los 14.
Mis padres se separaron cuando yo tenia 5, y desde entonces se
esforzaron por evitar que yo notara las ausencias. Ambos buenas persona.
Simples pero complejos, cada uno en su jurisdicción. Mi madre fue secretaria en
un consultorio médico durante 16 años (curiosa ironía, siempre adoró las
pastillas y los medicamentos).
Mi padre era jardinero, siempre cuidó de nosotros con un poco menos de
esmero que a las plantitas de la huerta del fondo. No digo que fuera
intencional, solo creo que nunca comprendió a las personas, quizás como nadie
lo comprendía a él.
Mi madre, por su parte, trataba a todas las personas como si fueran
parte de la familia. Siempre buscaba la manera de que la comida alcanzara para
nosotros tres y uno o dos invitados ocacionales. Le encantaba tener gente en la
casa, como también adoraba casi obsesivamente tener todo limpio y ordenado.
Nunca supe cual de las dos cosas era consecuencia de la otra.
Siempre sentí la ausencia de ambos, y eso me hacia sentir un poco
egoísta, con esto y aquello de que “no me hacían faltar nada” o que trabajaban
todo el día para poder pagar esto y lo otro. Y mi educación, ¡claro! No debe
existir cosa mas valorable para un niño de cinco años que la educación que sus
padres le brindan…
En fin, logré sobrevivir a gusto con todo esto hasta que a los catorce
pude irme a Buenos Aires. Allá vivía mi hermana mayor con su familia. Ella
quizás era la única que había encontrado la forma de vivir su vida sin sentir
culpa por ser una “desagradecida”. Se había ido de casa al terminar el
secundario. Prolija y segura, con su novio de la escuela. Ellos hicieron su
vida limpia, ordenada y divertida durante la cual supieron reír, llorar,
pelear, amarse y jugar.
Hice mi mejor esfuerzo por no modificar sus hábitos en los años que allí
viví. Realmente la pasábamos bien. Mis sobrinos iban creciendo a paso
agigantado y yo, por mi parte, pude empezar a ceder a este mundo que nunca
había entendido muy bien y empezar a amigarme con la gente que parecía muchas
veces hablar en otro idioma.
Durante los cuatro años que viví allí me alimenté de sueños y fantasías
cada vez mas frescas.
Al terminar el secundario me mudé a La Plata. Allí conocí un
mundo nuevo. Gente que parecía entender de lo que hablaba, segura, confiada.
Con valores y sueños como los míos.
Poco a poco me fui convirtiendo en un ser sociable y dejando mis
prejuicios atrás.
Así logré muchas cosas, como estudiar y recibirme, tener novia, comer
bien, tomar bebidas caras y hasta pagar por sexo.
3.
Conocí a Julia a los veinticuatro. Pasábamos días enteros en la cama
comiendo desastrosamente, viendo películas, teniendo sexo y jugando como niños.
Cuando yo cumplía los veintiséis nos fuimos a vivir juntos y ahí es
donde todo pareció volver a empezar para mi.
Todo eso que tenía este mundo de incomprensible para mí, ella me lo
había traducido, pero ahora las páginas se habían volado por la ventana. Todas
esas cosas del amor y la mierda esa, ella me lo había enseñado y, un día, de un
cachetazo me lo hizo olvidar todo.
Nos odiábamos con tanta o mas pasión de las que siente un músico
enamorado al componer.
El odio nos unía al punto de no poder estar lejos el uno del otro sólo
para despreciarnos más y más.
Así fue retrocediendo todo mi progreso. Todo lo que había ganado lo dejé
en el cordón de la vereda: la paciencia, la tolerancia, la voluntad, el
autoestima. Se fue todo por la alcantarilla.
Ella me dejó un día que yo no estaba. O sí, ya no lo recuerdo. Hacía
semanas que no iba a trabajar, ni a visitar a un amigo, ni a nada. Las heridas
se empezaban a pudrir de a poco y yo sentía que lo disfrutaba. Sólo de pensar
que ella había sido más fuerte que yo y había renunciado a todo a tiempo me
hacía sentir nauseas. Pero siempre encontraba la forma de Ahogar esos pensamientos
con alguna bebida y alguna película de los 90.
Un día, creo que vino un amigo y me dijo algo que no entendí muy bien.
Algo de las relaciones humanas y el ego y el narcisismo. Sólo creo recordar una
frase entera antes de quedarme dormido en el sillón, completamente borracho:
“son todas putas”.
Creo que fue por eso que a los días decidí irme al bar ese “under” cerca
de la estación y ahí conocí a unas chicas que me invitaron a una fiesta. Sé que
salimos de ahí como a las seis y después recuerdo un taxi, una mesa de vidrio trasparente y
un whiskey barato.
Desperté en mi cama completamente dolorido y semi-desnudo con una de las
chicas del bar al lado en un estado similar. Mis pantalones estaba en el piso,
sucios y con una rodilla rota.
No pude decir mucho hasta la noche. Ella se despertó y preparo un té,
pero lo vomité al instante.
Dormimos hasta las diez de la noche y ella se quedo conmigo hasta que
amaneció. Era linda y parecía buena gente, pero tenía veinte años. Todavía
tenía mucho por hacer.
- Los años siguientes son clave para poder arruinarte la vida con
pelotudos como yo, no pierdas tiempo acá- le dije por la mañana. Ella sonrió y
me besó en la frente antes de salir. Volví a dormir pensando en lo que había pasado y recuerdo
haber soñado con situaciones parecidas a las de aquella noche (o eso supuse).
Al despertar, vi sobre la mesa de luz un papel con números y un nombre
que no pude enfocar. El bollito de papel ganó una buena altura antes de caer en
el patio del vecino.
Así me desahogaba de vez en cuando, con noches de sexo, under, cocaína y
whiskey barato. Nunca volvía a ver a las víctimas de esas noches intensas. Y si
lo hacía, no las recordaba.
Nunca creí ser una mala persona. Sólo quizás alguien que nunca supo
querer y, lo más parecido a querer se había ido hacía tiempo ya.
Sí, debo admitirlo después de dos años: al principio esperaba que Julia volviera
y me encontrara desastroso, que venga a salvarme, que me rescate del monstruo
que ella misma había creado. Pero nunca llegó más que en sueños.
Así me emborrachaba cada noche, sintiendo que iba a aparecer, y pensaba
en sus reacciones y en como me iba a ayudar a ordenar la casa.
Para cuando me di cuenta que no iba a venir (y hasta que ya no deseaba
que lo hiciera), mi rutina era muy diferente ya de aquellos días de facultad y
sexo en la biblioteca.
4.
Nunca entendí muy bien las reglas de por acá. Pero puedo quizás llevarme conmigo algunas cosas que pude observar y, si
algún día alguien leyera ésto, tal vez puedan serle útiles:
1-
Son todas putas.
2-
Nunca confiar a ciegas en el amos y esas cosas. Pues
por si solas son como una brasa queriendo arder en el mar.
3-
Eso de que la mentira tiene pata corta es relativo.
Creo que hay varios tipos de mentiras:
CONSCIENTES INCONSCIENTES
Hacia otros Hacia uno
mismo Hacia otros Hacia uno mismo
| | \ / |
| | \ / |
Sirven para: Sirven
para hacerse fuerte Amor |
-No sentir culpa
-Evitar humillación MUERTE
-Evitar admitir errores
Todas excepto una pueden tener pata corta.
Y aquí es donde voy a detenerme. Sí, claro, como se habrán dado cuenta ya
estoy muerto. Pero ésto no es malo, ni triste. Es aliviador.
Quisiera detallar este proceso, por el cual cuando un día desperté y
noté que había muerto, pude al fin comprender para qué vivía. Y era para morir.
Así entendí muchas cosas del fondo. No hizo falta revolver demasiado,
sólo tuve que mirar mi cadáver para pensar que toda esta vida había sido muy
larga. Y que, a pesar de mis vanos esfuerzos por vivir, la muerte iba a llegar.
Y si hubiera sabido antes el placer de ya no estar vivo, no lo hubiese
retrasado así, pero claro, fue todo lo que tuve que vivir para tener hoy tanto
o más por morir.
La muerte no es triste, vale la pena de haber vivido. Tampoco es como me
decían. Ni siquiera es como algo que hubiera podido imaginar en la vida.
Solo algo me inquieta, y es pensar en cuánto dudara la muerte. Espero
que no tanto como la vida. Larga y absurda, nunca pude vivirla, y hoy que
podría morir mi muerte, elijo vivirla. sólo quizás por intentar averiguar como
se muere la muerte es que quiero vivirla.
“Suceden varias muertes en la vida, sólo hay que saber morir para seguir
viviendo, pues un día despertarás muerto y verás todo lo que viviste”.”.
Guille Izquierdo
17/5/2012

