C.I.R.C.U.L.A.R.
La mujer encendió un
cigarrillo y se sentó sobre la mesada
con la mirada fija en algún
punto del piso.
El hombre observaba la radio
encendida en una estación de ritmos cubanos,
perdido en la imagen del
aparato ciego.
El niño fingía jugar con un
autito rojo desteñido,
pensando en hacerse
miniatura y escapar en él.
El perro respiraba lento y
constante,
acostado sobre su lado
izquierdo suspirando de cuando en vez.
La vecina barría la vereda y
espiaba por la ventana con la cortina a medio enrollar a la familia mas extraña
del lugar.
Su marido, sentado en el
banquito blanco amarillento
tomaba mates en la vereda de
la casa color salmón.
Su hija estaba adentro,
recostada en el sillón,
hablando por teléfono con su
amante, el buen orador.
Del otro lado de la línea,
un pelado que olía a limón
jugueteaba torpemente con la
lapicera sobre el muñón.
Su esposa, subida al tren,
se adormecía entre cada estación
imaginando llegar a casa, a
bañarse y ver televisión.
Otro pasajero la miraba e
imaginaba sus pechos entre las sábanas.
Él nunca se atrevería a
hablarle, más que con la mirada.
La señora del fondo vio todo
y pensaba en colaborar,
pero sintió el alma cansada
y no se quiso levantar.
Un anciano dormía allí,
ocupando más de un asiento.
Su olor era nauseabundo y su
chaleco color de un siglo olía a más de un milenio.
La piba de al lado quiso
cambiar de asiento, y al levantarse vio que ya no quedaban,
y el resto del viaje lo tuvo
que hacer parada.
Un petiso de camisa y
corbata sintió su aroma a recién bañada
y pensó en su mujer que allá
en casa lo esperaba.
Su mujer colgó el teléfono y
apuro un trago de vino
mientras sacaba el pollo del
horno y le ponía sal y comino.
El padre olfateó de lejos
y no tardo en aparecer.
¡Sí que comía ese viejo, era
cosa de no creer!
La nieta secó sus manos con
la toalla verde claro
y corrió a la mesa sin
terminar los deberes que le habían dado.
Su maestra, gorda y no muy
astuta, dormía con un libro abierto,
soñando con un gran hombre y
un viaje por el desierto.
Su antiguo novio estaba
ahora en Perú, caminando mochila al hombro,
con la cámara colgada al
cuello y pisoteando los escombros.
Su hija se preocupaba, y lo
llamaba una vez al día.
Sin más que hacer por ella
misma, se ocupaba de otras vidas.
Su gato, algo fastidioso, movía
la cola como una serpiente.
La comida se había acabado y
no habría más hasta el día siguiente.
El encargado del edificio lo
oía maullar, mientras trataba de dormir.
Su mujer roncaba al lado,
usando un bigote senil.
La perra dormía siempre en
la cama, aunque que esta vez decidió que no.
Tomo su cola encrespada y
para el baño se mudó.
De allí se oía a los del
“cinco”, que cogían todos los martes
Solo salía uno u otro a
comprar alguna bebida, papas o lubricante.
Ella no lo quería, pero,
¡Que bien que lo pasaba!
Lo veía solo a la tarde y
alguna que otra madrugada.
Él vivía solo por ella y así
trataba de amarla.
Sabía que no duraría, pero
el nunca podría atarla,
Su padre se lo enseñó antes
de partir a Roma.
Ahora él tiene otros hijos y
es feliz allá en Europa.
Una niña pelirroja lo mira
desde una moto,
su madre bajo a comprar
aceite de oliva, vinagre y porotos.
La mujer rubia y de cara
pálida lleva una cartera azul estridente,
se apura porque ya es hora:
el diluvio es inminente.
El cajero la mira serio, no
tuvo él un buen día.
Hoy se enteró que sería
padre mientras su jefe lo despedía.
El jefe, un oso de metro
noventa, pasa el día viendo televisión.
Le encantan las noticias del
mundo y las películas de acción.
Una señora grita en la tele
-¡Ya basta de impunidad!-
Tiene las manos curtidas y
un aire de soledad.
La señora es argentina y
reclama por seguridad.
Anoche le robaron de nuevo.
Es triste pero es verdad.
Su vecino escucho todo, pero
no se quiso meter.
Es un viejo borracho que ya
no sabe toser.
Su hijo ya esta casado, con
una mayor que él.
Tiene un mini-mercado a la
vuelta de un cabaret.
Allí trabaja Sofía, en
secreto todos los días.
-¡Sabe hacer lo que hace!- así
dijo un policía.
Un amigo lo escuchaba,
sorprendido por la niña.
Este hombre resulto ser, también
amigo de la familia.
Así es como su madre se
enteró de lo que pasaba.
Y es por eso que suspira,
enciende un cigarrillo y se sienta en la mesada.
Tan circular como el borde
de una copa de vino en navidad. Como la rueda gastada de una bicicleta inglesa.
Como el perfil de una naranja perfecta. Como la alianza de oro de un poeta
viudo.
C.I.R.C.U.L.A.R:
Guille Izquierdo
20/5/2012

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