Dicen por ahí,
que un día de verano, de esos que parecen de invierno, de esos con mas lluvias
que sequias, de esos de frio y montaña, el zorro salió de cacería.
Se puso su mejor
piel y sus dientes de coctel. Cerró la puerta con llave y la metió bajo la
alfombra. Corrió a paso se relámpago, por los congelados pastizales.
Miro agazapado a
unas conejas, pero sintió pena y se negó. Mas tarde y con mas hambre unas
cornudas ciervas vio venir –pobre de ellas- se le oyó reír. Mas luego, y casi
cansado, a una putita sintió pasar. La miro con apetito y cierta seguridad.
Con gran galanura
se acerco:
-¡Buenas tardes
putita!- dijo con voz de león.
-¡Buenas para
usted!- dijo la putita arqueando una ceja y media.
El zorro se
embriago de placer y se sonrojó.
-Quizás sean
buenas porque así lo quiero ¿No quisiera usted, señora putita, que esta sea una
tarde hermosa?-
-Quisiera yo que
usted supiera, don zorro -dijo suspicaz- que ¡en mis tardes mando yo!- y esta vez abrió bien los ojos con cara de
punto final.
Don zorro miro al
horizonte, al tiempo que la putita pasaba a su lado, dejando su olor a presa
recién horneada.
-Si viene usted
conmigo -insistió el astuto zorro pero por última vez- ya verá que puedo
mostrarle como hacer de esta la mejor de sus tardes de todos los veranos de
invierno que huelen como otoño en primavera-.
La putita detuvo
el paso y quiso hablar...mas no supo que decir.
Al voltear, luego
de intentar comprender lo que el zorro decía, sin mas opción que fruncir el
seño, noto que su piel se entumecía.
Sin poder ver
claramente, sintió un frio en el pecho y la luna pareció acercarse. Y creyó
también ver el sol y hasta quizás algunas estrellas. La putita sonrió, sintió
frio y suspiro. Su cuerpo tembló desplomado, empapado de rojo sudor. Sonrió al
ver el mar y los ríos, los cielos y el desierto, todo en el mismo instante.
La putita sonrió,
al sentir su carne desgarrarse, al sentir su cuerpo de algodón.
El zorro la miro
a los ojos y le explicó:
-Amiga y putita
mía, quisiera decirte ahora, que las tardes no son tuyas, sino de quien
disfruta de ellas y vive para ver el ocaso, y este no es el caso. Son de todos
los ladrones de madrigueras que nunca sufren de ceguera. Son de los que sonríen
al morir el día y los que pueden mañana decir “buenas tardes”-.
La putita, con un
ojo rojo y el otro cerrado, sintió su voz de desprecio pero con cierta razón. Y
la putita sonrió.
Con la poca
sangre que llego a su voz, trago sudor color bordo y pensó... y su mira de
cobre el zorro comprendió.
“Es mi tarde más
feliz, pues hoy por primera vez sentí ganas de vivir aunque para eso, don
zorro, mi cuerpo se deba pudrir”
El zorro sonrió y
no por gusto, sino de lleno, y no de comer, sino de enseñar, y no a sobrevivir
precisamente, sino aprender a morir.
El zorro comió
con elegancia y dijo al viento con voz de león:
-Putita querida,
hoy aprendiste y con eso mi respeto tendrás por el resto de mi existir-.
Entonces se saco
su piel más elegante, esa de invierno en verano, esa de armario y estante.
Tapo con calma el
cuerpo roído y ennegrecido de su presa. Solo dejo afuera la mirada.
La cubrió por los
lados, la miro y suspiro.
El zorro pelado
como un cachorro de halcón posado en un monte de tierra azul, miro y sonrió.
Solo algo faltaba y era eso que siempre se llevaba, eso que nunca podía dejar.
Y decidió
entonces tomar su mirada. Disfrazada de ojo humano, envuelta en una capsula
color barniz, que lo miraba con fría ausencia.
Al llegar a casa
el zorro se relamió, abrió la puerta con la llave bajo la alfombra. Entro y así
quedo, luego miro y al fin sonrió.
Abrió el armario
y busco. Y entre mil y una pieles de algodón, una sola llamo su atención. Tomo
el abrigo y en el cosió el ojito como
botón.
Su recompensa
tenía ya y era tiempo de hibernar. Pronto el invierno seria verano de verdad y
podría dejar de mentir al saludar.
Desnudo allí se
acostó, entre ramas y una flor. Entre sueño y desamor, entre el frio el calor…
Sobre su cucheta
de bambú el zorro puso su ataúd. Y allí dejo en paz su alma, que nunca cesó de
reír, con dientes negros de morder la sangre fría del ayer. Y un silencio
eterno sintió llegar…y con él, la libertad.
Y el zorro pudo
ver el mar y los ríos, los cielos y el desierto, todo en un mismo instante…
Y sonrió...
Guille Izquierdo

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