sábado, 19 de mayo de 2012

LA PUTITA, EL ZORRO, LA CUCHETA Y EL BOTÓN






Dicen por ahí, que un día de verano, de esos que parecen de invierno, de esos con mas lluvias que sequias, de esos de frio y montaña, el zorro salió de cacería.
Se puso su mejor piel y sus dientes de coctel. Cerró la puerta con llave y la metió bajo la alfombra. Corrió a paso se relámpago, por los congelados pastizales.
Miro agazapado a unas conejas, pero sintió pena y se negó. Mas tarde y con mas hambre unas cornudas ciervas vio venir –pobre de ellas- se le oyó reír. Mas luego, y casi cansado, a una putita sintió pasar. La miro con apetito y cierta seguridad.
Con gran galanura se acerco:

-¡Buenas tardes putita!- dijo con voz de león.
-¡Buenas para usted!- dijo la putita arqueando una ceja y media.

El zorro se embriago de placer y se sonrojó.

-Quizás sean buenas porque así lo quiero ¿No quisiera usted, señora putita, que esta sea una tarde hermosa?-
-Quisiera yo que usted supiera, don zorro -dijo suspicaz- que ¡en mis tardes mando yo!-  y esta vez abrió bien los ojos con cara de punto final.

Don zorro miro al horizonte, al tiempo que la putita pasaba a su lado, dejando su olor a presa recién horneada.

-Si viene usted conmigo -insistió el astuto zorro pero por última vez- ya verá que puedo mostrarle como hacer de esta la mejor de sus tardes de todos los veranos de invierno que huelen como otoño en primavera-.

La putita detuvo el paso y quiso hablar...mas no supo que decir.
Al voltear, luego de intentar comprender lo que el zorro decía, sin mas opción que fruncir el seño, noto que su piel se entumecía.
Sin poder ver claramente, sintió un frio en el pecho y la luna pareció acercarse. Y creyó también ver el sol y hasta quizás algunas estrellas. La putita sonrió, sintió frio y suspiro. Su cuerpo tembló desplomado, empapado de rojo sudor. Sonrió al ver el mar y los ríos, los cielos y el desierto, todo en el mismo instante.
La putita sonrió, al sentir su carne desgarrarse, al sentir su cuerpo de algodón.
El zorro la miro a los ojos y le explicó:

-Amiga y putita mía, quisiera decirte ahora, que las tardes no son tuyas, sino de quien disfruta de ellas y vive para ver el ocaso, y este no es el caso. Son de todos los ladrones de madrigueras que nunca sufren de ceguera. Son de los que sonríen al morir el día y los que pueden mañana decir “buenas tardes”-.
La putita, con un ojo rojo y el otro cerrado, sintió su voz de desprecio pero con cierta razón. Y la putita sonrió.
Con la poca sangre que llego a su voz, trago sudor color bordo y pensó... y su mira de cobre el zorro comprendió.

“Es mi tarde más feliz, pues hoy por primera vez sentí ganas de vivir aunque para eso, don zorro,  mi cuerpo se deba pudrir”

El zorro sonrió y no por gusto, sino de lleno, y no de comer, sino de enseñar, y no a sobrevivir precisamente, sino aprender a morir.
El zorro comió con elegancia y dijo al viento con voz de león:

-Putita querida, hoy aprendiste y con eso mi respeto tendrás por el resto de mi existir-.

Entonces se saco su piel más elegante, esa de invierno en verano, esa de armario y estante.
Tapo con calma el cuerpo roído y ennegrecido de su presa. Solo dejo afuera la mirada.
La cubrió por los lados, la miro y suspiro.
El zorro pelado como un cachorro de halcón posado en un monte de tierra azul, miro y sonrió. Solo algo faltaba y era eso que siempre se llevaba, eso que nunca podía dejar.
Y decidió entonces tomar su mirada. Disfrazada de ojo humano, envuelta en una capsula color barniz, que lo miraba con fría ausencia.
Al llegar a casa el zorro se relamió, abrió la puerta con la llave bajo la alfombra. Entro y así quedo, luego miro y al fin sonrió.
Abrió el armario y busco. Y entre mil y una pieles de algodón, una sola llamo su atención. Tomo el abrigo y  en el cosió el ojito como botón.
Su recompensa tenía ya y era tiempo de hibernar. Pronto el invierno seria verano de verdad y podría dejar de mentir al saludar.
Desnudo allí se acostó, entre ramas y una flor. Entre sueño y desamor, entre el frio el calor…
Sobre su cucheta de bambú el zorro puso su ataúd. Y allí dejo en paz su alma, que nunca cesó de reír, con dientes negros de morder la sangre fría del ayer. Y un silencio eterno sintió llegar…y con él, la libertad.


Y el zorro pudo ver el mar y los ríos, los cielos y el desierto, todo en un mismo instante…

Y sonrió...





Guille Izquierdo

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