Éramos tres esa noche. Con ella, cuatro.
Todos mirándonos las caras, ansiosos por saber qué
hacer.
De pronto uno tomó su guitarra y se puso a tocar.
Lamentablemente para nosotros, ella se erotizó con
el hippie mugriento y su guitarra.
Así, mientras él tocaba y cantaba, con la
mirada perdida y los ojos cubiertos, ella se mecía suavemente en su silla, en
señal de placer. Su sonrisa oculta la delataba.
Yo no resistí más y traje cerveza para todos. El ruido
de los múltiples y gruesos vasos de vidrio al chocar y el sonido húmedo y
metálico de las botellas al destaparse cortaron el clima caóticamente calmo y
la distrajeron del encanto del pretencioso sonar de las cuerdas de nylon.
Así ella se dejó caer ante una y otra risa,
desabrigando su persona entre un vaso y otro.
El tercero miraba atento y en silencio. Reía de
vez en cuando y atendía cada movimiento de sus gestos. Cada célula de su cuerpo
fue estudiada por él.
Ella sonreía cada vez más fuerte con mis bromas.
El frustrado guitarrista ya no tenía chances. Sólo me preocupaban
las miradas silenciosas y traidoras del tercero.
Cuando ella tocó mi rodilla y dejó allí su mano
posada, supe que había elegido. Ya era mía. Pero algo hizo que ella lo observara.
Él miraba su propia mano sosteniendo el vaso medio
vacío, cuando de pronto se levantó, imponente.
Ella lo miró curiosa e
intrigada. Él se acomodó el cuello de la campera y se le acercó.
Le beso la oreja suavemente. Esa oreja que ya
estaba completamente desnuda, dispuesta a escucharlo todo.
Ella pareció
sucumbir ante un espeso cúmulo de saliva que casi no pasa por su garganta.
Luego suspiro, soltó el vaso que cayó, haciendo del parquet un depósito de húmedos
escombros de cristal.
Lo miró fija y súbitamente y tomó su mano, que éste
ofrecía con galanura. El muy desgraciado lamió su sus dedos como si éstos
estuvieran hechos del más delicioso y tentador chocolate suizo. Haciendo que su
otra mano (que aún seguía descansando en mi rodilla) se estrujara cual planta carnívora
atrapando su presa.
Luego, el muy bastardo, aquel sin talento ni
grandes dotes de orador, hizo que ella se levantara como hipnotizada por su
mirada. Absurdo pero inquietante.
Ella dejó atrás su cerveza, las cuerdas de la
guitarra, su sonrisa y mi rodilla.
Ambos caminaron lentamente hacia adentro. Y todos,
incluso los que no estaban allí, sintieron el poder de una mujer electrificada
por las miradas y los roces de quienes la deseaban. Llena de energía
concentrada en un puño de barro seco en lo más oscuro de un pozo sediento de
sombra. Una mujer decidida. Una mujer desnuda de pechos y alma, sedienta de
volcán y marea.
El muy desgraciado decidió esperar. Todo
estaba hecho ya. Sólo tuvo que esperar.
Y ahora que somos sólo dos, admito mi melancólica derrota
y mi deprimente victoria.
A pesar de que todos fuimos uno mismo, y
cualquiera que ella eligiese, sería igual para el resto, podría haber sido yo,
al menos una vez, sólo por saber cómo se siente.
Al final del suspiro, sólo un brazo pesado y
cansado que cae sobre el pecho. Una capa de humo en el techo y una vez más
somos tres. Somos uno. Con ella dos.
Guille Izquierdo
14/6/12