lunes, 18 de junio de 2012

UNO DE TRES






Éramos tres esa noche. Con ella, cuatro.
Todos mirándonos las caras, ansiosos por saber qué hacer.
De pronto uno tomó su guitarra y se puso a tocar.
Lamentablemente para nosotros, ella se erotizó con el hippie mugriento y su guitarra. 
Así, mientras él tocaba y cantaba, con la mirada perdida y los ojos cubiertos, ella se mecía suavemente en su silla, en señal de placer. Su sonrisa oculta la delataba.

Yo no resistí más y traje cerveza para todos. El ruido de los múltiples y gruesos vasos de vidrio al chocar y el sonido húmedo y metálico de las botellas al destaparse cortaron el clima caóticamente calmo y la distrajeron del encanto del pretencioso sonar de las cuerdas de nylon.

Así ella se dejó caer ante una y otra risa, desabrigando su persona entre un vaso y otro.
El tercero miraba atento y en silencio. Reía de vez en cuando y atendía cada movimiento de sus gestos. Cada célula de su cuerpo fue estudiada por él.
Ella sonreía cada vez más fuerte con mis bromas. El frustrado guitarrista ya no tenía chances. Sólo me preocupaban las miradas silenciosas y traidoras del tercero.

Cuando ella tocó mi rodilla y dejó allí su mano posada, supe que había elegido. Ya era mía. Pero algo hizo que ella lo observara.
Él miraba su propia mano sosteniendo el vaso medio vacío, cuando de pronto se levantó, imponente. 
Ella lo miró curiosa e intrigada. Él se acomodó el cuello de la campera y se le acercó.
Le beso la oreja suavemente. Esa oreja que ya estaba completamente desnuda, dispuesta a escucharlo todo. 
Ella pareció sucumbir ante un espeso cúmulo de saliva que casi no pasa por su garganta. Luego suspiro, soltó el vaso que cayó, haciendo del parquet un depósito de húmedos escombros de cristal. 
Lo miró fija y súbitamente y tomó su mano, que éste ofrecía con galanura. El muy desgraciado lamió su sus dedos como si éstos estuvieran hechos del más delicioso y tentador chocolate suizo. Haciendo que su otra mano (que aún seguía descansando en mi rodilla) se estrujara cual planta carnívora atrapando su presa.
Luego, el muy bastardo, aquel sin talento ni grandes dotes de orador, hizo que ella se levantara como hipnotizada por su mirada. Absurdo pero inquietante.

 Ella dejó atrás su cerveza, las cuerdas de la guitarra, su sonrisa y mi rodilla.

Ambos caminaron lentamente hacia adentro. Y todos, incluso los que no estaban allí, sintieron el poder de una mujer electrificada por las miradas y los roces de quienes la deseaban. Llena de energía concentrada en un puño de barro seco en lo más oscuro de un pozo sediento de sombra. Una mujer decidida. Una mujer desnuda de pechos y alma, sedienta de volcán y marea.

El muy desgraciado decidió esperar. Todo estaba hecho ya. Sólo tuvo que esperar.

Y ahora que somos sólo dos, admito mi melancólica derrota y mi deprimente victoria.
A pesar de que todos fuimos uno mismo, y cualquiera que ella eligiese, sería igual para el resto, podría haber sido yo, al menos una vez, sólo por saber cómo se siente.




Al final del suspiro, sólo un brazo pesado y cansado que cae sobre el pecho. Una capa de humo en el techo y una vez más somos tres. Somos uno. Con ella dos.

Guille Izquierdo
14/6/12

CON LA PIEL A CUESTAS





Esta es la historia de una verdad condenada por la injusticia

sentenciada a muerte por un oscuro y torpe verdugo,

que viste de verde musgo y entre la maleza se esconde.

La mentira, su fiel amiga, llora por los rincones

no sabe ella de razones, no entiende de corazones.

Llora pues debe hacerlo, más ríe haciendo canciones.

 

La muerte acudió a la cita, relamiéndose los talones.

Ansiosa esperó a que se abra el telón, para dar vuelo a su actuación.

 

- ¡Hm! Bienvenidos todos sean a otra de mis funciones.

Las damas estén primero, los niños y los señores.

Vengan luego los perros, y así también los leones.

Acérquense las serpientes, las tortugas y camaleones.

Sean  bienvenidos todos a esta fiesta de elegancia, a esta cita de lujuria, miedo y desesperanza.

¡Sepan que esto es real, sepan que así es la vida!

¡Sepan que la verdad muere por la mentira!-.

 

La muerte tomó su daga, esa que tanto afilaba.

Miró hacia la manada y, dando su mejor golpe, la cortó en mil rebanadas.

La verdad cayó desangrada, a los pies de todo el mundo.

La mentira quiso llorar, pero reírse solo supo.

 

- Tuvo una muerte decente- decían los escorpiones.

- Supo ser diferente- dijeron los más copiones.

- Quisiera ser como ella- dijo doña serpiente.

Y niños, hombres y bestias mostraron allí los dientes.

 

Así es como entonces, rodeada de tanta muerte,

la piel dejo entre la gente y huyó la pobre serpiente.

Sin saber donde iría, sintió que entonces debía

dejar su imagen atrás, pues ésta ya no servía.

 

Anduvo andando por andar, sin saber donde andaría,

inspirada por la valentía de una auténtica osadía,

acosada por los paladares más hambrientos de la jauría,

su piel nueva quiso llenar con verdades y mentiras.

 

Vagó por el mundo entero, juntando coraje y callos,

comiendo gotas de lluvia y durmiendo en soles sin rayos.

Quiso andar escondida en los árboles del olvido,

y supo verse perdida en las tormentas sin abrigo.

 

 

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Yo voy siguiendo su rastro, entre lagos escamados.

Piel a piel me voy vistiendo con los sueños que ha dejado.

Siento su olor a los lejos, y es que ya casi la alcanzo.

Mi piel ya no siente frío, sueño a sueño la fui abrigando.

 

 

Guille Izquierdo

14/6/12

 

martes, 5 de junio de 2012

HASTA PRONTO AMIGA MIA






Resulta extraño ver como una señorita pasa sus horas fuera de casa, hasta entrada la madrugada, con el frío del otoño que anticipa un invierno helado, con los pechos asomados sobre el apretado escote de su mejor musculosa roja, duros por el frío, pero más aún por la edad. 
Resulta extraño sentir esa vergüenza femenina en el aire, de no saber cómo llamar mi atención más que con el mismo cuerpo, cruzando los brazos por sobre la panza, levantando más aún los pechos (como si pudieran subir aún más).

Es extraño saber que sólo esta ahí por una razón, no es por sentirse cómoda en mi compañía, ni por no querer estar sola en casa, ni por los paisajes medievales capturados en la pelícua, es sólo el deseo que la hace quedar. Es ese deseo que me distrajo mucho tiempo y que ahora lucho por dibujar. El deseo que ya no es deseo, que se mojó y sólo es tinta corrida en un papel, donde las letras mejor escritas saben aún nadar. Es ese papel que guardo en el bolsillo izquierdo y leo cada mañana. Ese que hoy me recuerda cual es mi deseo real. Ese que sigue firme, ese que no destiñe.
Resulta provocador sentir tanto en un solo día y pensar que las cosas, a partir de ésta tarde, se confunden entre sí. Que la cama está vacía, que aún peor, ya olvidé cual es la mía.
Y justo hoy, que las nubes tapan la luna, que asomó por los costados más siniestros, presumiendo su redondéz; hoy, que la lluvia moja pero no lava; hoy, que las hojas se secan pero no caen, parece surgir en mí un irreversible imán de feromonas que brillan en mi lagrimal. Y todo lo que tiene que ver con mujeres hoy se hace notar. Será quizás la luna llena, que vuelve fieras a las doncellas; será mi desintención que les llama la atención.
Tanto brillo en las sonrisas y tan opaca hoy la mía. Que no brilla pero es mía.
Es un hecho que en la sombra gana más el ladrón de esquina, que el lobo en los pastizales más de cerca ve su comida, pero hoy, justo hoy, perdónenme corazones, no los quiero entusiasmar. Quizás sólo quería compañía, un trago al calor del fuego y una mirada que sonría.
Justo ahora, que no quiero lastimar más ojos rotos; justo hoy, que me propongo confiar en mí y dejar el engaño; justo hoy que me emborracho de palabras y luego las vomito; justo hoy que es injusto, me siento ausente de mí, de vos y de ustedes.

Justo hoy que es injusto, con tanta muerte rondando, pensar en la muerte mía, que ya murió varias veces y no deja que la viva; justo hoy, que mi locura fue a pasear por tu cintura y no viene hasta mañana, la muy puta; justo hoy que la necesito, para hacerme de un buen mordisco, para ser infiel a mi mismo.


Justo hoy te necesito y te fuiste a galopar por los médanos desiertos de una ciudad fantasma que no quiere progresar; justo hoy que es injusto, me dejas conmigo así, sólo con esta muerte, sin locura, sin cintura y sin censura.




R.I.P.

En memoria de la locura. Gran inspiración protectora, buena amiga y compañía.



Te vamos a extrañar:


Guille Izquierdo                                                                                      Guille Izquierdo
4/6/2012                                                                                                         4/6/2012

sábado, 2 de junio de 2012

JUEGOS NOCTURNOS





Las cosas se estaban poniendo feas otra vez. Las voces, esas tan aglomeradas, no paraban de sonar.
Todo el lugar parecía una habitación larga y oscura. Confusa y sin salida. Los pies pasaban de a pares, hacia un lado y al otro. Mujeres, de largas y enredadas piernas que invitaban a seguirlas, marchaban sin esperar, pero las voces, se hacían escuchar. Punzantes.
De fondo se oía la banda tocar, parecía entre el tormento, un símbolo de claridad, pero ya me era casi imposible retornar a la melodía que tiempo atrás resultaba deliciosa e irresistible. Las sombras se hicieron materia, como las otras veces y, entonces todo se confunde. El sonido se ensordece como si permaneciera yo hundido bajo el agua. Las absurdas conversaciones se vuelven parte de una realidad que no me enorgullece. El abismo es cada segundo más abrumador.
Las piernas otra vez. Trato de distraerme viendo faldas y tacos, ya es tarde, empezó el sudor, el corazón late ágil y el cuerpo se prepara para la huida. La sangre transporta adrenalina de los pies hasta la pelvis, puedo sentirla viajar. Cada bocanada de humo me resta segundos en ese lugar. No quiero pertenecer, pero preferiría una salida con estilo y dignidad a la clásica escapatoria que deja sólo miradas atrás, que acompañan luego camino abajo. No, no puedo correr, todos lo están notando, se ve en mi mirada al piso, inundado de vasos de plástico rotos y colillas de cigarrillo mojadas.
Una última inspección a poco más de un metro de altura desde la reposera en la que me había anclado, me revelo una mirada, perdida, autónoma, con esa mezcla de insatisfacción y conformismo que sólo los que no pertenecen saben mostrar. Había cruzado algunas sílabas efímeras con ella, esas de cordialidad y lamento avergonzado. Eso que de alguna forma hace que la persona que reside en el lugar sienta la responsabilidad de ser el anfitrión acartonado del pomposo infierno donde el otra se metió sola.
Quiero salir por la puerta del frente y sin correr ni empujar a nadie como borracho a punto de lanzar el colon por la garganta (aunque en este caso hubiera preferido esto último).
Conté en voz silenciosa algunos segundos de amarga tolerancia extra. Mi cigarrillo de anti-pánico se había ido en un paseo por la vereda minutos antes (debí haber escapado entonces). Ahora saboreaba rústicamente el cigarro que cerraba la noche. Volví a pensar en su mirada escondida tras su pelo oscuro y llano, brillante en esta noche opaca y pretenciosa. La sentí ahí, mirando, supe que así era. Y no era una mirada de deseo, no era tampoco compasión. Era comprensión. Si, ella entendía. Su mirada petróleo brillaba ante la brasa del cigarro prendido por la causa. Su mano, medio desnuda, con los dedos húmedos que casi sentí tocar, estaban un poco inquietas bajo el pullouver de puños sucios. Yo lo sabía. Estaba ahí por la misma absurda razón. Pensé en tomarla del brazo, tembloroso, y escapar por la puerta sin saber donde. Supe que lo habría entendido y sin pensarlo hubiera corrido a la oscuridad de las alcantarillas conmigo. Pero no. Esta era mi razón. Mi necesidad. Suspiré y sin mirar salí. Sin saludar ni ver un solo rostro, solo salí. Gente en la puerta que hasta entonces estaba inmóvil, se asomó queriendo entrar a la par. Ultimo movimiento, ya casi. Contuve el aire y esperé fingiendo un gesto de persona amable. La tercera de la fila se paró por un segundo a verme, después siguió.

Las voces volvieron a reír, fuertes, desahogadas por el alivio de mi ausencia, los muchachos se carcajeaban con risa adolescente. Las mujeres soltaban bocanadas de humo sin procesar haciendo mil ademanes al contar anécdotas llenas de nada.

Lo ultimo que sentí fue su mirada entre su pesado y largo flequillo, siguiéndome hasta la puerta. Fuerte, insegura pero escalofriante como un trozo de hielo en la nuca.
Una vez allí,. todo vuelve a ser mió. Todo vuelve a ser sepia. Y con las manos en los bolsillos de la campera gastada, vuelvo a sonreír, silbando una canción embrujada, camino a paso lento hasta perderme entre los más hermosos cerezos de ceniza y de vuelta a mi silencio.....libre.


Guille Izquierdo
2/6/2012