domingo, 30 de noviembre de 2014

ACERCA DE LA SOBRIEDAD Y EL DESAMOR



Un sentimiento puede parecerse tanto a un terrón de azúcar como a una palmada en la espalda como a un plato de espaguetis con salsa de rinoceronte al almíbar. Esas son las mejores opciones que le quedan a uno a la hora de elegir de quién o de qué enamorarse.
Un aroma en un pueblo desconocido. Una pista a seguir. Un viento despeinado que se esfuma con los mates de la madrugada.
Un desvelo, un malhumor, un entierro y un destierro, un reproche, un desgano, una flor, un cruce de avenidas, un tablero de ajedrez, una canción, una fotografía y un condón, un reflejo, una ilusión.
Un sonajero en código morse, una mueca en la madrugada, una caminata al amanecer, un partido que nunca nadie gana. Un silbido en medio de la nada. Un pedazo de carne más salado que lo demás.
¿Es eso el amor?
Claro que no lo sé. Pero se acerca bastante.
Pero no el amor de la canción. No el amor del enamorado. El amor del enamorado es absurdo y pierde prestigio en cuanto aparece. Se auto-aniquila.
Hablo del personaje que no envejece, del sentimiento que siempre encuentra la salida. El que siempre fue una mentira.
Y estar sólo es un pasaje. Un interludio. Un estigma de todo lo construido y lo tan bien destruido. Un paradigma donde uno da todo por sentado y se le sienta encima todo el paradigma.
Un pensamiento que piensa mientras yo miento.
Un techo azul que se vuela ante el primer soplido del lobo que ya ni está. Se va. Se fue.
La verdadera sobriedad es no tener por quien tocar.
La verdadera sobriedad es pensar antes de contestar.
Y si no nos entendemos, compañero, seamos contemporáneos. Porque no pienso dejar de hablar del amor.
No porque entienda de qué se trata, sino porque sin buscarlo me atraca. Y cuando no es un fa sostenido en la playa, es un almuerzo en la plaza de atrás de la calle de los bares y si no, es un baile absurdo en la rotonda de la ruta donde uno un día se plantó a esperar el camión que no pasó. Siempre me viene. Y yo lo voy.
Siempre me engaña y yo me dejo.
La verdadera sobriedad es no poder resucitar.
El amor como un hecho epidérmico y no menos viral.
Cuando uno se antoja, se cree enamorado.
Cuando uno se entusiasma, se cree que es amor.
Cuando uno se auto-secuestra se cree que se enamora.
Cuando otro se enamora, se sabe que se añejó, que se embadurnó y se auto-flageló.
Cuando uno siente la soledad, se ve nacer. Se ve. Se bebe. Se es bebé.
Cuando otro siente la soledad, se lo ve morir. Se lo ve beber. Se lo ve venir.


La verdadera sobriedad es no tener por quien tocar.



Guille Izquierdo

jueves, 27 de noviembre de 2014

THE ASHTRAY GIRL

1.

La chica del cenicero azul se movía para todos lados.
Iba de aquí para allá con su cenicero azul verdoso. Era de un color que recordaba las aguas del mar caribe. Al menos a él se las recordó.
Tenía, además, ese andar inquietante que uno no podía dejar de percibir.
Sus piernas le recordaban a las de algún indeciso personaje de caricatura que no recordaba si iba o venía.
Llevaba puesto un vestidito playero de esos que aún permiten  a uno dejar algo a la imaginación, de colores sutiles y combinaciones sobrias y a la vez alegres.
Dejaba ver casi con orgullo sus rodillas cuando se sentaba. Esas rodillas, junto con sus manos posadas en ellas, aún conservaban algo que la mayoría de los adultos pierden después del primer corazón roto. Algo inocente y casi aniñado. Un gesto tan sensual como precavido. Al cruzarse de piernas parecía decir: "Vení, pero con cuidado, que aún me puedo romper".
Así fue como él la vio. Allí, con su andar dinámico y casi torpe.
Ella también lo había visto e incluso sonreído en alguna ocasión. Él se había limitado a devolver el gesto, más por cortesía y tal vez ternura, que por galanura.
Él llevaba consigo un bolso repleto de cenizas. Las había ido guardando para no contaminar ya más este mundo. 
En el bolso, que llevaba de aquí para allá, guardaba también las sonrisas que alguna vez había dedicado.
A veces, cuando se sentaba sólo frente a un lago o a la orilla del mar lo abría un poquito y dejaba que el viento se llevase volando las de más arriba. Las más suaves y volátiles. Pero siempre quedaban en el fondo del bolso todas aquellas añejas, casi ya humedecidas que formaban algo así como una masa arenosa de un sabor parecido al del carbón, pero mezclado con un poco de sangre seca y algo de fruta fermentada.


2.

Cuando por la noche, sentados los dos en los extremos del mundo opuestos, pensando en sus barriletes que se remontaban más allá de los cables del tendido eléctrico, mirando como las nubes formaban figurativas formas a veces, que luego se convertían en las más sentimentales obras surrealistas y dejando por un minuto ella su cenicero azul y él su bolso de cenizas, sus miradas se cruzaron. Fue casi por cansancio que se dejaron mirar.
Él se sentía fatigado y con pocas ganas de hablar del barrilete. Últimamente, eso era todo lo que la gente parecía llevar en el botiquín de primeros auxilios conversacionales: barriletes, barriletes, más grandes, más pequeños, de uno u otro material. Pero eran sólo barriletes al final.
Incluso, a veces parecía que la gente perdía más tiempo preparando su mejor barrilete que el que utilizaba luego en echarlo al aire.
Honestamente, ella no le pareció una persona ajena a todo ese cardumen de observadores de barriletes. No porque no pudiera serlo, sino porque simplemente, al margen de las rodillas afiladas y soñadoras y sus manos que invitaban un poco a caminar por la rambla, no había visto signo alguno de autenticidad animal y primitiva. Así denominaba a eso que pocos conservan (culpa de la sociedad, los excesos y los buenos lujos) y es eso que permite a los soñadores volar. No sólo plantarse en una desteñida raposera que solía ser roja y que ahora se lamenta de parecer una blanca y absorbente maraña de tejido en que un gordo sudado se dejó caer con sus nuevos shorts rojos dejando su marca para siempre, y mirar por el rabillo del ojo eventualmente al ostentoso barrilete tecnicolor, sino volar con él, sumergirse en el aire espeso del más allá de los barriletes y dejarse caer arriba de las nubes de los cielos soñolientos para luego, descender en un rally extra-terrenal hasta las pantanosas arenas del inframundo que llevan a uno a desear nunca volver a soñar. Aunque al despertar, uno sabe que nada hay más placentero que el retorno del que nunca se vuelve si uno no se va.
Y así, posando sus utensilios en el suelo, es como sus miradas se encuentras. Así es como por primera vez él siente que en el mundo hay esperanza: esos ojos. Esos ojos tan grandes de pronto. Esa mirada que parecía reptar por su cabeza consumiéndolo todo. Era casi un arma de intrusión masiva. Con ella podía gobernar el más sucio y avejentado puerco espín que un ser humano podía llevar en el medio del pecho. 
Eran otros ojos, eran ojos batalladores (y batallados) que no dejaban de sonreír formando dos pequeñas sonrisas invertidas que, en equipo con la sonrisa principal, formaban una triada irresistible. Uno no deseaba besar a una mujer así, uno deseaba mirarla, mirarla y lamerla, Acariciar la carne de la cintura mientras arremetía con el primer trozo de carne entre los dientes. "Despacio" decía ese cuerpo. "Despacio, pero vení".
Y toda esa mueca firme, toda esa sonrisa a coro con todas las partes de su cuerpo no hicieron más que embriagarlo de deseo. Un deseo de los que normalmente aparecen en sueños. Un deseo de convertirla en alcohol y beberla de a sorbitos cautelosos. Un deseo único de edición limitada. Ella lo sabía. No por mucha inocencia los pájaros comen del nido ajeno, es puro instinto. Instinto seductor, instinto primitivo. Primitivo y soñador.


3.

No daban más de la una cuando la luna reapareció de entre las nubes. Esta vez tenía forma de sonrisa endiablada y a sus oídos parecía gritar: "¡Hora de comer!".

La cena estaba servida.

Valiéndose de sus sutiles manos de ilusionista, recorrió todas las curvas de aquel cenicero azul y vacío. Pasó sus dedos inquietos por los huequitos destinados a sostener los cigarrillos suavemente hacia un lado y hacia el otro, hacia adentro y hacia afuera. Aunque los ojos de ella, tan tiernos y alarmantes horas atrás, ahora estaban cerrado firmemente y él podía ver como se movían tras sus párpados blanquecinos. Su lengua jugueteaba entre los dientes y eventualmente salia a mojar los labios, para luego volver a retomar sus labores odontológicos. Su placer era evidente.
Él colocó el cenicero boca abajo y acarició en pequeños círculos la base cristalina. Pasó sus dedos como leyendo la inscripción suavemente mientras ella comenzaba a respirar cada vez más fuerte. Su rostro se elevaba al ángulo de la luna, de forma que si abría los ojos, sería lo primero que vería.
Su carne blanca empezó a estremecerse al tiempo que él comenzaba a lamer con cierta presión el interior de aquel azul cenicero. 
Los primeros gemidos no se hicieron esperar y ella soltó un pesar de mil años atrapado en la garganta que fue a la vez sordo y ensordecedor. 
Sus manos se apretaron fuertemente en la tela, arrugando su bonito vestido veraniego. 
Sus pensamientos estaban fuera del alcance de la consciencia.

Llegó el primer mordisco y con él se llevó el tierno cobertor de tes blanca de su hombro izquierdo. Ella dejó que él comiera.
Le siguió luego el brazo. Su piel que él imaginaba helada (tal vez por lo blanca de ésta) estaba más caliente que tibia. Desgarró algunos tendones y siguió tirando. Ella frunció el seño en señal de un ameno dolor al sentir la carne desprenderse de su cuerpo. Sus ojos ya no se abrieron. Permanecieron cerrados hasta que todo hubo terminado. La luz de la luna seguía iluminando su azul cenicero que a su vez reflejaba destellos azulados por el piso en formas tristemente caleidoscópicas, estáticas.


4.

Ni bien hubo acabado el ritual, él no podía siguiera pensar en todo aquello. Todo había pasado tan de pronto que incluso había olvidado preguntar su nombre. Ahora ya no importaba, ella estaba descansando para siempre en su estómago. Nada más que un cenicero azul para recordar. Sólo un frío y circular recuerdo azul y vidrioso para rememorar y saber que no todo esta perdido, que aún hay barrileteros que prefieren dejarse volar que sentarse a ver el cielo morir, Aún hay sonrisas completas que no han dejado atrás todo aquello primitivo. Sonrisas que saben sonreír desde afuera hacia adentro. Sonrisas que prometen un mundo sin maldad, una vida sin dejar de sonreír si uno accede a tomar esa mano. Esa mano que ahora se funde entre los signos vitales de un organismo depredador y primitivo. La misma mano que antes decía: "vení", "vení pero con cuidado que aún me puedo romper". Y si eso pasara, millones de trocitos de vidrio azul se insertaría en su piel para siempre.


Guille Izquierdo.

domingo, 23 de junio de 2013

INTENTO PRIMERO

Descubrí algo hermoso, sabes?
Descubrí un lugar adentro, que pesa pero vale.
Descubrí un lugar genial, donde niños y serpientes salen a jugar.
Donde pájaros y reces salen a pastar.

Es un lugar que habitan los tórtolos.
Donde sueñan la vez primera.
Donde pisan desatentos sus madrigueras.
Descubrí lo lindo de volver a casa.
Lo lindo que suena eso.
Casa.
Lo lindo de volver no solo.
Lo lindo de volver y darte la noche, toda para vos.
Lo lindo de tenerte fresca, como un otoño entre las sábanas.
Como un invierno entre los párpados.
Como un sonido silvestre que se va, se va y se va.

Descubrí lo lindo de dormir no solo.
Descubrí lo lindo de usar mi desenfreno.
Descubrí lo lindo de extrañar.
Lo lindo de enfrentar.
Todo lo que te pienso. Todo lo que te muerdo.

Muerta, muerta, muerta.
Así tendrías que estar,
Pero no.
No.
No lo estas.
Quizás te deje de mordisquear cuando deje de suspirar cervezas en tus cenizas.
Pero no voy a dejar de hacerlo por ahora.
Perdón.
Perdón, pero no.
Me niego a dejar de beberte.
Me niego a dejar de tomarte.
De probarte una vez más.
De comerte en sueños despellejados.
De cocinarte en mi entrepierna.
De morderte en la tiniebla.
No.
No.
No voy a dejarlo.
No, mientras me anochezcas.
No, mientras me pienses.
En tus parpados malditos, que me invitan a la fiesta.
No, mientras me arruines mis madrugadas,
Con tus penas, con tus lamentos.

Y todo lo soy yo.
Ya no te culpo.
Soy yo mi vez primera.
Soy yo mi verdadero.
La luna.
La luna me sonríe.
La quiero comer y no llego.
Claro que no!
Claro que no llego!
Falta un viaje enorme para eso.


Mientras tanto, no me sueñes.
Mientras lo hago, no me pienses.
No me duelas. No me retes.

Y si lo haces, avísame que me enredo.
Quiero enredarme los dedos.
Avisame que me pierdo
Quiero perderme en tus huecos.



domingo, 26 de mayo de 2013

ICH VEO NO HELL





Quizá te digo esto porque ya no estás.

Quizá lo digo por cobarde, por ignorarlo todo este tiempo.

Quizá lo digo por sentirlo hoy.

No será lo primero que te dedique...en todos los aspectos.

Será injusto llevar todo ésto conmigo adentro...vaya donde vaya.

No te extraño de verdad...

Extraño tu comodidad incómoda.

Extraño lo fácil de ir a la cama con vos. Lo triste y fácil de hacerlo. Lo rápido de consumar nuestro vapor.

Extraño el sonido de tus maullidos en la terraza navideña.

Extraño tu vestido desvestido.

Extraño tu mano en la madrugada.

En el día, te extraño de noche...


Cuántas melodías a elegir. Tantas tonalidades. Tantas posibilidades...y siempre fantaseo con la misma. Esa que acaba en MI.

Vas a ser la melodía más egoísta que alguna vez toqué.

Vas a saber que te espero en el infierno con la ropa por el sueño. Allí si que nos veremos.

Y allí, lo malo será neutro. Será sin fin.

¿Pensaste alguna vez en un orgasmo sin fin?

Allí te espero. Para tocar tu melodía y que acabes en MI.

Mientras tanto, a ser feliz de techo en techo, de tierra en tierra.

De blanco barniz será mi suelo cuando esté lejos...allí espero no esperarte. Ojalá hayas crecido.

Hasta entonces será en sueños violadores que te veré...Sin zapatos, claro está.

Y en el suelo, tu mirada triste. 

Así te siento y me compadezco. Abajo.

Abajo..Abajo.

Hasta el infierno.




Guille Izquierdo
13/5/2013

jueves, 25 de abril de 2013

UN BESO


Y en el reencuentro se encuentra un beso.
Un beso de bienvenida.
¡Qué grato es momento en que las heridas, descocidas, se encuentran y sangran sudor!
¡Y con cuánto aferro se atraviesan los dos!
Se penetran.
Uno sobre el otro.
Uno dentro del otro.
Un beso único e irrepetible, apetecible.
La envidia de los que no están allí.
Un momento de ansiedad y anhelo. Es ese revuelo. Es sin respirar.
Es una bocanada de lo más dulce.
Es un paladar hambriento que devora lo que hay por dentro.
Una sed de milenios que engendra en el vientre un vendaval.
Un misterio que está a punto de resolverse.
Un momento más y ya está.
Es un primer encuentro, ya casi por la mitad.
Y luego de tanta furia, tanta gana consumida.
Tanta magia entrelazada, llega el final.
El último suspiro, desprendido del ombligo.
La razón mejor de haberse rendido.

Y ahora, que ya todo está vacío, hueco y color cristal.
Ahora, el silencio reverbera en la sonrisa que no deja de mirar.

Claro, que ésta no será la última. Que no dejaremos todo por la mitad.

……………..
Un momento de ausencia. Una palabra hacia atrás.

Y todo vuelve a empezar.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

SIN TÍTULO POSIBLE






Intento escribir en tu piel con la mano izquierda palabras de amor que, al ser leídas de cerca, muestran la falta de práctica que tengo, en una y en otra cosa.
Y es que intento por las buenas llegar a un acuerdo coherente. Pero hay letras que aún no se escribir, y palabras que no puedo ni decir.
Por tu cuerpo corre mi tinta. Por el mío sudor y whisky.
De tu mirada sale mi desconcierto, que me deja sin aliento. Y en tu pecho encuentro siempre el mismo ritmo. Siempre que estas conmigo. Es una tonada perfecta. Como un metrónomo saliendo de entre tus tetas.
Ninguno ya tolera el engaño, ni una palabra dicha por otra. Y cuando te veo ¡AY! ¡Esa mirada! No son todas. No es cualquiera. Es sólo esa mirada. Que me dice "gracias" y "de nada".
Esos ojos sin contexto, fuera de foco y sin pretexto.
¡Cómo me gusta cuando me ves! Cuando lo haces de verdad.
Cómo me hace reír el alma tu perversa inocencia.
Cómo me descalabra la conciencia y me lleva a perderme entre tus piernas.
¡Cómo voy a recordarte!. ¿Cómo es que logré admirarte?¿Cómo puedo sonreír, si estas a punto de partir?
Y es que ya te lo dije: Prefiero sufrir un instante y que sea eterno el desastre, que vivir mil alegrías, todas hechas de fantasía.
Todo con vos en un segundo, y el mundo es irrelevante.
Si pudiera poner una palabra a lo que siento, definitivamente no lo haría ¡Claro que no!
Que te enteres de una mordida, que lo que dije no es mentira.

Y seamos siempre dos. Seamos dos en mi mundo. Seamos dos en el tuyo. Seamos notas al aire que componen melodías.
Seamos tierra y marea.
Seamos calle y acera.




jueves, 6 de septiembre de 2012

POR TU CUERPO






Todo lo hice en tu cuerpo
Todo menos morir
Y recorrí desde tus pelos,
hasta la punta de tus dedos.

Todo lo hice en tu cuerpo.
Todo menos lo bueno.
Tu piel desgarré con mis dedos,
y tu espalda de tan sediento.

Adentro y afuera. Afuera y de veras.
Arriba y al centro. Al fondo y adentro.
Todo lo hice con tu cuerpo.
Todos menos lo serio.

Puse mi boca en tus piernas.
Posé mi aliento en tu sién.
Saqué de tu lengua un sorbo,
un suspiro de sangre y  morbo.

Todo lo hice en tu cuerpo.
Todo excepto lo tierno.
Cuidando tu vientre abierto.
Sintiendo tu pecho en celo.

Quemando cada rodaja.
Con jugo hirviendo de mil naranjas.
Todo quité de tu cuerpo.
Todo menos lo puesto.

Todo volqué en tu cuerpo.
Todo menos invierno.
Con un dedo en tu desierto
y un suspiro por lo añejo.

Vertiendo cenizas de besos
en tu enredo de caricias.
Todo lo hice con prisa,
en tu lecho de sonrisas.

Todo lo hice en tu cuerpo.
Y de nada me arrepiento.
Todo menos atarte.
Incluso hasta pude amarte.
 
Todo lo hice en tu nombre.
Todo te dije al oído.
Rugiendo lo más podrido
que haya oído tu ombligo.

Todo lo hice en cuerpo.
Todo aquello prohibido.
Todo lo que hemos sido.
Todo lo hemos sufrido.

Por tu cuerpo doy mi alma.
Y mi luna con su calma.
Vendo mis primaveras,
mis inviernos y mi rabia.

Porque te extraño y bien lo sabes.
Y mi cuerpo huele a sangre.
Y es la tuya la que aún guardo,
que se niega a hacer un pacto.

Basta de tu cuerpo!
Basta de tu invierno!
Basta con ver tu acento,
Para saber que es un desierto.

sábado, 25 de agosto de 2012

Y TODOS SE BESABAN.







Mientras él le decía: -¿Qué tal si vemos una película?, ella entendía: -¿Qué tal si nos desnudamos en mi cuarto?

Y así era ella. Una princesa vestida de caramelo. Un envoltorio fácil de sacar. Con su vida empaquetada en una caja de mentiras verdaderas. Una carcajada en un velorio, así era ella. Debía ser parte de otro mundo, siempre lo supe. Ella no era de por acá.

Así que un día mientras fumábamos un cigarrillo en la ventana de mi departamento, mirando personas pequeñitas corriendo para no ir a ningún lado y autos de cartón que se pasaban unos a otros queriendo llegar primeros donde sea, ella me miró y sonrió. Yo entendí lo que pensaba. Ella veía el mundo con otros ojos, con ojos despiertos. Y se esforzaba por entender, quería hacerlo. Como si necesitara, al volver a donde sea que pertenecía, poder explicar lo que había visto.
Yo sólo sonreí, ella era feliz, lo sabía. Y de alguna forma, todo aquel que la hubiera conocido podía sentir esa felicidad por un instante. Así era ella.
Mientras me miraba fijo con sus grandes y profundos ojos de barniz, parecía susurrarme dulces melodías al oído. Era una mujer tan diferente que jamás pude creer otra cosa: ella no podía ser de aquí. No.
Al fin, y saliendo de su seductor hechizo de sirena, solté:
-¿De dónde has salido?
Ella me miró sorprendida, curiosa. Inclinó un poco la cabeza a un lado intentando tiernamente comprender mi pregunta.
-¿De dónde crees que vengo?- me dijo con una voz que jamás olvidaré.
-De algún lugar en el que nunca estuve, seguramente-.
Y en la medida en que lograba exponer mis dudas más absurdas, me iba sintiendo cada vez más y más tonto. ¿De dónde iba a venir? ¡Que absurdo! Pero ya embarcado en aquella metafórica inquisición, no podía hacer más que jugar con ella.
Volvió a sonreír, volviendo su vista al urbano paisaje. Con los brazos apoyados en el marco de la ventana y, soltando la última bocanada de humo, tragó saliva y con la mirada perdida en algún recuerdo, que sentí debía ser del lugar más hermoso del universo, dijo:
-Puede que tengas razón-.
Me esforcé por ocultar mi asombro. ¿Era posible, entonces, que yo tuviera razón, que ella pudiera ser de algún lugar distante, de algún tiempo diferente? ¿De dónde venía? ¿A qué había venido?
Ella nunca hablaba de su pasado. Y supuse que no lo haría ahora.
-Si quieres, puedo llevarte una de estas noches-.
La serenidad de sus palabras, saliendo de aquellos labios tan livianos, y una mirada ausente que sólo pertenece a quienes viajan hacia recuerdos imposibles de borrar, hicieron que me pusiera nervioso.
¿Sería cierto? Nunca la había oído hablar así. De hecho, sentí que en ese momento, era yo el único en todo este mundo que había podido presenciar tal acto de seriedad y nostalgia romántica, esa mirada…
Sentí que el cuerpo me tembló cuando al fin volvió su vista hacia mí. Me punzó el pecho.
Su cuerpo seguía inmutable. Toda su belleza intacta. Como si fuera una escultura de hielo, sentí que me pedía una respuesta antes de que se derritiera. Yo sabía claramente que tenía que aceptar.

Esa noche charlamos de cosas alegres y juntos nos recordamos lugares hermosos. Jugamos juegos de palabras inventados por nosotros mismos. Reímos a oscuras, mientras nuestros cuerpos desnudos se reconocían.
Pasado algún tiempo, sentía que no necesitaba ya los ojos para verla.
Luego de horas de risa, el ambiente se fue apaciguando y la calma empezaba a llegar. Quedando a ciegas, cada uno inmerso en sus pensamientos, reflexionando sobre todo y nada. Ella me acariciaba dulcemente el brazo mientras yo peinaba su pelo con los dedos.
Permanecimos así un flujo de tiempo que no podría calcular. Pronto empecé a sentir que mis manos lo decían todo. Y mi corazón, inerte pieza decorativa, latía fuerte, como queriendo salir de ese pecho en el que ella reposaba su cabeza.
Así es como decidimos, en una conversación cardiaca, no decir una sola palabra más. No tenían ya lugar ahí los ojos, ni los oídos, ni la voz.
Mi cuerpo se sintió más liviano. Cada vez más lejos del piso. Sus dedos, pequeños y suaves, se movían sin ritmo, improvisando movimientos impredecibles. Su respiración se iba quedando muda. Casi no respiraba. Sus pelos era cada vez más delicados. Sentía que si no los trataba con más calma, éstos se romperían. Mi pecho sintió lo mismo y decidió bajar su ritmo. Ya nada debía perturbar la calma.
Mi corazón fue descendiendo su palpitar. Mis dedos dejaron de intentar mostrarle que ahí estaba yo. Ella lo sabía. Mi pecho lo supo. Su respiración fue innecesaria ya. Ambos sabíamos que estábamos ahí. Nada más hacía falta para saberlo.
Todo se fue así, en calma, en paz y juntos.

Yo no esperaba algo así. Sabía yo que ella era de esas mujeres que sorprenden, pero sin querer hacerlo.
Pasamos quietos varios días seguramente. A ciegas, sordos y mudos. Sin latir, sin respirar. Sin poder siquiera pensar.

Pude ver, esa larga noche de verano, un lugar increíble, donde nadie usaba ojos, donde todo era fluir. Donde nada había y donde todo existía. Pude sentir que ella me tomaba de alguna forma de la mano y me llevaba por senderos ciegos, llenos de personas sin forma. Donde nadie se tocaba y donde todos se besaban.
Allí pasamos tiempos incalculables. No se podía, por ningún medio, medir el tiempo allí. Sentí que nunca quería regresar, quería seguir así, ahí, con ella, con ellos. Con nada.

Al momento de volver, sentí  un nudo en el pecho desatarse. Sentí el cuerpo aliviado en una forma que jamás podría describir. 
Sentí que no quería ya vivir aquí. Con todo esto. Tuve que abrir los ojos para creer que estaba de vuelta. No pude pensar siquiera. Todo había sido tanto que me sentía ahora perdido en la nada.
Su mano pronto me tocó y como un rayo de luz vi su cara, sus labios, su pelo, sus ojos. Me miró y sonrió como sólo lo hacen ellos, sin moverse. Comprendí, entonces, que ella sonreía con la mirada, al igual que todos allí.
Su imagen tan calma me reconfortó. Me abrigó y rejuveneció. No hablamos hasta pasado un buen rato. Y ni siquiera supimos hablar de todo aquello.

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Y aunque los autos y los años siguen pasando, y no he vuelto a saber de ella, sé que era cierto: ella no era de aquí. Y ahora sé que hay un lugar donde nada vale, donde nada existe, donde los cuerpos no saben llegar. Un lugar al que espero volver.

De vez en cuando me pierdo entre el marco de esa ventana embrujada y un paisaje que describe todo lo que no es la vida, todo aquello que escapa a lo vivido aquella noche, años atrás, y pienso en si algún día volveré a verla. Luego comprendo que no son los ojos el mejor lugar donde buscar. Después sonrió.
A veces, también lloro en la cama y siento la ausencia de este todo y la falta de tanta nada.

Aquel lugar, allá, lejos de aquí, cerca de ella.
Allí donde todo era paz. Donde nadie tocaba a nadie.

Y todos se besaban…




Guille Izquierdo
21/08/12

lunes, 20 de agosto de 2012

COMUNICADOS






-¿Cómo me dijo que era su nombre?
-No se lo he dicho.
-Y, ¿por qué no me lo dice?
-¿Para qué quiere saberlo?
-Pues, para poder llamarlo.
-Puede usted llamarme por su nombre.
-¿El mío?
-¡Claro!
-Y, ¿cómo?
-A ver, dígame su nombre.
-¿Para qué quiere saberlo?
-Para que pueda usted llamarme.
-Y, ¿para qué voy a querer llamarlo yo a usted?
-Eso me pregunto yo.
-Y, si usted es quien se lo pregunta, ¿por qué he de contestar yo?
-Porque es usted quien me llamó.
-Yo nunca lo he llamado aún.
-Y, ¿por qué no lo hace?
-Porque no sé como hacerlo.
-Entonces no lo haga.
-Eso haré, entonces.
-Estamos de acuerdo.
-¡Que tenga usted un buen día!
-¡Usted también!

domingo, 19 de agosto de 2012

GARGANTA DE HIERRO







Esa era una tarde perfecta para poder sentir.
Se sentó en el balcón con furiosa calma.
Recortó mil siluetas con la mirada inquieta.
Recorrió con los dedos los detalles de la reja que describían flores de hierro, eludiendo la vista de su verdadera función.
Examinó su propia postura temblorosa. Sus piernas cruzadas, sus dedos largos que penosamente sostenían el cigarrillo que se consumía solo. Como él.
Se sintió de pronto, encerrado en un corral. Y más adentro aún, otro corral, hecho de penas y a duras penas. Tal reconocimiento lo aniquiló.
Pronto se sintió más encerrado.
Pero, ¿cómo romper con todo eso y salir de allí?
Sintió ganas de gritar con la garganta hasta desgarrarla, y casi vio sangrar su cause. Las manos querían apretarse hasta romperse una a una las falanges. Quiso apretar los parpados hasta que los lagrimales queden secos e infectados de oscuridad.
Jugueteaba ansiosamente con los dedos de los pies entre los zapatos. Los sintió de pronto reprimidos. El encierro del alma era tal, que decidió imaginárselo todo.

Y de pronto lanzó la primera de las piedras al vidrio de un auto azul. Los cristales cayeron hacia adentro dejando satisfecho a un hueco pretencioso que quiso ser perfecto. Las primeras miradas se hicieron presentes. Después, otra piedra en la mano apretada, logro una sonrisa que hacía días no salía. Ésta fue a parar a una persiana de chapa cuyo sonido fue el mas placentero de la tarde. Iniciador de una lluvia de percutidas piezas que llegaron como jauría de fieras de cemento e hicieron temblar la cuadra entera.
Pronto la necesidad fue más grande y las patadas, firmes y continuas, acabaron por arrancar la mentirosa reja de aquel balcón carcelero. El estruendo indicó un buen golpe certero sobre el contenedor de basura, del cual emanaron grandes nubes de polvo al cielo. Bastante provocador.
La gente había corrido a refugiarse, era el mejor momento. Había aceptado ya todo. La rabia había salido. Todo estaba listo. Nada más por qué esperar.

Tal como había escuchado, el trayecto hasta un destino crudo y arrebatador de vida, sanador de alma, se demoraba varios minutos en transcurrir. Durante los cuales, tuvo tiempo de pensar en todo. Lo realizado y lo no realizado.
De pronto pensó en lo que jamás sucedió, en lo amargo de una muerte incompleta, de una vida cuya salida no había sido por la puerta principal. Ordenó en instantes sus ideas, y finalmente vio que no era su hora. Había mucho por transitar, por tocar, por sentir. Mejor no.
Decidió que éste no era el momento, que aún había mucho desconocido. Más de un río en que nadar, mas de un hueco que tapar.
Eligió estar ahí. Desanudo sus piernas, miró las flores oxidadas de la reja de hierro y se rió por lo bajo de ellas. Negó con la cabeza mirando al mundo, pensando en lo que éste se pierde de él.
Luego se paró y cerrando las puertas roídas del balcón, volvió adentro a seguir con sus
payasadas.

-Ya habrá tiempo para gritar-, pensó.



Guille Izquierdo
16/08/12

CAMILLE







Cómo saber cuando algo es suficiente.
Si el mismo viento a veces no alcanza, y se cansa.
Si pudiera verte un poco, tendría miedo de entenderme.
Si puedo apagar el brillo con un paraguas, entonces estaré a salvo.

Porque un día conocí a un ratoncito. Fértil y productivo, pero mas muerto que vivo. Triste de hocico, pero alegre de piernas.
Desnudo corría por los campos, cuando al agua se cayó. Y allí permaneció muerto durante siglos.
Un día decidió que era mejor estar vivo. Y Salió a comprar un abrigo con monedas de quesito. Tuvo suerte de encontrar lo que buscaba, pero como todas las pieles, pronto debe cambiar.
Una serpiente amiga, le enseño a vestirse y ponerse lindo.
Un ya conocido cocodrilo le mostró los dientes y el ratoncito no dudo en aceptar. Sangró por todos los lados, pero nunca sintió dolor.
Solo supo que lloraba sangre cuando habló conmigo y me contó lo sucedido. Que el dolor era de hocico y no de pecho. Y yo le dije  algo, de hecho, que las ganas de verse  bonito, no se llenan con quesito.
-Ahora puedes correr desnudo otra vez- le dije.
-Gracias- musitó el curioso amiguito.
-Hasta la próxima caída- le grité en seguida.

No supe de él hasta que fue viejo.
Lo encontré contando bollitos de papel en una almohada gastada.
Le pregunté qué le preocupaba.
Resulta que estaba viejo y se estaba acercando a sabio.
Yo nunca entendía esas cosas de los vivos.
-Me preocupa la vida, ahora que empiezo a entender-, me dijo. –Me dolían los costados por no saber y, ahora que no me dejo ya morder, me duele sólo el recuerdo, que no me deja de arder-.
Le pregunté cuánto hacia que estaba allí.
-Más de un milenio-, me respondió.
-¿Por qué no has salido?-, le pregunté.
-Es que no sé qué hora es. No puedo salir si no se cuándo es tarde-.
-Aún hay tiempo, compañero-, le dije apresurando su calma.
-Mejor así. Necesito tiempo para pensar en lo que haré cuando vuelva-.

Al salir de allí me di cuenta que hacía mucho ya que éste ratón creía que venia viviendo. “Más de un milenio” me había dicho. Si sólo supiera que han pasado apenas algunas horas. Que ha esperado tanto en la comodidad del mullido habitáculo que se le ha avejentado el alma. Que la paciencia es un don enfermo que siempre admiré, pero hoy se presentaba en forma de sufrimiento y miedo. Sólo tenía ese ratón que bajar de su almohada de piel para volver a correr.

Entonces decidí volver y dejarle una nota:

“Por nuestros siglos de amistad, voy a hacer un trato contigo: Si bajas de ahí y decides aceptar mi confianza, por cada riesgo que corras, te restaré una cana y un segundo de vejez. Y cuando alcances la temprana edad de la niñez, y sigas juntando riesgos, te concederé entonces el nacimiento.

Atentamente, La Muerte”.




Guille Izquierdo
19/08/12

jueves, 26 de julio de 2012

CON OJOS DESTILADOS.






La luz de la mañana alumbraba incluso las sombras de los más añejos árboles ese jueves.
El viento se presentaba en dóciles acordes de arpa, mientras las hojas secas recorrían de punta a punta los ríos indomables del cordón de la vereda.
Era aquel uno de esos días en los que nada puede sorprender, esos en los que todo puede pasar.
Una suave ráfaga agitó las cortinas de la ventana del patio de Sofía.
Ella estaba, como de costumbre, aún con los ojos cerrados. Podía hacer sus actividades matutinas sin abrirlos.
Como siempre, cepilló sus dientes, sin poder aún pensar, lavó su cara y abrió la ducha mientras se desnudaba. Colgó la camisa en el perchero del baño y se frotó los pelos, intentando pisar la realidad de un nuevo día.
Luego se metió suavemente en la ducha, mojando sus pies primero. Luego las piernas, después sus brazos, largos y afilados. Por último su cara, tan suave por la mañana como la luz de un cuarto oscuro. Luego de esto, sus cabellos fueron invadidos por el agua tan caliente, que sólo verla rozar su cuerpo daba calor.
No abrió los ojos en toda la mañana. Siguió así el resto del día, incluso semanas. Meses permaneció con los ojos cerrados a un terreno imposible de sembrar. Ella prefería estar así, con ella y su vapor. Con ojos cerrados a un color difícil de pintar. Prefería vivir de tinieblas internas, que en las perturbadoras  garras de un mundo plagado de estímulos.
Así permaneció. Quieta. Y el mundo girando bajo sus pies. Pero no ella, tan intacta y sensual en su mundo de papel, con unos ojos que el mundo no estaba preparado para conocer.
Así permaneció. A ciegas. Sola con su vapor. Quieta. Como de costumbre.


Guille Izquierdo
22/7/12

LA ASTUTA HONESTIDAD






No fue sencillo en todo este tiempo notar que entre los muertos (que ya sabía de antemano, andábamos entre los vivos como si nada) ronda una especie de mentiroso que parece no ser visto como tal, y se pasea solemne entre los vivos como si fuera uno. Como si pudiera o se  creyera alineado con éstos. Y es que resulta casi invisible para los puros. Y es que se ven transparentes a sus ojos.
Son pensadores, son poetas, son artistas. Son prudentes, cuidadosos y meticulosos en su tara. Son ordenados y de más prolijos. Son rebuscados y sofisticados. Siempre al tanto de las tendencias. Siempre en contra del viento y con la luz sobre su frente en alto. Son los entusiastas de la difamación de lo cierto y lo valedero. Son los enemigos públicos de los mentirosos de pulmón. Son mentirosos de guante blanco. Delincuentes de la confianza.  Negreros y oportunistas. Sutiles creadores de verdades absolutas y paradigmas de la belleza humana. Difuntos activos y selectivos. Corrompedores de las estructuras más delgadas. Artistas plásticos. Moldeadores y escultores de las más frágiles almas.
Son los indetectables e indeseables “honestos astutos”.
Seres inteligentes que gobiernan con irrefutable seguridad comunidades enteras, a través de confusas, pero acreditables teorías sobre todo lo que debe ser para ser más de lo que se puede. Son filósofos de alcantarilla. Son traidores de la poesía como verdad. Son ilusionistas de la palabra. Son guerreros de un imperio sin líder que lucha por ganar un territorio que siente como propio. Son impecables formuladores de obras completas sobre el funcionamiento del mundo. Son más de los que puedo contar. Son demasiados y están sueltos.
Tener cuidado al observar un cuadro, o escuchar una canción. Tener cuidado de no dejarse persuadir en conversaciones de ascensor. Son astutos mentirosos no declarados que aún no descubren su verdad (que es la mentira). Dotados de un sinfín de palabras y símbolos infrahumanos que crean caos y confusión.
Tener cuidado al leer una prosa de un desconocido y prejuicioso mal aprendido. Usted puede estar siendo víctima del más tenebroso estratega. Creador de bellas y baladas ciegas, suaves al paladar pero enfermizas para el alma.
Él no descansará hasta comerse sus entrañas como un cuervo celoso. No verá más que en el fin de su desesperación, la satisfacción de su despliegue bíblico.
Sólo puedo advertir. Más no puedo persuadir. Esos lo dejo a los que saben.

 Guille Izquierdo 
20/7/12

miércoles, 11 de julio de 2012

LA CONEJOMORFOSIS.





Un día pensé en los conejos. Aquellos seres tan frágiles y poco inteligentes. Un día traté de entender por qué a veces éstos deciden vivir a oscuras en sus madrigueras. Creo que todo se explica en una serie de hábitos que la naturaleza tiene.
Se cree que el pobre conejo, poco astuto, sólo se esconde y sólo por eso vive allí abajo. Yo empiezo a creer (seriamente) que los diminutos y peludos animales saben que sólo allí encuentran refugio de mucho más que sólo depredadores.
Es así como hoy decido ser conejo y no más lobo que antes. Tampoco menos.
Me senté en la cama esta tarde, haciendo fuerzas sobrehumanas para empezar la transformación. No sólo hay que quererlo, también hay que hacerlo, ponerse en movimiento. No es fácil ser león, luego zorro, pasar por el lobo y hoy buscar ser conejo. Pero sé que, como siempre, toda transformación viene con más de un nombre y un color. Ésta fase de la transición va a llevar quizás meses de madriguera. La claustrofobia será sólo un recuerdo cuando pueda yo ser conejo. Y no cualquier conejo: uno simple pero especial. Uno que ya fue león, uno que ya fue humano.
Horas de sol y lunas de tabaco van a hacer que el conejo quiera con más y más fuerza permanecer en el hueco. Hacia allá voy.
Y las orejas aparecen como flechas, agudas y filosas, para estar atento a todo lo que pasa alrededor y que tiene que ver con él. Y pronto los bigotes, simpáticos hilos de seda, que me harán permanecer firme y poder medir los espacios, a fin de saber dónde meterme.
Luego vendrá la vista. Esa lateral de más de ciento ochenta grados, con la que el conejo podrá ver más de lo que se cree.
Pronto estará listo el pelaje, que servirá de abrigo hasta que deje de ser necesario y, entonces, éste se caerá, poco a poco.
Sólo entonces, el olfato será más certero que el disparo de un cazador sediento. Con él, el conejo se vuelve casi  invisible, pudiendo anticiparse al entorno. Cada vez más fuerte, el conejo se va alumbrando bajo el diseño más perfecto.
Y luego, casi por último, la agilidad para ser libre. La libertad misma para ponerse en movimiento. La necesidad de correr hacia aquí y saltar esto y aquello que debe pasar por debajo.
Astuto conejo, aquí te espero, sediento de tus dotes, en movimiento en la madriguera. Sin saber cuándo, pero con la certeza de que estarás aquí, en mí. Pronto seré conejo, y no cualquier conejo: uno que de verdad quiere serlo. Y, ¡cuánto peligro! Combinación tenebrosa: El conejo, mitad perro, un cuarto zorro y orgulloso de serlo.
Podría ser lo último imaginado, podría no resultar, podría ser metáfora. Pero no lo es. Es todo lo que sucede con mi cuerpo tras gatillarlo varias veces.
Brindo por última vez con mis dedos que ya casi desaparecen, con los dientes que arañan ya el cristal, y los bigotes que se embeben en cerveza.
¡SALUD!



Guille Izquierdo
11/7/2012

lunes, 18 de junio de 2012

UNO DE TRES






Éramos tres esa noche. Con ella, cuatro.
Todos mirándonos las caras, ansiosos por saber qué hacer.
De pronto uno tomó su guitarra y se puso a tocar.
Lamentablemente para nosotros, ella se erotizó con el hippie mugriento y su guitarra. 
Así, mientras él tocaba y cantaba, con la mirada perdida y los ojos cubiertos, ella se mecía suavemente en su silla, en señal de placer. Su sonrisa oculta la delataba.

Yo no resistí más y traje cerveza para todos. El ruido de los múltiples y gruesos vasos de vidrio al chocar y el sonido húmedo y metálico de las botellas al destaparse cortaron el clima caóticamente calmo y la distrajeron del encanto del pretencioso sonar de las cuerdas de nylon.

Así ella se dejó caer ante una y otra risa, desabrigando su persona entre un vaso y otro.
El tercero miraba atento y en silencio. Reía de vez en cuando y atendía cada movimiento de sus gestos. Cada célula de su cuerpo fue estudiada por él.
Ella sonreía cada vez más fuerte con mis bromas. El frustrado guitarrista ya no tenía chances. Sólo me preocupaban las miradas silenciosas y traidoras del tercero.

Cuando ella tocó mi rodilla y dejó allí su mano posada, supe que había elegido. Ya era mía. Pero algo hizo que ella lo observara.
Él miraba su propia mano sosteniendo el vaso medio vacío, cuando de pronto se levantó, imponente. 
Ella lo miró curiosa e intrigada. Él se acomodó el cuello de la campera y se le acercó.
Le beso la oreja suavemente. Esa oreja que ya estaba completamente desnuda, dispuesta a escucharlo todo. 
Ella pareció sucumbir ante un espeso cúmulo de saliva que casi no pasa por su garganta. Luego suspiro, soltó el vaso que cayó, haciendo del parquet un depósito de húmedos escombros de cristal. 
Lo miró fija y súbitamente y tomó su mano, que éste ofrecía con galanura. El muy desgraciado lamió su sus dedos como si éstos estuvieran hechos del más delicioso y tentador chocolate suizo. Haciendo que su otra mano (que aún seguía descansando en mi rodilla) se estrujara cual planta carnívora atrapando su presa.
Luego, el muy bastardo, aquel sin talento ni grandes dotes de orador, hizo que ella se levantara como hipnotizada por su mirada. Absurdo pero inquietante.

 Ella dejó atrás su cerveza, las cuerdas de la guitarra, su sonrisa y mi rodilla.

Ambos caminaron lentamente hacia adentro. Y todos, incluso los que no estaban allí, sintieron el poder de una mujer electrificada por las miradas y los roces de quienes la deseaban. Llena de energía concentrada en un puño de barro seco en lo más oscuro de un pozo sediento de sombra. Una mujer decidida. Una mujer desnuda de pechos y alma, sedienta de volcán y marea.

El muy desgraciado decidió esperar. Todo estaba hecho ya. Sólo tuvo que esperar.

Y ahora que somos sólo dos, admito mi melancólica derrota y mi deprimente victoria.
A pesar de que todos fuimos uno mismo, y cualquiera que ella eligiese, sería igual para el resto, podría haber sido yo, al menos una vez, sólo por saber cómo se siente.




Al final del suspiro, sólo un brazo pesado y cansado que cae sobre el pecho. Una capa de humo en el techo y una vez más somos tres. Somos uno. Con ella dos.

Guille Izquierdo
14/6/12

CON LA PIEL A CUESTAS





Esta es la historia de una verdad condenada por la injusticia

sentenciada a muerte por un oscuro y torpe verdugo,

que viste de verde musgo y entre la maleza se esconde.

La mentira, su fiel amiga, llora por los rincones

no sabe ella de razones, no entiende de corazones.

Llora pues debe hacerlo, más ríe haciendo canciones.

 

La muerte acudió a la cita, relamiéndose los talones.

Ansiosa esperó a que se abra el telón, para dar vuelo a su actuación.

 

- ¡Hm! Bienvenidos todos sean a otra de mis funciones.

Las damas estén primero, los niños y los señores.

Vengan luego los perros, y así también los leones.

Acérquense las serpientes, las tortugas y camaleones.

Sean  bienvenidos todos a esta fiesta de elegancia, a esta cita de lujuria, miedo y desesperanza.

¡Sepan que esto es real, sepan que así es la vida!

¡Sepan que la verdad muere por la mentira!-.

 

La muerte tomó su daga, esa que tanto afilaba.

Miró hacia la manada y, dando su mejor golpe, la cortó en mil rebanadas.

La verdad cayó desangrada, a los pies de todo el mundo.

La mentira quiso llorar, pero reírse solo supo.

 

- Tuvo una muerte decente- decían los escorpiones.

- Supo ser diferente- dijeron los más copiones.

- Quisiera ser como ella- dijo doña serpiente.

Y niños, hombres y bestias mostraron allí los dientes.

 

Así es como entonces, rodeada de tanta muerte,

la piel dejo entre la gente y huyó la pobre serpiente.

Sin saber donde iría, sintió que entonces debía

dejar su imagen atrás, pues ésta ya no servía.

 

Anduvo andando por andar, sin saber donde andaría,

inspirada por la valentía de una auténtica osadía,

acosada por los paladares más hambrientos de la jauría,

su piel nueva quiso llenar con verdades y mentiras.

 

Vagó por el mundo entero, juntando coraje y callos,

comiendo gotas de lluvia y durmiendo en soles sin rayos.

Quiso andar escondida en los árboles del olvido,

y supo verse perdida en las tormentas sin abrigo.

 

 

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Yo voy siguiendo su rastro, entre lagos escamados.

Piel a piel me voy vistiendo con los sueños que ha dejado.

Siento su olor a los lejos, y es que ya casi la alcanzo.

Mi piel ya no siente frío, sueño a sueño la fui abrigando.

 

 

Guille Izquierdo

14/6/12

 

martes, 5 de junio de 2012

HASTA PRONTO AMIGA MIA






Resulta extraño ver como una señorita pasa sus horas fuera de casa, hasta entrada la madrugada, con el frío del otoño que anticipa un invierno helado, con los pechos asomados sobre el apretado escote de su mejor musculosa roja, duros por el frío, pero más aún por la edad. 
Resulta extraño sentir esa vergüenza femenina en el aire, de no saber cómo llamar mi atención más que con el mismo cuerpo, cruzando los brazos por sobre la panza, levantando más aún los pechos (como si pudieran subir aún más).

Es extraño saber que sólo esta ahí por una razón, no es por sentirse cómoda en mi compañía, ni por no querer estar sola en casa, ni por los paisajes medievales capturados en la pelícua, es sólo el deseo que la hace quedar. Es ese deseo que me distrajo mucho tiempo y que ahora lucho por dibujar. El deseo que ya no es deseo, que se mojó y sólo es tinta corrida en un papel, donde las letras mejor escritas saben aún nadar. Es ese papel que guardo en el bolsillo izquierdo y leo cada mañana. Ese que hoy me recuerda cual es mi deseo real. Ese que sigue firme, ese que no destiñe.
Resulta provocador sentir tanto en un solo día y pensar que las cosas, a partir de ésta tarde, se confunden entre sí. Que la cama está vacía, que aún peor, ya olvidé cual es la mía.
Y justo hoy, que las nubes tapan la luna, que asomó por los costados más siniestros, presumiendo su redondéz; hoy, que la lluvia moja pero no lava; hoy, que las hojas se secan pero no caen, parece surgir en mí un irreversible imán de feromonas que brillan en mi lagrimal. Y todo lo que tiene que ver con mujeres hoy se hace notar. Será quizás la luna llena, que vuelve fieras a las doncellas; será mi desintención que les llama la atención.
Tanto brillo en las sonrisas y tan opaca hoy la mía. Que no brilla pero es mía.
Es un hecho que en la sombra gana más el ladrón de esquina, que el lobo en los pastizales más de cerca ve su comida, pero hoy, justo hoy, perdónenme corazones, no los quiero entusiasmar. Quizás sólo quería compañía, un trago al calor del fuego y una mirada que sonría.
Justo ahora, que no quiero lastimar más ojos rotos; justo hoy, que me propongo confiar en mí y dejar el engaño; justo hoy que me emborracho de palabras y luego las vomito; justo hoy que es injusto, me siento ausente de mí, de vos y de ustedes.

Justo hoy que es injusto, con tanta muerte rondando, pensar en la muerte mía, que ya murió varias veces y no deja que la viva; justo hoy, que mi locura fue a pasear por tu cintura y no viene hasta mañana, la muy puta; justo hoy que la necesito, para hacerme de un buen mordisco, para ser infiel a mi mismo.


Justo hoy te necesito y te fuiste a galopar por los médanos desiertos de una ciudad fantasma que no quiere progresar; justo hoy que es injusto, me dejas conmigo así, sólo con esta muerte, sin locura, sin cintura y sin censura.




R.I.P.

En memoria de la locura. Gran inspiración protectora, buena amiga y compañía.



Te vamos a extrañar:


Guille Izquierdo                                                                                      Guille Izquierdo
4/6/2012                                                                                                         4/6/2012