Mientras él
le decía: -¿Qué tal si vemos una película?, ella entendía: -¿Qué tal si nos
desnudamos en mi cuarto?
Y así era
ella. Una princesa vestida de caramelo. Un envoltorio fácil de sacar. Con su
vida empaquetada en una caja de mentiras verdaderas. Una carcajada en un
velorio, así era ella. Debía ser parte de otro mundo, siempre lo supe. Ella no
era de por acá.
Así que un
día mientras fumábamos un cigarrillo en la ventana de mi departamento, mirando
personas pequeñitas corriendo para no ir a ningún lado y autos de cartón que se
pasaban unos a otros queriendo llegar primeros donde sea, ella me miró y
sonrió. Yo entendí lo que pensaba. Ella veía el mundo con otros ojos, con ojos
despiertos. Y se esforzaba por entender, quería hacerlo. Como si necesitara, al
volver a donde sea que pertenecía, poder explicar lo que había visto.
Yo sólo
sonreí, ella era feliz, lo sabía. Y de alguna forma, todo aquel que la hubiera
conocido podía sentir esa felicidad por un instante. Así era ella.
Mientras me
miraba fijo con sus grandes y profundos ojos de barniz, parecía susurrarme
dulces melodías al oído. Era una mujer tan diferente que jamás pude creer otra
cosa: ella no podía ser de aquí. No.
Al fin, y
saliendo de su seductor hechizo de sirena, solté:
-¿De dónde
has salido?
Ella me
miró sorprendida, curiosa. Inclinó un poco la cabeza a un lado intentando
tiernamente comprender mi pregunta.
-¿De dónde
crees que vengo?- me dijo con una voz que jamás olvidaré.
-De algún
lugar en el que nunca estuve, seguramente-.
Y en la
medida en que lograba exponer mis dudas más absurdas, me iba sintiendo cada vez
más y más tonto. ¿De dónde iba a venir? ¡Que absurdo! Pero ya embarcado en
aquella metafórica inquisición, no podía hacer más que jugar con ella.
Volvió a
sonreír, volviendo su vista al urbano paisaje. Con los brazos apoyados en el
marco de la ventana y, soltando la última bocanada de humo, tragó saliva y con
la mirada perdida en algún recuerdo, que sentí debía ser del lugar más hermoso
del universo, dijo:
-Puede que
tengas razón-.
Me esforcé
por ocultar mi asombro. ¿Era posible, entonces, que yo tuviera razón, que ella
pudiera ser de algún lugar distante, de algún tiempo diferente? ¿De dónde
venía? ¿A qué había venido?
Ella nunca
hablaba de su pasado. Y supuse que no lo haría ahora.
-Si
quieres, puedo llevarte una de estas noches-.
La
serenidad de sus palabras, saliendo de aquellos labios tan livianos, y una
mirada ausente que sólo pertenece a quienes viajan hacia recuerdos imposibles
de borrar, hicieron que me pusiera nervioso.
¿Sería cierto?
Nunca la había oído hablar así. De hecho, sentí que en ese momento, era yo el
único en todo este mundo que había podido presenciar tal acto de seriedad y
nostalgia romántica, esa mirada…
Sentí que
el cuerpo me tembló cuando al fin volvió su vista hacia mí. Me punzó el pecho.
Su cuerpo
seguía inmutable. Toda su belleza intacta. Como si fuera una escultura de
hielo, sentí que me pedía una respuesta antes de que se derritiera. Yo sabía
claramente que tenía que aceptar.
Esa noche
charlamos de cosas alegres y juntos nos recordamos lugares hermosos. Jugamos
juegos de palabras inventados por nosotros mismos. Reímos a oscuras, mientras
nuestros cuerpos desnudos se reconocían.
Pasado
algún tiempo, sentía que no necesitaba ya los ojos para verla.
Luego de
horas de risa, el ambiente se fue apaciguando y la calma empezaba a llegar.
Quedando a ciegas, cada uno inmerso en sus pensamientos, reflexionando sobre
todo y nada. Ella me acariciaba dulcemente el brazo mientras yo peinaba su pelo
con los dedos.
Permanecimos
así un flujo de tiempo que no podría calcular. Pronto empecé a sentir que mis
manos lo decían todo. Y mi corazón, inerte pieza decorativa, latía fuerte, como
queriendo salir de ese pecho en el que ella reposaba su cabeza.
Así es como
decidimos, en una conversación cardiaca, no decir una sola palabra más. No
tenían ya lugar ahí los ojos, ni los oídos, ni la voz.
Mi cuerpo
se sintió más liviano. Cada vez más lejos del piso. Sus dedos, pequeños y
suaves, se movían sin ritmo, improvisando movimientos impredecibles. Su
respiración se iba quedando muda. Casi no respiraba. Sus pelos era cada vez más
delicados. Sentía que si no los trataba con más calma, éstos se romperían. Mi
pecho sintió lo mismo y decidió bajar su ritmo. Ya nada debía perturbar la
calma.
Mi corazón
fue descendiendo su palpitar. Mis dedos dejaron de intentar mostrarle que ahí
estaba yo. Ella lo sabía. Mi pecho lo supo. Su respiración fue innecesaria ya.
Ambos sabíamos que estábamos ahí. Nada más hacía falta para saberlo.
Todo se fue
así, en calma, en paz y juntos.
Yo no
esperaba algo así. Sabía yo que ella era de esas mujeres que sorprenden, pero
sin querer hacerlo.
Pasamos
quietos varios días seguramente. A ciegas, sordos y mudos. Sin latir, sin
respirar. Sin poder siquiera pensar.
Pude ver, esa
larga noche de verano, un lugar increíble, donde nadie usaba ojos, donde todo
era fluir. Donde nada había y donde todo existía. Pude sentir que ella me
tomaba de alguna forma de la mano y me llevaba por senderos ciegos, llenos de
personas sin forma. Donde nadie se tocaba y donde todos se besaban.
Allí
pasamos tiempos incalculables. No se podía, por ningún medio, medir el tiempo
allí. Sentí que nunca quería regresar, quería seguir así, ahí, con ella, con
ellos. Con nada.
Al momento
de volver, sentí un nudo en el pecho
desatarse. Sentí el cuerpo aliviado en una forma que jamás podría describir.
Sentí que
no quería ya vivir aquí. Con todo esto. Tuve que abrir los ojos para creer que
estaba de vuelta. No pude pensar siquiera. Todo había sido tanto que me sentía
ahora perdido en la nada.
Su mano
pronto me tocó y como un rayo de luz vi su cara, sus labios, su pelo, sus ojos.
Me miró y sonrió como sólo lo hacen ellos, sin moverse. Comprendí, entonces, que ella
sonreía con la mirada, al igual que todos allí.
Su imagen
tan calma me reconfortó. Me abrigó y rejuveneció. No hablamos hasta pasado un
buen rato. Y ni siquiera supimos hablar de todo aquello.
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Y aunque
los autos y los años siguen pasando, y no he vuelto a saber de ella, sé que era
cierto: ella no era de aquí. Y ahora sé que hay un lugar donde nada vale, donde
nada existe, donde los cuerpos no saben llegar. Un lugar al que espero volver.
De vez en
cuando me pierdo entre el marco de esa ventana embrujada y un paisaje que
describe todo lo que no es la vida, todo aquello que escapa a lo vivido aquella
noche, años atrás, y pienso en si algún día volveré a verla. Luego comprendo
que no son los ojos el mejor lugar donde buscar. Después sonrió.
A veces,
también lloro en la cama y siento la ausencia de este todo y la falta de tanta
nada.
Aquel
lugar, allá, lejos de aquí, cerca de ella.
Allí donde
todo era paz. Donde nadie tocaba a nadie.
Y todos se
besaban…
Guille
Izquierdo
21/08/12
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