Esa era una
tarde perfecta para poder sentir.
Se sentó en
el balcón con furiosa calma.
Recortó mil
siluetas con la mirada inquieta.
Recorrió
con los dedos los detalles de la reja que describían flores de hierro,
eludiendo la vista de su verdadera función.
Examinó su
propia postura temblorosa. Sus piernas cruzadas, sus dedos largos que
penosamente sostenían el cigarrillo que se consumía solo. Como él.
Se sintió
de pronto, encerrado en un corral. Y más adentro aún, otro corral, hecho de penas
y a duras penas. Tal reconocimiento lo aniquiló.
Pronto se
sintió más encerrado.
Pero, ¿cómo
romper con todo eso y salir de allí?
Sintió
ganas de gritar con la garganta hasta desgarrarla, y casi vio sangrar su cause.
Las manos querían apretarse hasta romperse una a una las falanges. Quiso
apretar los parpados hasta que los lagrimales queden secos e infectados de
oscuridad.
Jugueteaba
ansiosamente con los dedos de los pies entre los zapatos. Los sintió de pronto
reprimidos. El encierro del alma era tal, que decidió imaginárselo todo.
Y de pronto
lanzó la primera de las piedras al vidrio de un auto azul. Los cristales
cayeron hacia adentro dejando satisfecho a un hueco pretencioso que quiso ser
perfecto. Las primeras miradas se hicieron presentes. Después, otra piedra en
la mano apretada, logro una sonrisa que hacía días no salía. Ésta fue a parar a
una persiana de chapa cuyo sonido fue el mas placentero de la tarde. Iniciador
de una lluvia de percutidas piezas que llegaron como jauría de fieras de cemento
e hicieron temblar la cuadra entera.
Pronto la
necesidad fue más grande y las patadas, firmes y continuas, acabaron por
arrancar la mentirosa reja de aquel balcón carcelero. El estruendo indicó un
buen golpe certero sobre el contenedor de basura, del cual emanaron grandes
nubes de polvo al cielo. Bastante provocador.
La gente
había corrido a refugiarse, era el mejor momento. Había aceptado ya todo. La
rabia había salido. Todo estaba listo. Nada más por qué esperar.
Tal como
había escuchado, el trayecto hasta un destino crudo y arrebatador de vida,
sanador de alma, se demoraba varios minutos en transcurrir. Durante los cuales,
tuvo tiempo de pensar en todo. Lo realizado y lo no realizado.
De pronto
pensó en lo que jamás sucedió, en lo amargo de una muerte incompleta, de una
vida cuya salida no había sido por la puerta principal. Ordenó en instantes sus
ideas, y finalmente vio que no era su hora. Había mucho por transitar, por
tocar, por sentir. Mejor no.
Decidió que
éste no era el momento, que aún había mucho desconocido. Más de un río en que
nadar, mas de un hueco que tapar.
Eligió
estar ahí. Desanudo sus piernas, miró las flores oxidadas de la reja de hierro
y se rió por lo bajo de ellas. Negó con la cabeza mirando al mundo, pensando en
lo que éste se pierde de él.
Luego se
paró y cerrando las puertas roídas del balcón, volvió adentro a seguir con sus
payasadas.
-Ya habrá
tiempo para gritar-, pensó.
Guille
Izquierdo
16/08/12
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