domingo, 19 de agosto de 2012

GARGANTA DE HIERRO







Esa era una tarde perfecta para poder sentir.
Se sentó en el balcón con furiosa calma.
Recortó mil siluetas con la mirada inquieta.
Recorrió con los dedos los detalles de la reja que describían flores de hierro, eludiendo la vista de su verdadera función.
Examinó su propia postura temblorosa. Sus piernas cruzadas, sus dedos largos que penosamente sostenían el cigarrillo que se consumía solo. Como él.
Se sintió de pronto, encerrado en un corral. Y más adentro aún, otro corral, hecho de penas y a duras penas. Tal reconocimiento lo aniquiló.
Pronto se sintió más encerrado.
Pero, ¿cómo romper con todo eso y salir de allí?
Sintió ganas de gritar con la garganta hasta desgarrarla, y casi vio sangrar su cause. Las manos querían apretarse hasta romperse una a una las falanges. Quiso apretar los parpados hasta que los lagrimales queden secos e infectados de oscuridad.
Jugueteaba ansiosamente con los dedos de los pies entre los zapatos. Los sintió de pronto reprimidos. El encierro del alma era tal, que decidió imaginárselo todo.

Y de pronto lanzó la primera de las piedras al vidrio de un auto azul. Los cristales cayeron hacia adentro dejando satisfecho a un hueco pretencioso que quiso ser perfecto. Las primeras miradas se hicieron presentes. Después, otra piedra en la mano apretada, logro una sonrisa que hacía días no salía. Ésta fue a parar a una persiana de chapa cuyo sonido fue el mas placentero de la tarde. Iniciador de una lluvia de percutidas piezas que llegaron como jauría de fieras de cemento e hicieron temblar la cuadra entera.
Pronto la necesidad fue más grande y las patadas, firmes y continuas, acabaron por arrancar la mentirosa reja de aquel balcón carcelero. El estruendo indicó un buen golpe certero sobre el contenedor de basura, del cual emanaron grandes nubes de polvo al cielo. Bastante provocador.
La gente había corrido a refugiarse, era el mejor momento. Había aceptado ya todo. La rabia había salido. Todo estaba listo. Nada más por qué esperar.

Tal como había escuchado, el trayecto hasta un destino crudo y arrebatador de vida, sanador de alma, se demoraba varios minutos en transcurrir. Durante los cuales, tuvo tiempo de pensar en todo. Lo realizado y lo no realizado.
De pronto pensó en lo que jamás sucedió, en lo amargo de una muerte incompleta, de una vida cuya salida no había sido por la puerta principal. Ordenó en instantes sus ideas, y finalmente vio que no era su hora. Había mucho por transitar, por tocar, por sentir. Mejor no.
Decidió que éste no era el momento, que aún había mucho desconocido. Más de un río en que nadar, mas de un hueco que tapar.
Eligió estar ahí. Desanudo sus piernas, miró las flores oxidadas de la reja de hierro y se rió por lo bajo de ellas. Negó con la cabeza mirando al mundo, pensando en lo que éste se pierde de él.
Luego se paró y cerrando las puertas roídas del balcón, volvió adentro a seguir con sus
payasadas.

-Ya habrá tiempo para gritar-, pensó.



Guille Izquierdo
16/08/12

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