domingo, 19 de agosto de 2012

CAMILLE







Cómo saber cuando algo es suficiente.
Si el mismo viento a veces no alcanza, y se cansa.
Si pudiera verte un poco, tendría miedo de entenderme.
Si puedo apagar el brillo con un paraguas, entonces estaré a salvo.

Porque un día conocí a un ratoncito. Fértil y productivo, pero mas muerto que vivo. Triste de hocico, pero alegre de piernas.
Desnudo corría por los campos, cuando al agua se cayó. Y allí permaneció muerto durante siglos.
Un día decidió que era mejor estar vivo. Y Salió a comprar un abrigo con monedas de quesito. Tuvo suerte de encontrar lo que buscaba, pero como todas las pieles, pronto debe cambiar.
Una serpiente amiga, le enseño a vestirse y ponerse lindo.
Un ya conocido cocodrilo le mostró los dientes y el ratoncito no dudo en aceptar. Sangró por todos los lados, pero nunca sintió dolor.
Solo supo que lloraba sangre cuando habló conmigo y me contó lo sucedido. Que el dolor era de hocico y no de pecho. Y yo le dije  algo, de hecho, que las ganas de verse  bonito, no se llenan con quesito.
-Ahora puedes correr desnudo otra vez- le dije.
-Gracias- musitó el curioso amiguito.
-Hasta la próxima caída- le grité en seguida.

No supe de él hasta que fue viejo.
Lo encontré contando bollitos de papel en una almohada gastada.
Le pregunté qué le preocupaba.
Resulta que estaba viejo y se estaba acercando a sabio.
Yo nunca entendía esas cosas de los vivos.
-Me preocupa la vida, ahora que empiezo a entender-, me dijo. –Me dolían los costados por no saber y, ahora que no me dejo ya morder, me duele sólo el recuerdo, que no me deja de arder-.
Le pregunté cuánto hacia que estaba allí.
-Más de un milenio-, me respondió.
-¿Por qué no has salido?-, le pregunté.
-Es que no sé qué hora es. No puedo salir si no se cuándo es tarde-.
-Aún hay tiempo, compañero-, le dije apresurando su calma.
-Mejor así. Necesito tiempo para pensar en lo que haré cuando vuelva-.

Al salir de allí me di cuenta que hacía mucho ya que éste ratón creía que venia viviendo. “Más de un milenio” me había dicho. Si sólo supiera que han pasado apenas algunas horas. Que ha esperado tanto en la comodidad del mullido habitáculo que se le ha avejentado el alma. Que la paciencia es un don enfermo que siempre admiré, pero hoy se presentaba en forma de sufrimiento y miedo. Sólo tenía ese ratón que bajar de su almohada de piel para volver a correr.

Entonces decidí volver y dejarle una nota:

“Por nuestros siglos de amistad, voy a hacer un trato contigo: Si bajas de ahí y decides aceptar mi confianza, por cada riesgo que corras, te restaré una cana y un segundo de vejez. Y cuando alcances la temprana edad de la niñez, y sigas juntando riesgos, te concederé entonces el nacimiento.

Atentamente, La Muerte”.




Guille Izquierdo
19/08/12

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