Cómo saber
cuando algo es suficiente.
Si el mismo
viento a veces no alcanza, y se cansa.
Si pudiera
verte un poco, tendría miedo de entenderme.
Si puedo
apagar el brillo con un paraguas, entonces estaré a salvo.
Porque un
día conocí a un ratoncito. Fértil y productivo, pero mas muerto que vivo.
Triste de hocico, pero alegre de piernas.
Desnudo
corría por los campos, cuando al agua se cayó. Y allí permaneció muerto durante
siglos.
Un día
decidió que era mejor estar vivo. Y Salió a comprar un abrigo con monedas de
quesito. Tuvo suerte de encontrar lo que buscaba, pero como todas las pieles,
pronto debe cambiar.
Una
serpiente amiga, le enseño a vestirse y ponerse lindo.
Un ya
conocido cocodrilo le mostró los dientes y el ratoncito no dudo en aceptar.
Sangró por todos los lados, pero nunca sintió dolor.
Solo supo
que lloraba sangre cuando habló conmigo y me contó lo sucedido. Que el dolor
era de hocico y no de pecho. Y yo le dije algo, de hecho, que las ganas de verse bonito, no se llenan con quesito.
-Ahora puedes
correr desnudo otra vez- le dije.
-Gracias-
musitó el curioso amiguito.
-Hasta la
próxima caída- le grité en seguida.
No supe de
él hasta que fue viejo.
Lo encontré
contando bollitos de papel en una almohada gastada.
Le pregunté
qué le preocupaba.
Resulta que
estaba viejo y se estaba acercando a sabio.
Yo nunca
entendía esas cosas de los vivos.
-Me
preocupa la vida, ahora que empiezo a entender-, me dijo. –Me dolían los
costados por no saber y, ahora que no me dejo ya morder, me duele sólo el recuerdo,
que no me deja de arder-.
Le pregunté
cuánto hacia que estaba allí.
-Más de un
milenio-, me respondió.
-¿Por qué
no has salido?-, le pregunté.
-Es que no
sé qué hora es. No puedo salir si no se cuándo es tarde-.
-Aún hay
tiempo, compañero-, le dije apresurando su calma.
-Mejor así.
Necesito tiempo para pensar en lo que haré cuando vuelva-.
Al salir de
allí me di cuenta que hacía mucho ya que éste ratón creía que venia viviendo.
“Más de un milenio” me había dicho. Si sólo supiera que han pasado apenas algunas
horas. Que ha esperado tanto en la comodidad del mullido habitáculo que se le
ha avejentado el alma. Que la paciencia es un don enfermo que siempre admiré,
pero hoy se presentaba en forma de sufrimiento y miedo. Sólo tenía ese ratón
que bajar de su almohada de piel para volver a correr.
Entonces
decidí volver y dejarle una nota:
“Por
nuestros siglos de amistad, voy a hacer un trato contigo: Si bajas de ahí y
decides aceptar mi confianza, por cada riesgo que corras, te restaré una cana y
un segundo de vejez. Y cuando alcances la temprana edad de la niñez, y sigas
juntando riesgos, te concederé entonces el nacimiento.
Atentamente,
La Muerte”.
Guille
Izquierdo
19/08/12
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