sábado, 25 de agosto de 2012

Y TODOS SE BESABAN.







Mientras él le decía: -¿Qué tal si vemos una película?, ella entendía: -¿Qué tal si nos desnudamos en mi cuarto?

Y así era ella. Una princesa vestida de caramelo. Un envoltorio fácil de sacar. Con su vida empaquetada en una caja de mentiras verdaderas. Una carcajada en un velorio, así era ella. Debía ser parte de otro mundo, siempre lo supe. Ella no era de por acá.

Así que un día mientras fumábamos un cigarrillo en la ventana de mi departamento, mirando personas pequeñitas corriendo para no ir a ningún lado y autos de cartón que se pasaban unos a otros queriendo llegar primeros donde sea, ella me miró y sonrió. Yo entendí lo que pensaba. Ella veía el mundo con otros ojos, con ojos despiertos. Y se esforzaba por entender, quería hacerlo. Como si necesitara, al volver a donde sea que pertenecía, poder explicar lo que había visto.
Yo sólo sonreí, ella era feliz, lo sabía. Y de alguna forma, todo aquel que la hubiera conocido podía sentir esa felicidad por un instante. Así era ella.
Mientras me miraba fijo con sus grandes y profundos ojos de barniz, parecía susurrarme dulces melodías al oído. Era una mujer tan diferente que jamás pude creer otra cosa: ella no podía ser de aquí. No.
Al fin, y saliendo de su seductor hechizo de sirena, solté:
-¿De dónde has salido?
Ella me miró sorprendida, curiosa. Inclinó un poco la cabeza a un lado intentando tiernamente comprender mi pregunta.
-¿De dónde crees que vengo?- me dijo con una voz que jamás olvidaré.
-De algún lugar en el que nunca estuve, seguramente-.
Y en la medida en que lograba exponer mis dudas más absurdas, me iba sintiendo cada vez más y más tonto. ¿De dónde iba a venir? ¡Que absurdo! Pero ya embarcado en aquella metafórica inquisición, no podía hacer más que jugar con ella.
Volvió a sonreír, volviendo su vista al urbano paisaje. Con los brazos apoyados en el marco de la ventana y, soltando la última bocanada de humo, tragó saliva y con la mirada perdida en algún recuerdo, que sentí debía ser del lugar más hermoso del universo, dijo:
-Puede que tengas razón-.
Me esforcé por ocultar mi asombro. ¿Era posible, entonces, que yo tuviera razón, que ella pudiera ser de algún lugar distante, de algún tiempo diferente? ¿De dónde venía? ¿A qué había venido?
Ella nunca hablaba de su pasado. Y supuse que no lo haría ahora.
-Si quieres, puedo llevarte una de estas noches-.
La serenidad de sus palabras, saliendo de aquellos labios tan livianos, y una mirada ausente que sólo pertenece a quienes viajan hacia recuerdos imposibles de borrar, hicieron que me pusiera nervioso.
¿Sería cierto? Nunca la había oído hablar así. De hecho, sentí que en ese momento, era yo el único en todo este mundo que había podido presenciar tal acto de seriedad y nostalgia romántica, esa mirada…
Sentí que el cuerpo me tembló cuando al fin volvió su vista hacia mí. Me punzó el pecho.
Su cuerpo seguía inmutable. Toda su belleza intacta. Como si fuera una escultura de hielo, sentí que me pedía una respuesta antes de que se derritiera. Yo sabía claramente que tenía que aceptar.

Esa noche charlamos de cosas alegres y juntos nos recordamos lugares hermosos. Jugamos juegos de palabras inventados por nosotros mismos. Reímos a oscuras, mientras nuestros cuerpos desnudos se reconocían.
Pasado algún tiempo, sentía que no necesitaba ya los ojos para verla.
Luego de horas de risa, el ambiente se fue apaciguando y la calma empezaba a llegar. Quedando a ciegas, cada uno inmerso en sus pensamientos, reflexionando sobre todo y nada. Ella me acariciaba dulcemente el brazo mientras yo peinaba su pelo con los dedos.
Permanecimos así un flujo de tiempo que no podría calcular. Pronto empecé a sentir que mis manos lo decían todo. Y mi corazón, inerte pieza decorativa, latía fuerte, como queriendo salir de ese pecho en el que ella reposaba su cabeza.
Así es como decidimos, en una conversación cardiaca, no decir una sola palabra más. No tenían ya lugar ahí los ojos, ni los oídos, ni la voz.
Mi cuerpo se sintió más liviano. Cada vez más lejos del piso. Sus dedos, pequeños y suaves, se movían sin ritmo, improvisando movimientos impredecibles. Su respiración se iba quedando muda. Casi no respiraba. Sus pelos era cada vez más delicados. Sentía que si no los trataba con más calma, éstos se romperían. Mi pecho sintió lo mismo y decidió bajar su ritmo. Ya nada debía perturbar la calma.
Mi corazón fue descendiendo su palpitar. Mis dedos dejaron de intentar mostrarle que ahí estaba yo. Ella lo sabía. Mi pecho lo supo. Su respiración fue innecesaria ya. Ambos sabíamos que estábamos ahí. Nada más hacía falta para saberlo.
Todo se fue así, en calma, en paz y juntos.

Yo no esperaba algo así. Sabía yo que ella era de esas mujeres que sorprenden, pero sin querer hacerlo.
Pasamos quietos varios días seguramente. A ciegas, sordos y mudos. Sin latir, sin respirar. Sin poder siquiera pensar.

Pude ver, esa larga noche de verano, un lugar increíble, donde nadie usaba ojos, donde todo era fluir. Donde nada había y donde todo existía. Pude sentir que ella me tomaba de alguna forma de la mano y me llevaba por senderos ciegos, llenos de personas sin forma. Donde nadie se tocaba y donde todos se besaban.
Allí pasamos tiempos incalculables. No se podía, por ningún medio, medir el tiempo allí. Sentí que nunca quería regresar, quería seguir así, ahí, con ella, con ellos. Con nada.

Al momento de volver, sentí  un nudo en el pecho desatarse. Sentí el cuerpo aliviado en una forma que jamás podría describir. 
Sentí que no quería ya vivir aquí. Con todo esto. Tuve que abrir los ojos para creer que estaba de vuelta. No pude pensar siquiera. Todo había sido tanto que me sentía ahora perdido en la nada.
Su mano pronto me tocó y como un rayo de luz vi su cara, sus labios, su pelo, sus ojos. Me miró y sonrió como sólo lo hacen ellos, sin moverse. Comprendí, entonces, que ella sonreía con la mirada, al igual que todos allí.
Su imagen tan calma me reconfortó. Me abrigó y rejuveneció. No hablamos hasta pasado un buen rato. Y ni siquiera supimos hablar de todo aquello.

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Y aunque los autos y los años siguen pasando, y no he vuelto a saber de ella, sé que era cierto: ella no era de aquí. Y ahora sé que hay un lugar donde nada vale, donde nada existe, donde los cuerpos no saben llegar. Un lugar al que espero volver.

De vez en cuando me pierdo entre el marco de esa ventana embrujada y un paisaje que describe todo lo que no es la vida, todo aquello que escapa a lo vivido aquella noche, años atrás, y pienso en si algún día volveré a verla. Luego comprendo que no son los ojos el mejor lugar donde buscar. Después sonrió.
A veces, también lloro en la cama y siento la ausencia de este todo y la falta de tanta nada.

Aquel lugar, allá, lejos de aquí, cerca de ella.
Allí donde todo era paz. Donde nadie tocaba a nadie.

Y todos se besaban…




Guille Izquierdo
21/08/12

lunes, 20 de agosto de 2012

COMUNICADOS






-¿Cómo me dijo que era su nombre?
-No se lo he dicho.
-Y, ¿por qué no me lo dice?
-¿Para qué quiere saberlo?
-Pues, para poder llamarlo.
-Puede usted llamarme por su nombre.
-¿El mío?
-¡Claro!
-Y, ¿cómo?
-A ver, dígame su nombre.
-¿Para qué quiere saberlo?
-Para que pueda usted llamarme.
-Y, ¿para qué voy a querer llamarlo yo a usted?
-Eso me pregunto yo.
-Y, si usted es quien se lo pregunta, ¿por qué he de contestar yo?
-Porque es usted quien me llamó.
-Yo nunca lo he llamado aún.
-Y, ¿por qué no lo hace?
-Porque no sé como hacerlo.
-Entonces no lo haga.
-Eso haré, entonces.
-Estamos de acuerdo.
-¡Que tenga usted un buen día!
-¡Usted también!

domingo, 19 de agosto de 2012

GARGANTA DE HIERRO







Esa era una tarde perfecta para poder sentir.
Se sentó en el balcón con furiosa calma.
Recortó mil siluetas con la mirada inquieta.
Recorrió con los dedos los detalles de la reja que describían flores de hierro, eludiendo la vista de su verdadera función.
Examinó su propia postura temblorosa. Sus piernas cruzadas, sus dedos largos que penosamente sostenían el cigarrillo que se consumía solo. Como él.
Se sintió de pronto, encerrado en un corral. Y más adentro aún, otro corral, hecho de penas y a duras penas. Tal reconocimiento lo aniquiló.
Pronto se sintió más encerrado.
Pero, ¿cómo romper con todo eso y salir de allí?
Sintió ganas de gritar con la garganta hasta desgarrarla, y casi vio sangrar su cause. Las manos querían apretarse hasta romperse una a una las falanges. Quiso apretar los parpados hasta que los lagrimales queden secos e infectados de oscuridad.
Jugueteaba ansiosamente con los dedos de los pies entre los zapatos. Los sintió de pronto reprimidos. El encierro del alma era tal, que decidió imaginárselo todo.

Y de pronto lanzó la primera de las piedras al vidrio de un auto azul. Los cristales cayeron hacia adentro dejando satisfecho a un hueco pretencioso que quiso ser perfecto. Las primeras miradas se hicieron presentes. Después, otra piedra en la mano apretada, logro una sonrisa que hacía días no salía. Ésta fue a parar a una persiana de chapa cuyo sonido fue el mas placentero de la tarde. Iniciador de una lluvia de percutidas piezas que llegaron como jauría de fieras de cemento e hicieron temblar la cuadra entera.
Pronto la necesidad fue más grande y las patadas, firmes y continuas, acabaron por arrancar la mentirosa reja de aquel balcón carcelero. El estruendo indicó un buen golpe certero sobre el contenedor de basura, del cual emanaron grandes nubes de polvo al cielo. Bastante provocador.
La gente había corrido a refugiarse, era el mejor momento. Había aceptado ya todo. La rabia había salido. Todo estaba listo. Nada más por qué esperar.

Tal como había escuchado, el trayecto hasta un destino crudo y arrebatador de vida, sanador de alma, se demoraba varios minutos en transcurrir. Durante los cuales, tuvo tiempo de pensar en todo. Lo realizado y lo no realizado.
De pronto pensó en lo que jamás sucedió, en lo amargo de una muerte incompleta, de una vida cuya salida no había sido por la puerta principal. Ordenó en instantes sus ideas, y finalmente vio que no era su hora. Había mucho por transitar, por tocar, por sentir. Mejor no.
Decidió que éste no era el momento, que aún había mucho desconocido. Más de un río en que nadar, mas de un hueco que tapar.
Eligió estar ahí. Desanudo sus piernas, miró las flores oxidadas de la reja de hierro y se rió por lo bajo de ellas. Negó con la cabeza mirando al mundo, pensando en lo que éste se pierde de él.
Luego se paró y cerrando las puertas roídas del balcón, volvió adentro a seguir con sus
payasadas.

-Ya habrá tiempo para gritar-, pensó.



Guille Izquierdo
16/08/12

CAMILLE







Cómo saber cuando algo es suficiente.
Si el mismo viento a veces no alcanza, y se cansa.
Si pudiera verte un poco, tendría miedo de entenderme.
Si puedo apagar el brillo con un paraguas, entonces estaré a salvo.

Porque un día conocí a un ratoncito. Fértil y productivo, pero mas muerto que vivo. Triste de hocico, pero alegre de piernas.
Desnudo corría por los campos, cuando al agua se cayó. Y allí permaneció muerto durante siglos.
Un día decidió que era mejor estar vivo. Y Salió a comprar un abrigo con monedas de quesito. Tuvo suerte de encontrar lo que buscaba, pero como todas las pieles, pronto debe cambiar.
Una serpiente amiga, le enseño a vestirse y ponerse lindo.
Un ya conocido cocodrilo le mostró los dientes y el ratoncito no dudo en aceptar. Sangró por todos los lados, pero nunca sintió dolor.
Solo supo que lloraba sangre cuando habló conmigo y me contó lo sucedido. Que el dolor era de hocico y no de pecho. Y yo le dije  algo, de hecho, que las ganas de verse  bonito, no se llenan con quesito.
-Ahora puedes correr desnudo otra vez- le dije.
-Gracias- musitó el curioso amiguito.
-Hasta la próxima caída- le grité en seguida.

No supe de él hasta que fue viejo.
Lo encontré contando bollitos de papel en una almohada gastada.
Le pregunté qué le preocupaba.
Resulta que estaba viejo y se estaba acercando a sabio.
Yo nunca entendía esas cosas de los vivos.
-Me preocupa la vida, ahora que empiezo a entender-, me dijo. –Me dolían los costados por no saber y, ahora que no me dejo ya morder, me duele sólo el recuerdo, que no me deja de arder-.
Le pregunté cuánto hacia que estaba allí.
-Más de un milenio-, me respondió.
-¿Por qué no has salido?-, le pregunté.
-Es que no sé qué hora es. No puedo salir si no se cuándo es tarde-.
-Aún hay tiempo, compañero-, le dije apresurando su calma.
-Mejor así. Necesito tiempo para pensar en lo que haré cuando vuelva-.

Al salir de allí me di cuenta que hacía mucho ya que éste ratón creía que venia viviendo. “Más de un milenio” me había dicho. Si sólo supiera que han pasado apenas algunas horas. Que ha esperado tanto en la comodidad del mullido habitáculo que se le ha avejentado el alma. Que la paciencia es un don enfermo que siempre admiré, pero hoy se presentaba en forma de sufrimiento y miedo. Sólo tenía ese ratón que bajar de su almohada de piel para volver a correr.

Entonces decidí volver y dejarle una nota:

“Por nuestros siglos de amistad, voy a hacer un trato contigo: Si bajas de ahí y decides aceptar mi confianza, por cada riesgo que corras, te restaré una cana y un segundo de vejez. Y cuando alcances la temprana edad de la niñez, y sigas juntando riesgos, te concederé entonces el nacimiento.

Atentamente, La Muerte”.




Guille Izquierdo
19/08/12