1.
La chica del cenicero azul se movía para todos lados.
Iba de aquí para allá con su cenicero azul verdoso. Era de un color que recordaba las aguas del mar caribe. Al menos a él se las recordó.
Tenía, además, ese andar inquietante que uno no podía dejar de percibir.
Sus piernas le recordaban a las de algún indeciso personaje de caricatura que no recordaba si iba o venía.
Llevaba puesto un vestidito playero de esos que aún permiten a uno dejar algo a la imaginación, de colores sutiles y combinaciones sobrias y a la vez alegres.
Dejaba ver casi con orgullo sus rodillas cuando se sentaba. Esas rodillas, junto con sus manos posadas en ellas, aún conservaban algo que la mayoría de los adultos pierden después del primer corazón roto. Algo inocente y casi aniñado. Un gesto tan sensual como precavido. Al cruzarse de piernas parecía decir: "Vení, pero con cuidado, que aún me puedo romper".
Así fue como él la vio. Allí, con su andar dinámico y casi torpe.
Ella también lo había visto e incluso sonreído en alguna ocasión. Él se había limitado a devolver el gesto, más por cortesía y tal vez ternura, que por galanura.
Él llevaba consigo un bolso repleto de cenizas. Las había ido guardando para no contaminar ya más este mundo.
En el bolso, que llevaba de aquí para allá, guardaba también las sonrisas que alguna vez había dedicado.
A veces, cuando se sentaba sólo frente a un lago o a la orilla del mar lo abría un poquito y dejaba que el viento se llevase volando las de más arriba. Las más suaves y volátiles. Pero siempre quedaban en el fondo del bolso todas aquellas añejas, casi ya humedecidas que formaban algo así como una masa arenosa de un sabor parecido al del carbón, pero mezclado con un poco de sangre seca y algo de fruta fermentada.
2.
Cuando por la noche, sentados los dos en los extremos del mundo opuestos, pensando en sus barriletes que se remontaban más allá de los cables del tendido eléctrico, mirando como las nubes formaban figurativas formas a veces, que luego se convertían en las más sentimentales obras surrealistas y dejando por un minuto ella su cenicero azul y él su bolso de cenizas, sus miradas se cruzaron. Fue casi por cansancio que se dejaron mirar.
Él se sentía fatigado y con pocas ganas de hablar del barrilete. Últimamente, eso era todo lo que la gente parecía llevar en el botiquín de primeros auxilios conversacionales: barriletes, barriletes, más grandes, más pequeños, de uno u otro material. Pero eran sólo barriletes al final.
Incluso, a veces parecía que la gente perdía más tiempo preparando su mejor barrilete que el que utilizaba luego en echarlo al aire.
Honestamente, ella no le pareció una persona ajena a todo ese cardumen de observadores de barriletes. No porque no pudiera serlo, sino porque simplemente, al margen de las rodillas afiladas y soñadoras y sus manos que invitaban un poco a caminar por la rambla, no había visto signo alguno de autenticidad animal y primitiva. Así denominaba a eso que pocos conservan (culpa de la sociedad, los excesos y los buenos lujos) y es eso que permite a los soñadores volar. No sólo plantarse en una desteñida raposera que solía ser roja y que ahora se lamenta de parecer una blanca y absorbente maraña de tejido en que un gordo sudado se dejó caer con sus nuevos shorts rojos dejando su marca para siempre, y mirar por el rabillo del ojo eventualmente al ostentoso barrilete tecnicolor, sino volar con él, sumergirse en el aire espeso del más allá de los barriletes y dejarse caer arriba de las nubes de los cielos soñolientos para luego, descender en un rally extra-terrenal hasta las pantanosas arenas del inframundo que llevan a uno a desear nunca volver a soñar. Aunque al despertar, uno sabe que nada hay más placentero que el retorno del que nunca se vuelve si uno no se va.
Y así, posando sus utensilios en el suelo, es como sus miradas se encuentras. Así es como por primera vez él siente que en el mundo hay esperanza: esos ojos. Esos ojos tan grandes de pronto. Esa mirada que parecía reptar por su cabeza consumiéndolo todo. Era casi un arma de intrusión masiva. Con ella podía gobernar el más sucio y avejentado puerco espín que un ser humano podía llevar en el medio del pecho.
Eran otros ojos, eran ojos batalladores (y batallados) que no dejaban de sonreír formando dos pequeñas sonrisas invertidas que, en equipo con la sonrisa principal, formaban una triada irresistible. Uno no deseaba besar a una mujer así, uno deseaba mirarla, mirarla y lamerla, Acariciar la carne de la cintura mientras arremetía con el primer trozo de carne entre los dientes. "Despacio" decía ese cuerpo. "Despacio, pero vení".
Y toda esa mueca firme, toda esa sonrisa a coro con todas las partes de su cuerpo no hicieron más que embriagarlo de deseo. Un deseo de los que normalmente aparecen en sueños. Un deseo de convertirla en alcohol y beberla de a sorbitos cautelosos. Un deseo único de edición limitada. Ella lo sabía. No por mucha inocencia los pájaros comen del nido ajeno, es puro instinto. Instinto seductor, instinto primitivo. Primitivo y soñador.
3.
No daban más de la una cuando la luna reapareció de entre las nubes. Esta vez tenía forma de sonrisa endiablada y a sus oídos parecía gritar: "¡Hora de comer!".
La cena estaba servida.
Valiéndose de sus sutiles manos de ilusionista, recorrió todas las curvas de aquel cenicero azul y vacío. Pasó sus dedos inquietos por los huequitos destinados a sostener los cigarrillos suavemente hacia un lado y hacia el otro, hacia adentro y hacia afuera. Aunque los ojos de ella, tan tiernos y alarmantes horas atrás, ahora estaban cerrado firmemente y él podía ver como se movían tras sus párpados blanquecinos. Su lengua jugueteaba entre los dientes y eventualmente salia a mojar los labios, para luego volver a retomar sus labores odontológicos. Su placer era evidente.
Él colocó el cenicero boca abajo y acarició en pequeños círculos la base cristalina. Pasó sus dedos como leyendo la inscripción suavemente mientras ella comenzaba a respirar cada vez más fuerte. Su rostro se elevaba al ángulo de la luna, de forma que si abría los ojos, sería lo primero que vería.
Su carne blanca empezó a estremecerse al tiempo que él comenzaba a lamer con cierta presión el interior de aquel azul cenicero.
Los primeros gemidos no se hicieron esperar y ella soltó un pesar de mil años atrapado en la garganta que fue a la vez sordo y ensordecedor.
Sus manos se apretaron fuertemente en la tela, arrugando su bonito vestido veraniego.
Sus pensamientos estaban fuera del alcance de la consciencia.
Llegó el primer mordisco y con él se llevó el tierno cobertor de tes blanca de su hombro izquierdo. Ella dejó que él comiera.
Le siguió luego el brazo. Su piel que él imaginaba helada (tal vez por lo blanca de ésta) estaba más caliente que tibia. Desgarró algunos tendones y siguió tirando. Ella frunció el seño en señal de un ameno dolor al sentir la carne desprenderse de su cuerpo. Sus ojos ya no se abrieron. Permanecieron cerrados hasta que todo hubo terminado. La luz de la luna seguía iluminando su azul cenicero que a su vez reflejaba destellos azulados por el piso en formas tristemente caleidoscópicas, estáticas.
4.
Ni bien hubo acabado el ritual, él no podía siguiera pensar en todo aquello. Todo había pasado tan de pronto que incluso había olvidado preguntar su nombre. Ahora ya no importaba, ella estaba descansando para siempre en su estómago. Nada más que un cenicero azul para recordar. Sólo un frío y circular recuerdo azul y vidrioso para rememorar y saber que no todo esta perdido, que aún hay barrileteros que prefieren dejarse volar que sentarse a ver el cielo morir, Aún hay sonrisas completas que no han dejado atrás todo aquello primitivo. Sonrisas que saben sonreír desde afuera hacia adentro. Sonrisas que prometen un mundo sin maldad, una vida sin dejar de sonreír si uno accede a tomar esa mano. Esa mano que ahora se funde entre los signos vitales de un organismo depredador y primitivo. La misma mano que antes decía: "vení", "vení pero con cuidado que aún me puedo romper". Y si eso pasara, millones de trocitos de vidrio azul se insertaría en su piel para siempre.
Guille Izquierdo.
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