domingo, 30 de noviembre de 2014

ACERCA DE LA SOBRIEDAD Y EL DESAMOR



Un sentimiento puede parecerse tanto a un terrón de azúcar como a una palmada en la espalda como a un plato de espaguetis con salsa de rinoceronte al almíbar. Esas son las mejores opciones que le quedan a uno a la hora de elegir de quién o de qué enamorarse.
Un aroma en un pueblo desconocido. Una pista a seguir. Un viento despeinado que se esfuma con los mates de la madrugada.
Un desvelo, un malhumor, un entierro y un destierro, un reproche, un desgano, una flor, un cruce de avenidas, un tablero de ajedrez, una canción, una fotografía y un condón, un reflejo, una ilusión.
Un sonajero en código morse, una mueca en la madrugada, una caminata al amanecer, un partido que nunca nadie gana. Un silbido en medio de la nada. Un pedazo de carne más salado que lo demás.
¿Es eso el amor?
Claro que no lo sé. Pero se acerca bastante.
Pero no el amor de la canción. No el amor del enamorado. El amor del enamorado es absurdo y pierde prestigio en cuanto aparece. Se auto-aniquila.
Hablo del personaje que no envejece, del sentimiento que siempre encuentra la salida. El que siempre fue una mentira.
Y estar sólo es un pasaje. Un interludio. Un estigma de todo lo construido y lo tan bien destruido. Un paradigma donde uno da todo por sentado y se le sienta encima todo el paradigma.
Un pensamiento que piensa mientras yo miento.
Un techo azul que se vuela ante el primer soplido del lobo que ya ni está. Se va. Se fue.
La verdadera sobriedad es no tener por quien tocar.
La verdadera sobriedad es pensar antes de contestar.
Y si no nos entendemos, compañero, seamos contemporáneos. Porque no pienso dejar de hablar del amor.
No porque entienda de qué se trata, sino porque sin buscarlo me atraca. Y cuando no es un fa sostenido en la playa, es un almuerzo en la plaza de atrás de la calle de los bares y si no, es un baile absurdo en la rotonda de la ruta donde uno un día se plantó a esperar el camión que no pasó. Siempre me viene. Y yo lo voy.
Siempre me engaña y yo me dejo.
La verdadera sobriedad es no poder resucitar.
El amor como un hecho epidérmico y no menos viral.
Cuando uno se antoja, se cree enamorado.
Cuando uno se entusiasma, se cree que es amor.
Cuando uno se auto-secuestra se cree que se enamora.
Cuando otro se enamora, se sabe que se añejó, que se embadurnó y se auto-flageló.
Cuando uno siente la soledad, se ve nacer. Se ve. Se bebe. Se es bebé.
Cuando otro siente la soledad, se lo ve morir. Se lo ve beber. Se lo ve venir.


La verdadera sobriedad es no tener por quien tocar.



Guille Izquierdo

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